Anastasia deslizó el vestido n***o sobre su cuerpo, tembló ante la visión que el viejo y roto espejo en el cuarto de baño le mostró.
Gruesas lágrimas cayeron de sus ojos, mojando sus pálidas mejillas, sus labios estaban secos, no sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había tenido una comida decente en su estómago.
—¡Date prisa, no tengo todo el maldito tiempo para esperarte!
Anastasia tembló al escuchar el grito de la mujer, no había manera de escapar del lugar y si lo intentaba probablemente terminaría muerta.
—¡Sal de una maldita vez, la subasta iniciará en breve, maldita niña del demonio! —volvió a gritar la mujer.
Anastasia escuchó el sonido de los tacones sobre el piso y supo que no tenía otra opción, prefería estar muerta a ser vendida como si fuera un objeto.
Esperó pacientemente detrás de la puerta, su corazón latía a mil por hora, sus manos sudaban y el vestido le hacía sentir una mujer sucia, pero era lo de menos, los cortes de cada lado era una ventaja para lo que tenía planeado hacer.
—¡Te juro que, si me haces entrar al baño, no te gustará el precio! —gritó la mujer ahora pegada a la puerta.
Anastasia sintió un sudor frío bajar por su columna vertebral, tragó el nudo que se le había formado en la garganta y sus ojos se fijaron en el pomo y cuando este giró la puerta se abrió un poco.
La muchacha salió disparada lanzando a la mujer al piso y corrió. Corrió como si el diablo le pisara los talones, sus manos tomaron el vestido en dos partes dejando libres sus esbeltas piernas.
¿El problema?
Ella no sabía hacia dónde corría…
Todos los pasillos eran iguales, y ninguna puerta que abría daba a la calle. Escuchó pasos venir en su dirección y todo su valor casi se esfumó.
—¡Dios, por favor que no me atrapen! —pidió con el corazón en la garganta.
—¡Traigan a esa maldita niña aquí! —el grito de la mujer que minutos atrás había lanzado en el piso se escuchó por los altavoces.
Anastasia se fijó en las cámaras de seguridad que estaban colocadas en las esquinas y supo que no había manera de escapar, pero volver no era una opción. Ella no era una prostituta y no lo sería jamás…
Corrió aun sabiendo que todo sería inútil, ella continuó buscando una salida que nunca encontró.
En su lugar los hombres le cerraron el paso y la arrinconaron como si fuera un ratón…
—No debiste siquiera pensar en escapar. Todo habría sido mucho más fácil para ti —le dijo uno de los hombres antes de tomarla de los brazos.
Anastasia intentó apartarse, pero al primer hombre se le unieron otros dos y lo siguiente que supo es que tenía un pañuelo sobre su boca, como cuando la secuestraron de su casa…
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—Señor, el auto está listo, cuando usted quiera salir —avisó el chofer.
Aquiles miró el contenido de su copa, había recibido información sobre una subasta a cargo de la familia Kyriaskis, los desgraciados que terminaron con la vida de su hermano Felipe.
Esa misma mañana había enviado la información a Irina Volkova y también le había adjuntado una invitación, esperaba que la mujer realmente hablara en serio con respecto a su venganza, porque él estaba arriesgando mucho al involucrarse con la mafia griega.
Él tenía una familia que proteger, una hermana menor y sus padres. Ya perder a Felipe había sido devastador para ellos; lo último que deseaba era perder su vida o la vida de otro ser querido.
—Vamos —dijo con seriedad, revisó el pequeño portafolio una vez más para asegurarse de tener dinero suficiente.
Cuarenta minutos más tarde se adentraron a uno de los barrios más peligrosos de la ciudad de Atenas, tenía sentido que un gran negocio de trata de blancas se cocinara en la zona. La policía no solía visitar estos lugares a menos que fuera una operación con alto porcentaje de éxitos.
—Señor —dijo su chofer.
—Espera por mí, no demoro —le dijo, aunque sabía que era una mentira. Él nunca había estado en un sitio como aquel y mucho menos sabía el tiempo que esas cosas llevaban, pero quería tranquilizar al hombre.
Respiró profundamente antes de tomar el portafolios y salir del auto. Aquiles caminó hasta la entrada del lugar.
Su porte y elegancia gritaban dinero y él sabía que eso le abría muchas puertas y este lugar por supuesto que no fue la excepción. Apenas mostró el contenido de su portafolio el hombre lo dejó pasar y llamó a uno de los anfitriones para que lo condujeran directamente al lugar dónde se llevaría la subasta esa noche.
Aquiles en su vida se había sentido tan enfadado, el lugar era un prostíbulo de lujo. Esos malnacidos se dedicaban al secuestro y a la compra de mujeres vírgenes para venderlas al mejor postor y sacarles el triple de su valor.
El hombre con toda y su indignación recorrió el lugar con la mirada. Buscando un rostro que apenas lograba recordar.
Pronto las mujeres empezaron a desfilar por el escenario, todas parecían estar bajo el efecto de alguna droga. Era de esperar que estos tipos las mantuvieran en un estado semiconsciente para doblegarlas a su voluntad.
Aquiles apartó la mirada de aquellas pobres mujeres cuando el hombre dio la bienvenida y explicó lo que era una subasta.
—Innecesario —pronunció en tono bajo Aquiles.
Por supuesto que todos los hombres presentes sabían lo que era una subasta y lo que esperaban conseguir viniendo aquí.
—Ya que todos sabemos lo que es una subasta. El segundo paso… no estaría nada mal que le echase un vistazo al catálogo sobre su mesa. Ahí encontrarán las fotografías de lo que ofrecemos esta noche —dijo el hombre con una sonrisa libidinosa en los labios.
Aquiles miró el famoso catálogo como si fuera una serpiente, pero luego de unos segundos procedió a abrirlo.
La subasta dio inicio, pero Aquiles tenía la mirada fija sobre el catálogo, especialmente sobre la foto de la chica que él estuvo buscando durante dos semanas.
—¡Medio millón de euros! ¿¡Quién da más!?—gritó el hombre.
—¡Un millón! —Aquiles giró la cabeza para encontrarse con el familiar rostro de Irina, sonrió ligeramente antes de volver su atención al escenario, sobre la chica de cabello n***o.
Se escucharon muchas ofertas, más de uno se unió a la puja por aquella pelinegra, Aquiles apretó los dedos con enojo, pero esperó pacientemente a que el mensaje que tanto estaba esperando llegara.
—¡Cinco Millones! —gritó con voz fuerte y dura. Dirigió una mirada rápida hacia Irina y le murmuró algo que solo ella entendió.
—¡Cinco Millones! ¿¡Quién da más!? —preguntó el hombre con el martillo en la mano—. ¡Señores! ¿¡Quién da más!? —El hombre contó hasta tres antes de golpear el martillo.
—¡Vendida!
Aquiles sonrió.
Entre tanto, el cuerpo de Anastasia tembló violentamente al escuchar aquella palabra. ¡Había sido ofrecida y comprada como si fuera un animal! ¡Comprada!