Narra Clara
El día había llegado, sentí los rayos del sol filtrándose por las cortinas del pequeño apartamento que alquilo en Toledo. Es un lugar modesto, con paredes descascaradas y un piso que cruje en cada paso, pero tiene lo que necesito; un techo, una cuna, y un rincón donde puedo preparar el desayuno para mi hijo.
Respiré hondo y me intenté llenar de fuerzas para un nuevo día.
El sonido que me despierta no es el reloj, sino los balbuceos de Valentino, mi pequeño. Mi razón para seguir.
Estiro mi cuerpo con cuidado; un bostezo se escapa y siento su pequeña mano sobre mi rostro.
Con solo mirarlo sentí un nudo en mi garganta, pero me niego a llorar.
—Ya voy, mi amor —susurro mientras me levanto, con el cuerpo aún pesado del cansancio.
A sus nueve meses, Valentino ya empieza a querer explorar el mundo. Entre más pasa el tiempo, más cosas hace, y sí que me pone en jaque. Se pone de pie en la cuna, gatea con rapidez, se sostiene de todo lo que encuentra, y a veces cae riendo como si nada. Es todo un pequeño huracán.
Él me mira con su cabello oscuro revuelto, las mejillas sonrosadas, y esa sonrisa que parece iluminar hasta el rincón más triste del lugar.
—Hola, mi amor —le digo, y él me responde con un balbuceo que solo él entiende.
Esa sonrisa me mata y me revive a la vez.
Lo cargo, y su pequeño cuerpo se acurruca en mi pecho.
—Buenos días, mi vida. ¿Listo para desayunar? —pregunto, aunque sé que no me va a responder, solo me mira y se ríe.
—¿Dormiste bien? ¿sí?
Beso sus enormes mejillas, ama que haga eso.
Me dirijo a la cocina con él en mis brazos. Mientras caliento el agua en una olla vieja, reviso el correo desde el móvil. El buzón estaba vacío, lo que me hace suspirar de tristeza.
Nada nuevo. Ninguna respuesta de las empresas a las que me he postulado.
Suelto una bocanada de aire y aprieto los labios. Estoy realmente preocupada.
—¿Qué haré Valentino?
Él me mira y sonríe de nuevo. Tan pequeño, inocente… no sabe los días difíciles que tengo y la verdad me hace feliz que así sea.
—Tienes a una mamá desempleada —le digo en tono divertido y él se ríe con grandes carcajadas—. Sí, tu mamá es un chiste, mi amor.
Camino de un lado a otro con él en brazos. Busca mi pecho y sé que no esperará a su desayuno, así que me siento en el sofá y lo amamanto.
Mientras lo hago, mi mente no deja de repasar los últimos meses; las puertas cerradas, los “lo lamentamos, el puesto ya ha sido ocupado”, las miradas de lástima.
La desesperanza se me cuela por los huesos y de nuevo viene esa sensación de querer llorar.
He enviado más de veinte solicitudes de trabajo en el último mes, y todas han quedado en silencio. Desde que perdí mi empleo en la tienda de suministros, las cosas se han vuelto cada vez más difíciles.
El alquiler está atrasado dos semanas. La señora Carmen, la dueña del edificio, ha sido paciente, pero sé que no lo será por mucho más.
Odio esta situación de mierd*. Me siento inútil, impotente, como si cada día fuera una batalla cuesta arriba.
La niñera, Rosa, solo puede venir medio tiempo porque no tengo para pagarle las horas completas. Ella cuida de Valentino mientras salgo a buscar empleo o entrego currículos en persona.
—Tendré que vender algo —murmuro para mí misma, mirando a mi alrededor si tengo algo útil para vender.
Pero antes de tomar una decisión, Valentino suelta mi pecho y ríe.
Su risa es mi refugio. Mi razón para no rendirme.
—Sí, lo sé —le digo tocando la punta de su nariz—. Mamá no tiene un televisor en buen estado para vender.
Un rato después le doy su desayuno y lo miro mientras come con torpeza, llenándose las mejillas de papilla.
En esos segundos, mi mente se silencia, aunque el corazón sigue cargado de preocupación.
Mi madre siempre decía que las cosas buenas llegan cuando menos lo esperas. Pero ella ya no está para recordármelo.
Murió cuando Valentino tenía apenas dos meses, dejándome sola, con un bebé en brazos y un mundo que me pesaba más que nunca.
Recuerdo sus manos frías en el hospital, el olor del desinfectante, el vacío que me dejó su ausencia.
Desde entonces, no he tenido a nadie más. Solo a mi hijo.
Y pensar que aquella noche que estaba desesperada por saber que un bebé crecía en mi vientre, ella me dio tanta calma, me dijo que me apoyaría y que no estaba sola. Pero ahora, mi mayor miedo se ha cumplido, aquí estoy, sola enfrentado una de las mayores responsabilidades de mi vida.
Y eso debe bastar.
Esa tarde, mientras Valentino duerme, tomo el móvil y vuelvo a revisar anuncios de empleo. Deslizo sin esperanza, hasta que uno llama mi atención “Ellison Group busca asistente administrativa” Empresa ubicada en Madrid. Requiere puntualidad, compromiso y adaptabilidad.
—Ellison Group —repito en voz alta.
El nombre me suena familiar. Entro al sitio web, y me sorprende ver lo grande que es la compañía. Modernos edificios, un equipo ejecutivo impecable, proyectos internacionales. Nada que ver con los pequeños empleos a los que he estado aplicando.
—No, esto no es para mí —susurré mirando el anuncio.
Por un momento dudo... Una empresa así jamás se fijaría en alguien como yo. Pero luego miro la cuna, donde mi hijo duerme profundamente, y lo hago por él.
Actualizo mi currículum, adjunto una carta breve y envío la solicitud. No tengo nada que perder.
Pasaron unos días sin respuesta. Casi lo había olvidado, hasta que una tarde escuché el sonido del correo entrante. “Ha sido seleccionada para una entrevista presencial en Madrid.”
El corazón me dio un vuelco, no lo podía creer. Pero, es en Madrid. Eso significaba un viaje. Dinero que no tenía.
Miré a mi hijo y también supe lo que eso significaba. ¿Con quién puedo dejar a mi bebé?
Había una posibilidad cuando creí que ya no tenía… Paso la noche haciendo cuentas. Entre lo que tengo ahorrado y lo poco que queda en la despensa, podría pagar el tren y una noche en una pensión barata, pero creo que no es suficiente.
En ese instante pensé en alguien que podría ayudarme. así que, llamo a Lucía, una vieja amiga que se mudó a Madrid hace años.
—Por favor, necesito un favor enorme —le digo, conteniendo la voz para no sonar desesperada—. Solo unas horas. Tengo una entrevista y no tengo con quién dejar a Valentino.
—Tranquila, Clara. Déjamelo a mí —responde ella sin dudar—. Vente, yo te ayudo.
Esas palabras llegan a mi alma y el alivio me hace descansar.
El tren sale a las seis de la mañana. Viajo con una maleta pequeña, una bolsa con lo básico para Valentino, y una ansiedad que me carcome el pecho.
Él duerme en mis brazos todo el trayecto, y mientras lo observo, pienso en cómo llegué hasta aquí.
Suspiro, soltando un peso que he cargado por demasiado tiempo.
He cometido errores, sí, pero nada de eso cambia lo que siento por este pequeño ser. Él no fue un error. Fue lo mejor que me pasó en la vida.
Llego a Madrid al mediodía. Lucía me espera en la estación, sonriente, con los brazos abiertos. Me aferro a ella como si fuera la única certeza que tengo.
—Tranquila, todo va a salir bien —me dice mientras acaricia la cabeza de Valentino.
Lo dejo con ella, con un nudo en la garganta, y me cambio en el baño de una cafetería.
Me miro en el espejo y lo primero que salta a mi vista son mis ojeras.
—Que terrible me veo —susurré pasando mi mano por mi cabello.
Respiro hondo y me repito lo mismo de siempre, no tengo nada que perder…
Mi atuendo es sencillo, pero es lo mejor que tengo. Al final, no vine a impresionar, vine a luchar por una oportunidad.
Tomo el metro hasta el centro financiero. Cuando el edificio de Ellison Group aparece ante mí, me quedo sin aliento. Es enorme, con paredes de vidrio que reflejan el cielo.
Suspiro, nerviosa, y entro. El interior es aún más imponente; luces cálidas, empleados moviéndose con precisión, como si cada paso estuviera ensayado.
Una mujer de cabello recogido me recibe en recepción.
—Buenos días, ¿nombre?
—Clara Carter. Vengo a la entrevista.
—Por aquí, por favor. Tome asiento y espere a que la llamen.
Obedezco y me siento.
A mi alrededor, otras personas esperan también. Me sentí como un bicho raro. Todos visten mejor que yo; trajes planchados, portafolios nuevos, perfumes caros, relojes brillantes.
Miré mis zapatos y traté de ocultar un poco mis pies debajo del asiento. Yo solo tengo mis manos entrelazadas y una carpeta con mi currículum impreso.
Me repito mentalmente que puedo hacerlo. Que lo hago por Valentino.
Cierro los ojos un momento y visualizo su rostro, esa sonrisa desdentada que me da fuerzas.
El tiempo pasa lento. Veo salir a varios candidatos, unos sonrientes, otros cabizbajos.
Estoy nerviosa. Mis manos están frías, mis piernas tiemblan.
Hasta que finalmente escucho mi nombre.
—Señorita Carter, puede pasar.
Me levanto, ajusto mi blusa y camino hacia la puerta que me indican.
La recepcionista abre y me deja pasar primero. Respiro hondo y trato de mostrar una sonrisa amable.
Pero cuando cruzo la puerta, el mundo se detiene. Mis pies se pegan al suelo, mi corazón se agita y mi alma empieza a abandonar mi cuerpo.
Él está ahí. Estaba sentado detrás de su escritorio, con aquel mismo porte elegante que recuerdo.
La luz del ventanal cae sobre su rostro, marcando sus facciones con una perfección casi irreal.
Trago saliva y pienso que esto no puede ser posible.
El hombre levanta la mirada, y entonces lo supe. Era él. El mismo hombre que nunca volví a ver. El padre de mi hijo.
Mi respiración se corta, el corazón me late en los oídos. Y por un instante, el pasado vuelve a mí, como una ola imposible de detener.
Ahí estaba él. El padre de mi hijo.