POV Luisa María Gutiérrez. La cocina de mi casa ya no parecía una cocina. Parecía una trinchera de guerra, o quizás la trastienda de una panadería industrial en plena temporada alta. Era viernes por la noche. Faltaban menos de veinticuatro horas para que Ana Victoria bajara las escaleras del Salón de Cristales del Hotel Portuguesa, enfundada en un vestido que costaba lo mismo que un carro pequeño, para celebrar sus quince años. Pero mientras el vestido colgaba impecable en una funda al vacío en el cuarto de arriba, aquí abajo, la realidad era muy distinta. El aire estaba espeso, cargado con el olor dulce de la harina de trigo, la mantequilla derretida y el aroma inconfundible del queso blanco llanero rallado. Todas las superficies disponibles, el mesón, la isla, la mesa del comedor aux

