La majestuosidad del castillo no tenía comparación, incluso para Sergei, un rico aristócrata ruso acostumbrado a lo mejor de lo mejor y a la riqueza de su vida diaria en el club, así que fue un verdadero shock saber que Rubí había crecido rodeada de tanto lujo y esplendor como lo era el palacio de su familia. Los muros de mármol, las enormes arañas de cristal que colgaban del techo, los tapices de seda finamente bordados en oro, todo parecía sacado de un cuento de hadas. O de Las Mil y Una Noches, versión Europea. Apenas llegó al castillo, fue recibido por un séquito de criados que lo llevaron directamente ante el rey. Sergei no podía creer la rapidez y la deferencia con la que lo trataban. Era evidente que el rey estaba impaciente por conocer al "pretendiente" de su amada hija, Fringila.

