POV Luisa María Gutiérrez Dicen que después de la tormenta siempre viene la calma, pero nadie te dice que, a veces, la calma es tan brillante y perfecta que te da miedo parpadear por si desaparece. Había pasado poco más de un año desde aquel desastroso bautizo y la crisis que casi rompe mi matrimonio. Un año en el que el tiempo, con su paso lento y reparador, se había encargado de limar las asperezas y curar las heridas. Era domingo por la mañana. La casa olía a café recién colado, a mantequilla derretida y a esa felicidad doméstica que se siente en el aire, ligera y dulce. Yo estaba recostada en el marco de la cocina, todavía en pijama, observando la escena que se desarrollaba frente a mí con una sensación de gratitud que me desbordaba el pecho. José Joaquín estaba frente a la estufa

