Capítulo 4: De frente con el pasado.

1904 Words
Narra Clara Salí de aquella oficina sin sentir mis piernas. Caminé por el pasillo como si estuviera envuelta en una neblina espesa, una que me apagaba los sentidos y me dejaba apenas la respiración. Y ni siquiera podía asegurar que realmente estaba respirando. Todo en mí temblaba. Todo. El pasillo era largo, demasiado largo, como si no tuviera final. Un túnel silencioso donde mis pasos resonaban huecos, desacompasados, como si no fueran míos. Me llevé una mano al pecho. No estaba preparada. No estaba preparada para eso. Para él. Para su rostro. Para su voz. Me apoyé contra la pared fría, intentando que el aire me entrara, intentando recordar qué había dicho, si logré articular algo coherente durante la entrevista. Porque apenas salí de esa oficina… mi mente quedó en blanco. Borrada. Como si todo mi cuerpo hubiera entrado en pánico y hubiera decidido protegerme desconectándolo todo. Yo había visto el nombre en el correo, claro que lo había visto, pero jamás pensé… jamás imaginé que fuera él. Que el director general de una de las empresas más importantes del país fuese ese hombre. Ese hombre. Mi garganta ardió, la entrevista, no recordaba nada de la entrevista. Nada… La secretaria me saludó y no respondí. Salí del edificio como si algo me empujara desde adentro, obligándome a huir. Afuera, el ruido de la ciudad golpeó mis oídos como un estallido. Estaba aturdida, perdida, como si de repente todo lo que había construido los últimos nueve meses se hubiera removido de golpe, amenazando con derrumbarme. Me quedé allí, en la acera, tratando de ordenar mis pensamientos, pero no podía. El universo parecía haberse detenido justo en el instante en que nuestros ojos se encontraron dentro de esa oficina. Sus ojos. Esa mirada que reconocí de inmediato, aunque no quisiera. Aunque hubiera pasado casi un año. Aunque yo hubiera hecho todo lo posible por enterrar ese recuerdo. Y sin embargo… ahí estaba… Vivo, real, frente a mí. Miré su nombre en la placa de su mesa y algo me retumbó, Sebastián Ellison. Su nombre lo olvidé y de repente fue como si estuviera en la punta de mi lengua. Me dolía incluso pensar su nombre. Como si pronunciarlo fuera invocarlo. Como si al hacerlo pudiera aparecer otra vez frente a mí con ese porte imponente, con esa forma de observar que lo decía todo sin decir nada. Su presencia había llenado la sala, llenado mis sentidos, llenado todo lo que yo había logrado vaciar en nueve meses. Toqué mi vientre. Una costumbre. Un reflejo. Respira, Clara. Respira. Tomé el bus sin fijarme hacia dónde iba. Me senté junto a la ventana y apoyé la frente en el vidrio helado. Mis manos todavía temblaban. Sentía mis labios resecos, mis ojos ardiendo, mi corazón golpeando con violencia. Cada semáforo, cada frenazo, cada ruido de la calle me parecía lejano, como si estuviera debajo del agua. Sumergida. Flotando. A punto de hundirme. Intenté repetirme que debía mantener la calma. Que tenía que pensar en Valentino. En mi hijo. En lo que dependía de mí. Pero era inútil. Mi mente seguía atrapada en esa oficina, en ese escritorio enorme, en ese perfume tan sutil que reconocí al instante. Ese perfume que había intentado olvidar… y que ahora volvía para desbaratarlo todo. Llegué a la casa de Lucía sin recordar el trayecto. Ni siquiera recuerdo haber tocado la puerta. Ella simplemente la abrió, me miró y su expresión cambió al instante. Pero no dije nada. No podía. Me quité los zapatos sin desatarme los cordones. Caminé directo hacia la sala, buscando lo único que podía rescatarme del caos que llevaba dentro. Mi hijo. Mi pequeño Valentino. Estaba en su mecedora, moviendo sus piernitas, haciendo esos sonidos suaves que hacía cada vez que veía algo que le llamaba la atención. Cuando me acerqué, alzó los brazos con esa inocencia que solo él tiene, esa que me derrite el alma. Lo tomé de inmediato. Lo levanté. Lo abracé con tanta fuerza que casi me quedo sin aire. Su olor, su calor, sus manitos agarrándose de mi blusa… todo eso me ancló. Me sostuvo. Me salvó del colapso inminente. Puse mi cara en su cuello, aspirando su aroma dulce, dejando que su respiración suave me atravesara el pecho y me ordenara el corazón. Mi amiga me observaba en silencio desde el marco de la puerta. —Clara… ¿qué pasó? —preguntó con cautela. No pude responder. No todavía. Valentino apoyó su cabecita en mi hombro y sentí cómo su peso, aunque pequeño, me daba una estabilidad inesperada. Me aferré más a él. Mi mundo… mi mundo se había movido. Todo lo que estaba firme se había vuelto blando. Todo lo que estaba en calma había despertado. Y no sabía cómo manejarlo. No sabía si llorar, si gritar, si huir. —Clara, estás pálida —insistió Lucía, acercándose. —Estoy… —Mi voz salió rota—. No sé qué estoy… Ella me tomó del brazo y me guió hacia el sofá. Me senté con Valentino todavía en mis brazos, como si temiera que, si lo dejaba un segundo, también lo perdería. Él jugó con mi collar, ajeno a todo, ajeno al desastre que vivía dentro de mí. Miré sus ojos, esos ojos inmensos y brillantes. Lo acaricié. ¿Cómo podía sentir tanto amor y tanto miedo al mismo tiempo? Lucía esperó. Siempre esperaba. Siempre sabía cuándo debía hablar y cuándo debía simplemente quedarse ahí, acompañándome. Me pasó un vaso de agua. Lo dejé sobre la mesa sin tocarlo. Mis manos estaban ocupadas sosteniendo lo único que me mantenía entera. —¿Pasa algo? Negaba con mi cabeza, pero mis gestos me delataban. —No te ves bien, ¿Qué sucede? —Vi a alguien, alguien que no pensé ver jamás. —¿Un fantasma? Te ves pálida. —Vi al padre de mi hijo. Ella abre sus ojos. —¡¿Qué?! ¿Lo viste? Pero ¿Dónde? —preguntó finalmente. Tragué saliva. —Sí. Las tres letras más pesadas que dije en mi vida. Lucía se sentó a mi lado, sin hablar. Yo seguía abrazando a mi bebé. —¿Cómo fue? Cerré los ojos al recordarlo. —No… no estaba preparada. Yo… —respiré hondo—. No sabía que era él. Entré y de repente… yo… —Espera, ¿te reconoció? Levanté mis hombros insegura. —¿Estás segura de que él te reconoció? —pregunta de nuevo. Asentí despacio. Con miedo… —Sí, o eso creo... quizás sí y fingió que no… No lo sé, quizás sí y… Yo también lo reconocí. En cuanto lo vi… —sentí un nudo en la garganta—. En cuanto lo vi supe que era él y que… Lucía me tomó la mano libre. —Clara, tranquila. No te adelantes a nada. Ella me mira confundida, como si no supiera que decir. —En algún momento podría pasar, lo sabías ¿no? —No. Bueno, tal vez, pero no pensé que en la entrevista. —¿Cómo que en la entrevista? —Era el CEO de la compañía para la que fui hacer la entrevista. Los ojos de ella se hacen aún más grandes. —¡¿Qué?! —No sé cómo está mi corazón… Ella cambia su mirada a una de picardía. —Pero no así. No de esta forma. No tan… fue de miedo, nervios, impresión. Mi voz tembló. Pronto. Nueve meses y aún dolía como si hubiera sido ayer. Miré a Valentino, mi razón, mi fuerza, mi salvación. Él sonrió, ajeno a todo, y esa sonrisa me pulverizó el alma. —No sé qué hacer, Lucía —murmuré con un hilo de voz—. No sé cómo actuar. No sé ni siquiera qué dije durante la entrevista. ¿Y si arruiné la oportunidad? ¿Y si piensa que soy una incompetente? Lucía frunció el ceño. —Peor aún, si ahora por saber que soy una fácil que se acostó con él… Ay no, lo arruiné. —Clara, él no puede hablarte así. No tiene derecho a decirte fácil… hasta quizás por eso te llame. Ella mira a mi bebé y sonríe. —Es millonario. ¿Eso te sorprendió? ¿es eso? —No es eso —la interrumpí, sin poder contener el temblor en mis manos—. Es que… verlo me sacó de mí. Me cambió el aire. Me dejó sin palabras. Todo lo que practiqué, todo lo que ensayé, lo que quería decir para la entrevista… desapareció. Se borró. Volví a abrazar a Valentino más fuerte. —Es el padre de mi hijo, Lucy… —susurré, apenas audible. Sus ojos se suavizaron. —Y tú estás sola desde el primer día. Asentí. —No creí verlo, de verdad que… Puse las manos en mi pecho. Mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que me retumbaba en los oídos. Me levanté del sofá con mi bebé en brazos y empecé a caminar por la sala. Necesitaba moverme, sacar la tensión del cuerpo. Valentino se acomodó, tranquilo, confiado. Cada paso que daba era un intento por volver a mí misma. Las paredes parecían cerrarse un poco. El silencio de la casa se hacía más pesado. —No puedo creerlo —murmuré—. No puedo creer que era él. Me detuve frente a la ventana. Afuera pasaba un carro, luego otro. Todo se veía normal. Todo seguía igual. Pero dentro de mí había un terremoto. —Lucy… —mi voz se quebró—. Su mirada era, él… es que… —No es tu culpa. —Pero tampoco… tampoco pensé que lo vería ahí. De frente. Mirándome como si… como si… Me llevé una mano a la boca. Lucía se acercó. —Como si te recordara de aquella noche de pasión y sudor y… Negué apenada. —No lo digas así. —Pero así fue… —Sí, pero... ¡Aish! —me sentí apenada—. Como si supiera exactamente quién soy. Como si esa noche… —mis ojos ardieron. Lucía me tomó por los hombros. —Clara, esto no estaba en los planes, pero… Ambas miramos a Valentino y él sonríe sin entender nada de lo que ella y yo hablamos. Él es mi vida, ese pequeño es mi milagro. El resultado de una noche que cambió mi vida para siempre. Una noche que no había vuelto a mencionar, una noche que guardé para mí. Una noche en la que conocí a un hombre que jamás pensé volver a ver. Y sin embargo… ahí estaba. A solo unos metros de mí. Mirándome como si… como si el tiempo no hubiera pasado. Apreté a mi bebé contra mi pecho, sintiendo que la respiración se me quebraba. —Lucía… —susurré con un temblor incapaz de ocultar—. Acabo de ver al padre de mi hijo… Y el mundo entero volvió a sacudirse. La imagen de él, de Sebastián Ellison, reapareció en mi mente, su traje impecable, la seriedad en su rostro, la tensión en su mandíbula cuando me vio, sus ojos recorriéndome… reconociéndome. Una corriente fría recorrió mi espalda. —Una noche… —murmuré, apenas un pensamiento escapando de mis labios— solo una noche en la que lo conocí… Pero no dije más. No podía. De la anda, mi mente regresa a la realidad y me preocupó perder mi última oportunidad para encontrar algo digno para vivir con mi hijo. —¡Ay no!
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