Capítulo 14

2802 Words
Romina — ¿Ta-Tada? —Una voz débil y temerosa resonó en la habitación. Era mi voz. Mía. Estaba débil y ya no me molestaba en ocultarlo. ¿Qué sentido tenía si todo lo que me rodeaba estaba roto? Su voz, acompañada de un gruñido enojado, me llegó somnolienta a través de la línea. Eran las diez de la mañana. Pasé la noche en una sala gris de paredes casi metálicas, porque no sabían qué hacer conmigo. No encontraron a mi padre, y por lo tanto no sabían a dónde enviarme o con quién. Mi única familia estaba muerta. Hasta que finalmente, después de mucho pensar y soportar las mismas preguntas una y otra vez, supe qué responder cuando una mujer con una cola de caballo tan apretada que le estiraba la piel de la frente se acercó, y me preguntó si tenía alguien a quien acudir. Era una trabajadora social. Y pensé en ella. Sólo pude pensar en ella. —Son las putas seis de la mañana, en un maldito sábado. ¿Quién mierdas es? —vociferó y aunque sabía que estaba furiosa, casi quise reír de alegría al escucharla. Escucharla relajó una parte de mí. Pero la parte que seguía asustada y confundida, se quedó en blanco. Y no supe que más decir. Aunque de seguro me querrá gritar por estar llamándole tan temprano, no soy algún familiar suyo y ni siquiera debería estar llamando para atosigar su paz con mis problemas. Pasé saliva, llené mis pulmones de aire y con voz temblorosa intenté encontrar mi voz. —S-Soy Romina —Sueno más inestable de lo que me gustaría. Cierro los ojos y espero una respuesta sintiendo los ojos del oficial que estuvo conmigo en la sala de interrogaciones sobre mi espalda. — ¿Rom? Oh, lo siento. ¿Qué sucede? —puedo imaginarla frotándose los ojos y ahogando bostezos. Dios. No puedo hacer esto No es su problema pero necesito ayuda. Cierro mis ojos con fuerza y tomo una inspiración antes de decir las siguientes palabras: —Mi madre está muerta —las lágrimas vuelven a salir, el oficial que estuvo conmigo antes me observa desde el umbral de la nueva habitación bajo un silencio espectador. Intento ignorar su presencia aunque es inevitable. Él me recuerda dónde estoy y por qué. Acomodo el teléfono en mi oreja y presionó la frente contra el tablero. Siento que me tiemblan las rodillas—. Yo... Ella... Las palabras se rompen en mi garganta y empiezo a sollozar sin quererlo. — ¿Q-Qué? —la conmoción en su voz es palpable—. ¿C-Cómo? ¿Dónde estás? Romina. Responde. —Estoy en la estación de policía, yo... Por favor, ayúdame —mi voz se quiebra. —Llamaré a Adrien, y vamos para allá. ¿Bien? Calma —parece conmocionada y habla muy rápido. Escucho como cosas caen al suelo y posteriormente, asumo, que se trata de ella. —Gracias. —Tranquila, ¿okey? —es lo último que dice antes de colgar. Su voz es reemplazada por un pitido y me comienza a doler la cabeza. No voy a poder con esto. ¿Qué se supone que haga ahora? Dejo el auricular en su lugar y me vuelvo una vez más al hombre que me mira con conmiseración. —Yo... Ella vendrá —me rasco el hombro y desvío los ojos. —Lo siento —mi expresión se ensombrece al oír sus palabras. Le miro a los ojos. Sus brazos permanecen cruzados. Bufo por lo bajo. No necesito la lástima de nadie. Aunque de lastima —No hay nada que sentir —comienzo—. Ya no tiene caso, ella está muerta —suelto con más brusquedad de la esperada, siendo plenamente consciente de que no lo hace con mala intención. Alivio invade mi cuerpo cuando él me ignora y me da la espalda, indicando con un sólo movimiento de cabeza que lo siga. Obediente obligo mis piernas a avanzar por el corredor gris que inmediatamente me envuelve en sus brazos. Siento mi sangre correr con más intensidad y la cabeza me duele, es como si un montón de agujas fuesen incrustadas en mi cráneo y el peso de diez paredes de concreto se hubiese asentado en mis hombros. Es cansado. Y aunque intento que la situación no me consuma, no estoy completamente segura de poder lograrlo. ... Muerdo la piel que rodea mis uñas, y tengo las rodillas a la altura del pecho, esperando pacientemente a que Tada y Adrien aparezcan pronto. Siento que podría desplomarme en cualquier momento, la debilidad se ha apoderado de mis cuerpo y con esfuerzo puedo mantener los ojos abiertos El oficial de antes me dio jugo de naranja y me dejó en recepción hace casi media hora. Informó que intentaron localizar a mi padre pero que fue imposible, una parte de mí albergaba la esperanza de que pudiesen dar con él. Sonreí con tristeza y tomé asiento. Extrañamente, siento que me he cansado de llorar. Estoy sola ahora, lo sé, pero no hay nada que pueda hacer ya. Me pregunto cuánto durará este estado de lucidez. Por esa razón me he mantenido la última media hora mirando la puerta de entrada. La verdad, he visto muchas cosas. No imaginaría que tantas personas podrían visitar tan temprano una estación de policía. La mayoría de ellas, la mayor parte del tiempo, ingresan despavoridas. Pego la cabeza a la pared, el eco sordo me llena los oídos y cierro los ojos por un momento. No te duermas. No te duermas. —Por favor, es una emergencia —una voz apagada y con secuelas del paso de los años llena el lugar con su melodía llorosa. Abro los ojos y me encuentro con una mujer de al menos unos cincuenta años, su piel es blanca y el cabello rubio comienza a tintarse de canas, las mejillas rosadas y sus ojos azules brillaban con lágrimas. Lleva un regordete gato abrazado y las patas le guindan como si fuese un muñeco de peluche. Ella llora y se queja, también exige ayuda, una que la mujer que la atiende no está dispuesta a proporcionar. Mira a la pobre mujer como si le faltase un tornillo. Por lo que escuché había sido asaltada, necesitaba ayuda para volver a casa y quería poner una denuncia formal. La chica de recepción, a la cual identifico como Carla, no hizo mucho por ella. Se podía hacer una denuncia, el dilema era: ¿a quién? Según la mujer la asaltaron en el centro comercial, y estoy casi segura de que ni ella misma sabe cómo debió haber sido su atacante. Pobre mujer. — ¡No sirven para nada! Di un salto en mi lugar al sentir como, enojada, golpeó con su delgado puño la banqueta de recepción. Pude sentir sus sollozos y seguido de eso sus pasos. Pobre mujer. Suspiré y seguí con lo mío, lo cual era hacer absolutamente nada. Sólo queda esperar. Esperar. Esperar. Sinceramente ya no sé qué esperar. ¿Quién vendrá a lastimarme, abandonarme o a morirse ahora? Un delicado y dulce olor a vainilla se filtró por mi nariz, giré mi rostro encontrándome a la señora que había entrado hace sólo unos pocos minutos, con su gato en los brazos y pidiendo ayuda, sentada a mi lado. Tenía sus brazos alrededor del gato y sollozaba de manera pausada. Sus ojos buscaron por todas partes hasta contactar con los míos, desvíe la vista y me sonrojé. Es de mala educación mirar a las personas fijamente sin que lo noten, no lo hagas. Las frías palabras de mi madre muerta resonaron en mi cabeza. — ¿A ti también te asaltaron? —preguntó dulcemente una voz algo desgastada y rasposa. Volví mi cuello y volví a mirar a la mujer a mi lado. Ella sonreía mostrando una perfecta dentadura algo amarillenta, supongo que en su vida de joven era fumadora. Quise sonreír, incluso lo intenté pero nada salió, así que sólo me limité a mirarla. —No, yo... —busqué en mi cabeza cualquier cosa que decir—. Tengo un problema, nada... importante. La señora abrazó a su gato. —Todos tenemos problemas, descuida, no eres la única. Sólo no te dejes vencer por ellos. Medio dibujé una sonrisa. Me parecía irónico que me dijera algo como eso cuando hace menos de tres minutos estaba lloriqueando porque la habían asaltado y acusó a la policía de negligente. —Claro —asentí. —Me llamo Ratsí, pero puedes llamarme Tati —colocó un mechón de su rubio cabello tras su oreja y frotó la cabeza del gato color blanco contra su mentón. Bajé lentamente las piernas hasta que mis pies tocaron el suelo. —Soy Romina. —Romina. Lindo nombre. Me recuerda al de mi hija. Su nombre es Rebecca, aunque no se parecen mucho —comenzó a parlotear—. Salvo que ambos son con la letra R, sí, tú te pareces un poco a mi Rebecca, pero sólo en que debería de tener tu edad, y ella ha de ser un poco más alta y tiene ojos verdes, no negros. No aparentas más de diecisiete, mi Rebecca tiene veinte... ¿O era veintidós? Sí, me recuerdas a mi Rebecca, pero ya hace mucho que no la veo. Ya no me acuerdo. Frunció los labios y permaneció unos segundos mirando el techo, intentando recordar algo, quizá. —Eso es horrible —digo sin interés alguno. No soy del tipo conversador, por lo general dejo que las personas hablen sobre sí mismas hasta que se aburren y finalmente se van. — ¿Y qué hay de tu mamá? —cuestionó acariciando al felino, quien se frotó contra su pecho y se acomodó para dormir. Por un minuto sentí envidia del pequeño animal. Incluso él tenía un hogar, una cama caliente y si no era su cama, los brazos llenos de amor de la anciana. Algo que yo no tuve ni tendré jamás. —Ella... —mi boca se sintió seca al peso de sus palabras, pero aún así me las arreglé para hablar, después de todo esa era una idea que ya debe de grabarse en mi chip mental—. Murió. —Oh, que mal. Estoy segura de que era una excelente madre. Descuida, ella estará cuidándote desde el cielo —me alienta. Si tan sólo supiera. Intento recordar a mi madre en alguna etapa donde no fuesen sólo gritos, insultos y golpes pero no logro ver nada. Tal vez debió de haber algún momento bueno de su existencia en el que yo hubiese formado parte. Pero no encuentro nada en mi cabeza. Quizás no hubo ninguno. —Sí, seguro. —Bueno, será mejor que me marche ya. Ellos no van a ayudarme —la veo suspirar para luego colocarse de pie con su gato en brazos—. Me encantó conocerte, ha sido todo un placer Romina, y recuerda, tu mamá te amaba. Y que ella no quiso dejarte, sólo que debió partir. Hasta luego, linda. No me dio tiempo a decir nada y girando sobre sus talones avanzó rumbo a la entrada para desaparecer a través de ella sin mirar atrás. Mi madre me amaba, sí, claro. Me quedo mirando esperanzada la puerta por la cual desapareció la anciana cuando un cuerpo alargado y familiar cruza el umbral. Adrien. Lo observé buscar en todas direcciones con desespero hasta que finalmente sus hermosos ojos reparan en mí. Siento que el aire abandona mis pulmones y si no es porque aún estoy en la silla, seguramente ya me hubiese desplomado. Él luce confundido y sus ojos se entornan un segundo, no pareciendo muy seguro de si realmente soy yo. Cuando comienza a precipitarse en mi dirección contemplo como una exaltada, despeinada y preocupada Tada entra detrás de él. Se mueve con dificultad intentando recuperar el aliento y el pecho sube y baja. Seguro viene corriendo desde algún lugar. —Demonios Ad, ¿tanto te costaba esperar? —se queja doblándose sobre su estómago antes de percatarse de mi presencia y echar a correr en mi dirección una vez más. Cuando ambos están frente a mí no sé cómo reaccionar. Estoy entre la alegría y el llanto. Ellos están aquí. Vinieron porque yo los llamé, yo les pedí ayuda. Y aquí están. No moví un sólo músculo aún cuando ambos se arrodillaron frente a mí. Impávida, sin formular palabra, estática como una estatua me cuestioné una y otra vez si de verdad eran ellos. Si no estaba soñando, o si no era un juego despiadado de mi imaginación. Adrien y Tada compartieron un mirada preocupada. —Rom... —Tadaline tomó mi mano fría para luego apretarla con fuerza. No la imaginaba. Sus dedos son cálidos y suaves. Sin embargo, sigo sintiendo como si un balde de agua helada hubiese caído sobre mí. Tada despegó sus rodillas del suelo para tomar asiento a mi lado y poder envolverme en sus brazos, Adrien tomó mi mano derecha y se la llevó a los labios para dejar un beso delicado en mis nudillos. Y en ese preciso momento exploté, las cuerdas que conformaban mi ser se rompieron finalmente. Hasta aquí me llegaba la lucidez que tanto me costo infundirme. Mis lágrimas fueron de un río a un torrente, me aferré a los brazos de Tada y me heché a llorar como un bebé. —Ella... Estaba flotando en la bañera de su... Estaba muerta —mi voz desesperada entre sollozos se abrió paso en mi boca. —Shh —la chica a mi lado masajeó mi hombro—. Tranquila, estamos aquí. No estás sola, Rom. Y con esas palabras me solté a llorar con más fuerza. Adrien no soltó mi mano y sus lindos ojos seguían mirándome con preocupación. —Romina —pidió. Me volví a mirarlo sólo un segundo. Las lágrimas me dificultaban la acción. —Gracias por estar aquí —mi voz es un murmullo lastimero y roto—. Gracias, yo no sé... —No te dejaríamos sola —repuso Adrien con dulzura—. Descuida. Asentí y con las palmas de mis manos removí la humedad en mis mejillas. —Te sacaremos de aquí. Tía Esme vino con nosotros. Ella va a ayudarnos. Estarás bien —asentí y mi amiga se levantó de su lugar para apresurarse a recepción. —Perdón por ser un problema, yo... —No eres ningún problema —me interrumpió Adrien toscamente, se colocó sobre sus pies y justo cuando creí que se marcharía y me dejaría como muchas personas a mi alrededor, se tumbó en la silla a mi lado y en un movimiento ágil me envolvió en sus brazos. Hundí mi cabeza en su pecho y me hice un ovillo en sus brazos. Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas pero no volví a llorar. —No tienes que volver a tu casa si no quieres —susurró su voz. —No tengo opciones. —Las tienes —declaró—. No te dejaremos a la deriva. ¿Tienes algún familiar cercano? —No —dije con tristeza—. Solíamos ser sólo la abuela Sara, mis padres y yo. Pero luego de su muerte mis padres decidieron mudarse aquí... Mi padre nos abandonó después de haber llegado aquí. No tengo a nadie más. —Te quedarás conmigo —resolvió sin más. Con dificultad salí de mi escondite. Sus ojos me perforaron. —No puedo... —Quedarte sola. Eso es lo que no puedes —espetó calmado. El chico de ojos magnéticos se mostraba dulce frente a mí. Era como si la idea de dejarme sola hiriese alguna parte de él. —Adrien, yo... —Soy mayor de edad —soltó con desespero—, igual Tadaline, bueno, pronto. No tiene que ser conmigo. Puedes quedarte con ella, sólo... no te quedes sola. Su preocupación me enterneció. —Adrien... —Un hombre quiere hablar con nosotros, Ad —me interrumpió la voz de Tadaline. Detrás de ella venía una mujer alta y esbelta con el cabello castaño. Llevaba anteojos y un vestido abotonado—. Tú también debes venir, Romina —me interrumpió y girando sobre sus talones comenzó a alejarse cuando la mujer del vestido de aclaró la garganta y la llamó con sus dedos. —Ella es Esme. Necesitábamos un adulto responsable, por eso ella está aquí. —No puedo hundir a nadie más en mis problemas —empecé a quejarme pero me interrumpió el roce de sus manos acunando mis mejillas. —Ella está encantada de ayudar. Descuida —besó mi frente brevemente—. Vamos. Entrelazó nuestros dedos y tiró de mi. Debíamos volver con el oficial. Había papeles que llenar. Si no encontraban a papá yo debía encontrar una solución para los restos de mi madre. Una tumba por ejemplo.
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