V A la mañana siguiente el inspector Zamagni y Marco Finocchi abandonaron pronto la comisaría para ir a la periferia a un depósito de la policía. Cuando llegaron estaba esperándoles el vigilante, un hombre de unos sesenta años que trabajaba en aquel lugar desde hacía ya más de un decenio y que había visto pasar delante de sus ojos los más diversos objetos embargados en el curso de las investigaciones, accidentes y otras ocasiones en las que los agentes de policía creían era necesario incautar algo. –Buenos días, inspector –dijo el hombre. Zamagni y Finocchi lo saludaron a su vez, luego fueron acompañados al interior del local. Se trataba de un almacén de grandes dimensiones, esencial en lo que podía ser definido como mobiliario. –Por aquí. El vigilante los guió entre coches accident

