Narra Clara
No sé cuánto tiempo pasó desde que pronuncié ese “ay no” desesperado. Lucía se acercó de inmediato, preocupada, pero yo ya estaba en otra parte, perdida en esa espiral que se abría bajo mis pies.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
—La entrevista… —apreté los labios. Sentí un calor incómodo trepar por mi cuello—. Creo que la arruiné.
Lucía parpadeó, como si necesitara un segundo para procesarlo.
—¿La arruinaste? ¿Cómo? Clara, solo… solo lo viste.
—No, Lucía. No es solo haberlo visto. Es que dejé de pensar. Me quedé muda. Me quedé helada. Y no sé si lo que dije esté bien, yo… yo estuve bloqueada.
—Pero no lo sabe —insistió.
Y tenía razón. O eso quería creer. Me dejé caer otra vez en el sofá, exhausta. Valentino empezó a tocarme la mejilla con una mano suave, curiosa, como si quisiera sacarme las preocupaciones con sus dedos diminutos. Esa ternura me desarmó de nuevo. Lo besé en la frente, aspirando su olor a bebé, a leche tibia y jabón suave.
Era lo único seguro en mi vida, el resto… un desorden de temores. “No me llamarán”, pensé. “Nadie contrata a alguien que no puede ni pronunciar una frase sin temblar”.
Lucía se sentó a mi lado.
—Clara, cálmate. No puedes asumir nada todavía.
—¿Y qué se supone que haga, Lucy? —pregunté, sintiendo otra vez ese nudo en la garganta—. ¿Qué hago si él me reconoce? ¿Si me pregunta? ¿Si…?
Me callé. Las palabras me pesaban. No podía decirlo en voz alta.
Si descubre que Valentino es suyo. Lucy frunció los labios, pensativa. Ella había estado conmigo aquella noche. Ella sabía exactamente cómo terminó todo aquello. Sabía cómo amanecí sola, confundida, con dolor de cabeza y con la certeza de que nunca lo volvería a ver. O eso creí.
—Mira —dijo finalmente—. Respira, Clara. Falta esperar. Aún no sabes nada. Quizás sí hablaste bien, quizás no te notaste tan nerviosa como crees. Tal vez él es así, serio, distante… No puedes darle tantas vueltas a algo que todavía no ha pasado.
Yo respiré hondo. No sirvió de mucho.
Valentino empezó a patalear y Lucía lo acarició en la barriguita.
—Tu hijo está bien —agregó—. Tú debes estarlo también. No te puedes derrumbar ahora.
—No me estoy derrumbando —mentí.
Me estaba cayendo en pedazos. Pasó una hora. Quizás dos. Me quedé con Valentino dormido encima, sin moverme, porque abrazarlo era la única forma en la que mi mente no se volvía loca. Jenny hizo café, me trajo una taza que nunca llegué a beber. Los minutos se amontonaban como ladrillos encima de mi pecho.
“¿Y si no llaman?”, repetía mi cabeza. “¿Y si llaman y tengo que volver a verlo?”. “¿Y si recuerda?”. “¿Y si no recuerda?”. “¿Cómo voy a trabajar cerca de él?”. El sonido del celular me hizo saltar, lo miré. Un número desconocido… Mi corazón casi se salió por la boca.
Lucía abrió mucho los ojos y me señaló el teléfono, emocionada.
—¡Contesta! —susurró como si temiera que el teléfono fuera a espantarse.
La pantalla seguía vibrando. Yo no podía respirar.
Cuando finalmente deslicé el dedo para contestar, sentí que el alma se me salía.
—¿A… aló? —mi voz sonó minúscula.
—Buenas tardes, ¿la señorita Clara Carter? —era la voz de Camila, la secretaria.
Mi cuerpo entero se tensó.
—Sí… soy yo.
Lucy abrió los ojos, expectante.
—De parte del señor Ellison, deseamos informarle que usted ha sido seleccionada para la segunda ronda de la entrevista. —la voz de Camila sonó amable, profesional—. Necesitamos que venga mañana a primera hora. ¿Le es posible asistir?
Mi boca se secó, mi corazón se desbocó. “¿Seleccionada?” “¿El puesto es mío?” “¿Voy a trabajar ahí… con él?”
—Sí… sí, claro, claro que puedo —logré decir, aunque mi voz temblaba.
—Perfecto. El señor Ellison desea que se incorpore de inmediato, así que la esperamos mañana a las nueve. Le enviaré un correo con los detalles.
—Gracias… muchas gracias.
Cuando colgué, mis manos estaban sudando tanto que casi dejo caer el teléfono.
—Bueno… ¿QUÉ? —preguntó Jenny con las manos en la cintura.
Me llevé una mano al pecho.
—Me llamaron para la segunda ronda —susurré.
Ella gritó tan fuerte que Valentino se movió en mis brazos.
—¡Clara, eso es increíble!
Yo me quedé quieta. Sin saber si debía llorar, reír o entrar en pánico.
—¿Increíble? Lucy… ¿cómo se supone que enfrente a ese hombre? —Mi voz se quebró otra vez—. ¿Cómo voy a estar una vez más frente a él?
Lucy se sentó junto a mí, esta vez más seria.
—Este trabajo lo necesitas —dijo—. Y él no sabe nada. Es obvio, no pasó nada… te han llamado para la segunda ronda ¿no? Es obvio, él no sabe nada de ti y lo hiciste muy bien. No tienes por qué decirle nada ahora. No te conoce y quizás no recuerda esa noche. No sabe quién eres… y eso te da tiempo. Tiempo para organizarte, para establecerte en Madrid, para comenzar de nuevo. No tienes que huir, Clara.
—Pero…
—No. —levantó una mano para detenerme—. No empieces con los “peros”. Tú eres una mujer valiente. Lo has sido desde el principio. Criaste sola a tu hijo hasta ahora. Te moviste de ciudad. Buscaste trabajo. Hiciste esa entrevista. Y ahora te dieron la oportunidad.
Me tocó la mejilla.
—Aprovecha la oportunidad.
Valentino hizo un sonido suave, como si estuviera soñando. Ese pequeño ruido me partió el alma en dos.
—Es solo la segunda ronda.
—¿Y? es tuyo ya verás, lo siento.
—Tengo miedo —confesé.
—Lo sé —respondió Lucy—. Pero no estás sola.
Tenía mil cosas en la cabeza, desde que supe que mi bebé vendría al mundo, supe que muchas cosas cambiarían, pero me aferré a mí y mi fuerza.
Sabía que ese hombre jamás aparecería en mi vida de nuevo y que solo seríamos Valentino y yo hasta el final de mis días, pero ahora no sé. siento que algo cambió dentro de mí.
—Tal vez el destino está haciendo las cosas para ti… ¿no?
Y por un momento, quise creerle. Quise creer que… que podía manejar esto. Que podía caminar por esa empresa sin temblar, que podía mirar a Sebastián Ellison sin recordar su cuerpo sobre el mío, sin recordar su voz ronca, sin recordar cómo me besó esa noche en la que ambos estábamos demasiado tomados para pensar con claridad. Tanto que él no me recordó. Y yo… yo lo recordé demasiado.
Me levanté del sofá. Caminé por la sala mientras acunaba a Valentino. No podía evitar mirar su rostro. Su nariz pequeñita. Sus pestañas largas. Él no tenía la culpa de nada. Él era mi mayor bendición. Mi mejor error. Mi milagro. Y ahora… Ahora su padre iba a estar cerca. Demasiado cerca.
Me mordí el labio, nerviosa. Lucy recogió mis zapatos del suelo, los puso a un lado y se cruzó de brazos, observándome como si pudiera leer mis pensamientos.
—Sé lo que estás pensando —dijo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Estás pensando que mañana vas a entrar en pánico, que él te va a mirar otra vez como si te conociera de algún lado, que tú no vas a saber qué hacer, que vas a tartamudear, que te vas a tropezar con la alfombra…
La miré mal.
Ella se rio.
—Pero también estás pensando que no puedes perder este trabajo. Y en eso tienes razón. No lo pierdas. No huyas. No retrocedas. No es momento.
Apreté a Valentino contra mí.
Ella se acercó y me acomodó el cabello detrás de la oreja.
Es mi única oportunidad, me dije a mi misma.
—Y si llega el día en que debas decir la verdad… —Lucy suspiró—. Ese día lo enfrentarás. Pero no antes. No ahora. No tiene que ser mañana.
Me mordí la parte interna de la mejilla para no llorar.
Lucy siempre sabía qué decir. Pero nada hacía que el nudo en mi estómago desapareciera. Porque si él me miraba demasiado… yo iba a quebrarme, porque si él me sonreía… yo iba a recordar. Porque si él se acercaba… yo iba a sentir eso que había tratado de borrar durante meses.
No porque lo amara o me gustara, sino porque… porque esa noche fue intensa para mí. Ese día que todo pasó, viví muchas que marcaron el camino que me hizo conocer a ese hombre.
Él era todo lo que yo no necesitaba. Y sin embargo… ahí estaba.
Casi siento su presencia otra vez. La forma en que me observó detrás de ese escritorio. La ligera tensión en su mandíbula cuando dije mi nombre. Ese instante de duda en sus ojos. Como si su subconsciente estuviera escarbando en un recuerdo borroso.
Me estremecí.
—Clara… solo ve mañana. Respira. Empieza. Y deja que el resto fluya.
Asentí con la cabeza, aunque por dentro era un caos.
Al final del día, cuando Lucy preparó la cena y yo me quedé a solas un momento con mi hijo, me recosté en la cama con él encima, mirándolo dormir. Su respiración tranquila era un contraste cruel con el huracán que sentía en mi pecho.
—Mi amor… —susurré—. Todo lo hago por ti. Todo.
Le acaricié el cabello suave.
—Mañana… mañana empieza algo nuevo. No sé si estoy lista, pero lo intentaré. Por ti.
Cerré los ojos un segundo. Y lo vi… Sebastián.
Un recuerdo aislado, borroso, pero tan vivo que me hizo temblar. Su rostro a la luz tenue de aquel bar, su risa ronca. Su mano en mi cintura, su perfume… Su boca. Una noche, solo una noche. Y ahora… todo regresaba.
Mordí mi labio inferior con fuerza. No, no iba a pensar en eso. No ahora. Me enfoqué en mi hijo.
En su peso cálido, en su respiración. En la vida que tenía por delante.
Respiré hondo.
—Mañana… —susurré— mañana vuelvo a verlo.
Y ese pensamiento, por más que intentara negarlo, me paralizó y me aceleró el corazón al mismo tiempo.
esa noche tenía la sensación de que no pasaría, que ir a esa siguiente ronda sería el final de una esperanza y que mi miedo de enfrentar a esa persona se acabaría, que volvería a mi ciudad y que haría como que esto no pasó, pero la verdad, el destino tenía otros planes para mí.
El plan de que yo fuera la asistente del padre de mi hijo.