Una bombilla, aire frío, una pequeña mesa de metal para dos personas y una joven con la piel pálida recluida en un rincón. Sólo eso había en la habitación blanca.
La joven le devolvió la mirada con la cabeza ladeada y el ceño algo fruncido. Parecía un objeto, simplemente, abandonado en un rincón.
Katian se metió una mano en el bolsillo y enderezó la postura de sus hombros, traía un vaso de agua en la mano izquierda que dejó sobre la mesa y arrastró una de las sillas haciendo que emitiera un grito casi ensordesedor al chirriar contra el suelo. El oficial asintió con la cabeza y tomó asiento. Todo con la mirada de la joven puesta sobre él.
— ¿Podrías? —señaló la silla frente a él con un ademán de su mano—. Me gustaría conversar contigo un momento.
Romina miró únicamente su mano, y lentamente negó con la cabeza.
El oficial Rochester no perdió la calma, abandonó su silla y se acercó a la joven, dejando de por medio una distancia prudencial. No quería asustarla, mucho menos que comenzara a gritar otra vez.
La mirada de ella, entre desinteresada y curiosa se paseó por su cuerpo en un escaneo rápido. Se preguntó internamente, cuánto tardaría en lanzarla al suelo si intentaba huir de esa habitación.
Sabía que se encontraba en una estación de policía. Recordó vagamente cómo entraron al cuarto de baño de su madre, y sus propios gritos resonaron como recuerdos antiguos dentro de su cabeza.
También sentía como si una parte de su cerebro se encontrase dormida. Había partes que no podía recordar. O tal vez, no quería.
Katian decidió que si quería que la chica cooperara, entonces debía ser paciente. Ella tenía los ojos muy abiertos y lucía como un ratón asustadizo.
Se preguntó internamente si ese sería el rostro de alguien que habría asesinado a su madre. No es que él estuviese ahí para acusarla de algo, pero debía hacer su trabajo.
—Romina, ¿cierto?
Su voz fue inexpresiva, calculada en cada borde. Katian era consciente del efecto intimidante que producía su voz.
Ella asintió en respuesta.
—Mi nombre es Katian Rochester —le tendió la mano, pero ella no hizo ningun movimiento. Lo miró con la cabeza ladeada, buscando dentro de las lagunas de su mente esa mata de cabello rubio y esos ojos azules, vacíos y cansados.
Y entonces lo recordó. En la escuela. Era de día, había un cadáver al otro lado de la cerca, en el baño de chicas.
Alargó el brazo y estrechó la mano extendida.
—Estoy aquí para...
—Interrogarme —el silencio que envolvía la sala, espeso y frío, se rompió. Ella tenía la voz rasposa, y pronunció la palabra como si le doliera—. Preguntarme si yo maté a mi madre, ¿no es así?
Rochester asintió lentamente: —¿Tienes algo que decir? —tanteó.
—No —zanjó ella y se encogió un poco más en su lugar.
— ¿Podríamos por favor tomar asiento?
Le pidió amablemente, pero ella no quería obedecer ningún tipo de orden, sólo necesitaba, desesperadamente, salir de esa habitación de paredes estrechas.
Sentía que estaba asfixiandose.
—Sólo intento ayudarte.
—No me hable como si fuese una niña tonta —su voz sonó ronca y algo enojada, pero el hombre ni se inmutó.
—Entonces levantate y toma asiento. No me obligues a pedirtelo dos veces mas. Sólo hablemos, ¿bien?
Apretó los labios y luego de dirigirle una mirada dura se levantó del suelo y abandonó el rincón helado en el que había estado las últimas horas.
—Encontramos restos de alcohol en el cuerpo de tu madre, Romina. Aunque, más que sólo restos, eran cantidades enormes —explicó con parsimonia, una vez estuvieron sentados uno en frente del otro. Katian pronunció cada palabra sin mover más que sus labios, el resto de su cuerpo se mantenía impasible.
Y aunque no se le notara, llevaba cinco noches en vela atadas a la espalda. Buscando un asesino de colegialas que al parecer se había instalado en la ciudad. Aún no se resolvía el grotesco caso de la chica asesinada en el Gold High Institute.
La muerte de una mujer alcoholica no era más que un por menor. Por insensible que sonara.
La chica sólo se limitó a mirarlo, pensativa. Encogió los dedos y se rascó suavemente las piernas, por debajo de la falda. Curiosamente, Romina aún llevaba su uniforme del instituto, desde el día anterior.
—Mamá solía tomar demasiado —masculló, mirando al oficial a los ojos, pero rápidamente apartó la mirada, sintiendose demasiado débil para sostenerla—. Asistió a grupos de ayuda, hace años. Tenía problemas con papá por eso. Lo había dejado...
"O tal vez nunca lo hizo", pensó para sí misma apretando los labios.
—Fue así por dos años —terminó, suplicando internamente no tener que hablar demasiado. Le ardía la garganta.
— ¿Por qué se fue tu padre de casa, Romina?
Ella se tomó su tiempo para responder.
¿Por qué?
¿Estaba cansado?
¿Herido?
¿Quizá furioso?
¿O arrepentido de haberse casado y tener un hija?
—Papá tenía a alguien más. Se fue con otra mujer —respondió de forma mecanica.
Rochester sólo asintió con la cabeza, y con su mano arrastró el vaso de agua en su dirección. La joven se apresuró a tomarlo y beber a sorbos lentos.
— ¿Haz hablado con él desde que se fue? —la joven resistió el impulso de soltar una carcajada llena de humor y quizá también un poco de rabia. Pero dadas las circunstancias, sabía que que su arrebato sólo parecería el lamento de un animal herido. Así que sólo se limitó a negar—. ¿Alguien más vivía con ustedes? —negación—. ¿Viste a alguien raro a su alrededor? —negación—. ¿Estabas en la casa cuando pasó?
Levantó la vista un segundo, luego regresó la atención a su vaso.
—Estuve todo el día en el instituto. Cuando salí fui a mi trabajo —se frotó las manos—. Mi madre no estaba en casa. No durmió en casa la noche anterior.
—Llevaba muerta al menos un día.
La chica sólo se limitó a mirarlo, algo faltaba en sus ojos. Quizá brillo, quizá interés.
—Romina, tu madre tenía también marcas en su cabeza. Tenemos la teoría de que alguien pudo haberla asesinado —explicó el hombre cruzando sus brazos, clavando sus ojos en la chica, esperando su reacción—. Alguien pudo haberselas hecho mientras la ahogaba, ¿no lo crees? Claro, que no pasamos por alto que el cuerpo flotaba boca arriba. Aún así...
—Se quedó dormida —soltó con un hilillo de voz entre confusa y alerta, mirando vagamente al hombre.
—Es lo que dedujimos. Tu madre tenía golpes en otras áreas de su cuerpo, ¿sabías algo de ello? Cualquier cosa que nos digas podría ayudarnos a encontrar al culpable, si lo hay, claro.
Romina se removió en su lugar, incómoda.
—Mamá salía constantemente —empezó en voz baja, con la mirada fija en el suelo—. Siempre, bueno, casi siempre, salía de noche. Una vez llegó golpeada. Tenia el labio hinchado y los —levantó la mirada e hizo con los dedos círculos alrededor de sus ojos—. Morados. Llegaba borracha. Sin muchas de las cosas con las que salía.
Rochester no dijo nada y con expresión inexcrutable sólo la observó, impasible. Sus palabras eran neutras, su tono calmado, y sus movimientos silenciosos.
— ¿Sabes qué lugares frecuentaba tu madre, Romina? —sintió su nombre amargo en los labios de aquel hombre rubio, se encogió en su lugar, intentando hacerse pequeña—. Eso podría ayudarnos.
El suelo de pronto se había vuelto interesante, como si las figuras irregurales en la cerámica pudiesen hablarle.
—No lo sé, lo siento.
Y era cierto, no lo sabía, no podría, y le alegraba no saberlo.
—Tu madre se quedó dormida en la bañera, mientras tomaba un baño —la joven no dijo nada, y Rochester hizo la pregunta que se había instalado en su lengua—. Romina, ¿lamentas la muerte de tu madre?
La pregunta la tomó desprevenida, no obstante, no perdió la calma que decidió recoger para mantenerse a flote.
Desvió la vista del suelo e ignorando la sensación de nervios dentro de sí, no apartó la mirada y con voz neutra respondió.
—No.