POV Luisa María Gutiérrez El efecto de la anestesia y la adrenalina ya había bajado; sin embargo, no podía evitar estar en ese estado algodonoso donde el cansancio pesa, pero la felicidad te mantiene flotando. Ana Joaquina dormía en la cuna de acrílico al lado de mi cama. Era tan pequeña, tan perfecta, con los puños cerrados como si estuviera lista para pelear con el mundo. José Joaquín estaba sentado en el sofá cama, mirándola. No le quitaba la vista de encima. Había llamado a todos: a su mamá, a mi papá, a mis tías. Su voz por teléfono había sonado eufórica, llena de ese orgullo masculino primario de "ya nació mi hija". Pero ahora, en el silencio del cuarto, su devoción era casi solemne. No la tocaba para no despertarla, pero no se alejaba ni un centímetro del plástico transparente

