3-No debería mentir

1332 Words
Andrés Me agarro al borde del lavabo en el baño de Mildred, el borde frío de la encimera se clava en mi palma, cierro los ojos e intento no pensar. Inspiro. Exhalo. En teoría, conozco cincuenta ejercicios de respiración, cien maneras de calmarme y doscientas malditas obviedades sobre tomar las cosas día a día, pero todavía puedo sentir sus manos en mi pecho como si estuvieran grabadas a fuego, y eso hace que todo lo demás sea irrelevante. —Está bien— susurro, porque supongo que ahora hablo conmigo mismo. —Está bien. Estás bien— No hay ninguna regla que diga “No sexo”, después de todo. no hay ninguna regla que diga “No conocer gente nueva” y no hay ninguna regla que diga “No obtener ningún placer en la vida” Sin embargo, hay una regla que dice “No mentir”. Y soy lo suficientemente inteligente como para saber que me incluye a mí mismo. Siempre sucede así. Es fácil hacer promesas: ¡No habrá grandes cambios durante un año! ¡No habrá situaciones desencadenantes! ¡Mantendré mi cabeza baja, trabajaré duro, vivir con mi madre y mantenerme sobrio esta vez! Y mucho más difícil rechazar a un viejo amigo cuando me pregunta: “Hey ¿quieres ir a tomar algo?” Y si, quería salir, aunque es el principio de la recuperación que el alcohol no suele se runa gran idea. Aunque el alcohol nunca haya sido mi principal problema, seguro que nunca me ha ayudado a tomar buenas decisiones. Aunque tomé un refresco > aún así, fui a un bar, le mentí a alguien, luego volví a su casa y me la follé. Y fue tan bueno que todavía me hormiguean las yemas de los dedos. Pero eso no importa, ese no es el punto. El punto es que me juré a mí mismo, a mi madre, a mis hermanos y a todos los que me importan, que les daría un año. Un año sin grandes cambios, sin grandes eventos, solo enfrentando la vida y poniendo las cosas en orden. Esto no se siente como enfrentar la vida. Esto se siente como actuar por impulso y saltar antes de mirar y un encaprichamiento que no puedo permitirme ahora mismo. Esto se siente como si estuviera a meses de gritar su nombre de rodillas bajo la lluvia o construirle una casa sorpresa o desafiar a su hermano a un duelo. ¿Tiene un hermano? No lo sé. No sé nada de ella. Mierda. Bueno, sé que tiene su propio lugar en un vecindario normal, un pequeño y acogedor apartamento de una habitación en el segundo piso. Se que tiene una manta de piel sintética en el respaldo de su sofá y un zapatero perfectamente organizado en su entrada, y sé que su baño es pequeño y está lleno de artículos para el cabello, la piel y maquillaje, todo alineado en estantes. Se que no hay manchas de pasta de dientes en el espejo relucientemente limpio y que hay una obra de arte enmarcada de un dinosaurio que habita en el océano en la pared y que la cortina de su ducha tiene un calamar gigante hundiendo un barco. Retiro las manos de la encimera porque probablemente la estoy estropeando de alguna manera. Cuando vuelvo a salir, puedo verla en la cocina. Esta bebiendo un vaso de agua y lleva una bata cota con leopardos y unas enormes zapatillas moradas peludas. Sigo desnudo, y ahora me siento así. Expuesto, incomodo y como si tuviera demasiadas manos. Mi pene acaba de salir, encuentro mi ropa y me la pongo antes de dirigirme a la cocina, que esta oscura excepto por la luz sobre su estufa. Llena un vaso de agua y me lo da. Le doy las gracias, bebo y trato de no mirarla allí de pie, descalza con esa bata llamativa, sin maquillaje y con el pelo prácticamente brillando. Intento no querer llevarla de vuelta al dormitorio y hacerlo todo de nuevo. —Entonces— dice después de que puse mi vaso en su lavabo. —¿Vas a volver a Nueva York mañana? — —Si— digo, ¿y porque demonios le dije que soy de Nueva York de todos los lugares? He estado allí una vez en toda mi vida. —Solo estuvimos aquí un par de días. La tía de mi amigo tiene un apartamento— Eso tampoco es verdad. Mierda. —Suena divertido— —Me lo pasé bien— Resopla, cruza los tobillos y se pasa una mano por el pelo. —Me alegra haber podido ayudar— —¿Estas bromeando? Este fue el momento más destacado de mi viaje— Mildred mira hacia otro lado y se sonroja tanto que puedo verlo, incluso con la poca luz. Tengo que luchar contra el impulso de extender la mano, tomar su barbilla, girar su rostro hacia el mío de nuevo y… ¿Qué? ¿Besarla? ¿Preguntar si puedo quedarme? ¿Decirle que no estoy de vacaciones, que no me voy a quedar en el apartamento de la tía de mi amigo? ¿Decirle que llevo seis semanas fuera de rehabilitación y viviendo con mi madre mientras ella ordena los escombros de su matrimonio con mi padre y yo ordeno los escombros de mi vida, todo lo cual es mi culpa? ¿O le digo que debería irme porque mi turno en la tienda de dulces para turistas cerca de la playa empieza en unas horas y tengo que asegurarme de que mi redecilla esté bien puesta? ¿O tal vez le digo que esta es la tercera vez que voy a rehabilitación, y que por mucho que quiera que sesta vez dure, la cuarta a vez parece inevitable? ¿Qué cagarla y recaer parece una cuestión de cuando, no de sí, porque me conozco desde hace veintiocho años? No digo nada de eso porque sé, gracias a mucho ensayo y error, cuando algo es demasiado. —Debería irme— le digo en cambio. —Se supone que debemos salir bastante temprano— Hay un largo momento en el que me mira como si esperara algo más. Pero luego asiente. —Claro que sí, ¿Ya pediste el Uber o…— Entonces hago todo el papeleo de irme: pido un Uber y me pongo los zapatos, me aseguro de tener mi cartera, mi teléfono y las llaves de la casa de mi madre, y luego estamos en su puerta principal. —Fue un placer conocerte— dice, y luego se cubre la cara con las manos. —Wow— Resoplo a mi pesar. —¿Debería decir que el placer fue todo mío? — Lo fue— —Me alegra oírlo— Mildred suspira entre sus manos. —Esto fue divertido— digo, la subestimación del año. —Me alegro de habernos conocido— Se quita las manos de la cara, y es difícil saberlo porque está oscuro, pero creo que está roja como un tomate. —Yo también— dice, y hay esa pausa de nuevo, este silencio fuerte. Me muerdo la lengua y rezo para que no me pida verme de nuevo. Luego rezo un poco más fuerte para que lo haga. No lo hace. Lo más difícil que hago en toda la noche es no pedirle su número. Ninguno de los dos dice nada. Pero no puedo terminar aquí, ¿verdad? No así. Así que me inclino y la beso, rápido y casto, y lo último que veo es su sonrisa mientras cierra la puerta detrás de mí. >, me digo a mí mismo. En seis u ocho meses, una vez que deje de contenerme con las uñas. Me pondré las pilas y la encontraré, de alguna manera. Invitarla a una cita de verdad. Es fácil creer en una visión futura de mí que sea capaz de todo eso, así que deposito todas mis esperanzas en ese chico y espero que me lleve.
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