Lloré toda la noche, incapaz de creer que Franco hablaría así de mí. Ahora me doy cuenta de que solo finge conmigo.En realidad, no me dice lo que piensa de mí. Es un maldito falso que no quiero volver a ver.
Al enfrentarme al espejo, las ojeras marcadas debajo de mis ojos reflejaban una noche de lágrimas y desvelo. Con determinación, tomé mis herramientas de maquillaje, intentando ocultar la tristeza que se reflejaba en mi rostro. Cada trazo de corrector y cada pincelada de base buscaban disimular las huellas del dolor que llevaba conmigo.
Después de cubrir las marcas de la noche, me coloqué el uniforme con una mezcla de resignación y fuerza interior. Ajusté cada detalle, tratando de presentar una fachada de normalidad ante el desafío que significaba enfrentar el día. Finalmente, descendí hacia el desayuno, llevando en mi apariencia la máscara que esperaba mantener durante el día.
— No quiero que vuelvas a salir sin avisarme.— Me regaña mi madre
— No.— Negué con la cabeza
Mi celular vibro como toda la noche porqué me marché de la fiesta sin avisarle a Franco.
— Lucía, vibra tu celular.— Anuncia mamá
— Déjalo, es solo Franco. — Tomé café.
— ¿Están peleados?— Pregunta con curiosidad
— No, adiós, ya me voy.
— Espera, ¿crees que no sé lo que pasa?
— ¿De qué hablas?— Inqueri
— Te conozco perfectamente. No quiero que sufras, Franco no es para ti.
— Él solo es... — se corta mi voz. No sé lo que es. Pensé que éramos amigos. Pero los amigos no hablan mal de sus amigos, al menos yo no soy así.
— Solo escucha, es casi mi sobrino y lo quiero, pero tú eres mi hija. Él no toma a ninguna chica en serio.
— Lo sé, mamá. Yo también conozco a Franco, no te preocupes por mí.
— Solo no te enamores, solo sufrirás.
— Claro que no, solo me gusta, ya se me pasará.
"Si supieras que ya es muy tarde."
Aunque la bofetada de mamá resonó en mi mejilla, extrañamente, no albergué enojo hacia ella. En cambio, una tristeza abrumadora se apoderó de mí, eclipsando cualquier rastro de irritación. Mis emociones estaban tan entrelazadas que no tenía energías para entablar una discusión.
Salí de mi casa con pasos pesados, llevando conmigo el eco de la confrontación. Mientras me encaminaba hacia la escuela, mi mente estaba sumida en un silencio cargado de pesar. La monotonía del día se veía interrumpida cuando alguien, en un acto inesperado, interceptó mi ruta, apresando mi brazo con firmeza.
— ¿Qué haces acá? — Pregunté con voz firme.
— ¿Por qué no me contestaste en toda la noche?
— Me quedé sin batería.
— No sabes mentir. ¿Por qué te fuiste así anoche?
— Te vi ocupado con tu nueva amiguita, me tengo que ir a la escuela.
— Te llevo — señaló su auto.
— No, prefiero caminar.
— Te estás comportando como una niña.
— Soy una niña de mami, ¿por qué no vas a buscar una mujer?
— ¿Me escuchaste?— Pregunta serio
— Sí, eres de lo peor.
— Perdón, solo lo dije para calmar a Vanesa. Ella cree la tontería de que tú y yo tenemos algo.
— ¿Es tu novia?, se besaron.
— Yo no tengo novias, fue solo un beso y nada más — Afirma — Lu sabes que no me interesan las relaciones.
— No me vuelvas a buscar, no quiero que seamos amigos.— Pronuncie molesta
— ¿Por una tontería? — escucho su voz a lo lejos.
Me siento mal por tratar así a Franco, después de todo, tiene derecho a estar con quien quiera, pero me duele y prefiero alejarme. Además, me lastimó que hablara de esa forma de mí.
Los días pasaron rápidamente, y me desperté nerviosa; hoy es la primera audición de una importante obra de teatro. Me preparé meticulosamente; es la primera vez que me animo a actuar frente a alguien más.
En mi esfuerzo, guardé todo en secreto de mi madre. Solo Miranda y Marcela eran las confidentes de mis sueños teatrales, compartiendo mi emoción y ansiedad por este paso importante.
Suena mi celular, es Miranda.
— Tranquila, Lu, relájate y haz lo que te gusta.
— Ojalá fuera tan fácil. Todos estarán mirándome, y si me equivoco...
— Eres la primera actriz tímida que conozco — se burla.
— Lo sé, es una locura. Mejor no iré.
— No digas tonterías. Esto es lo que te gusta. Te sabes los diálogos al derecho y al revés. Te has preparado mucho. Es hora. Te veo allá. — corta.
Me preparé con nerviosismo y bajé a desayunar.
— ¿Te pasa algo? Te noto nerviosa.
— Tengo un examen.
Odiaba mentirte, pero nunca me apoyarías, y si fracaso, no quiero escuchar un "te lo dije".
— Suerte, mi amor — dice papá.
Creo que sospecha, me conoce mejor que yo misma.
— Gracias, papá. Nos vemos.
Llego al teatro estoy más nerviosa de lo que suponía, todo mi cuerpo tiembla.
Tal vez fue un error venir yo Lucía Mendoza una actriz es una locura.
Mamá tiene razón debo poner los pies en la tierra.
— es hora— me dice Miranda
— estoy tan nerviosa me vienen a la mente los problemas con Franco y mamá
— Tú tranquila concéntrate y lo harás excelente
— la siguiente— grita un hombre
— tu turno lu
Subí al escenario con la tensión palpable en el ambiente; tres rostros serios me observaban detenidamente, incrementando mis nervios hasta el punto de sentir que podría desmayarme en cualquier momento.
— Adelante, niña —pronunció el más grave de ellos.
Cerré los ojos, transportándome mentalmente a la familiaridad de mi habitación o al reflejo en el espejo durante el último ensayo. Vacíe mi mente y me sumergí en la interpretación, infundiendo cada línea con la máxima emoción, procurando evitar cualquier atisbo de sobreactuación.
—Es suficiente—afirmó el mismo hombre serio.
Atónita pregunté—¿Entonces?
—Nosotros te llamamos —respondió.
Descendí del escenario, donde Miranda me brindó una sonrisa alentadora.
—¿Y qué piensas?—indague
—Lo hiciste perfecto, y ¿cómo te sentiste?— preguntó con interés.
—Si fracasó, no me importa. Siento que este es mi lugar en el mundo—confesé con convicción.
—Eso es lo importante— afirmó Miranda, reforzando mi confianza en el camino que había elegido.
Estuvimos toda la tarde en el centro comercial. Yo me compré un vestido verde, y ella adquirió muchas prendas: vestidos, faldas y una cartera que combinaba perfectamente.
— Todo está precioso.
— Sí, me encantan. Salimos esta noche; hay que celebrar que conociste el escenario.
— Sí, me parece estupenda la idea. Así estrenamos la ropa.
— Sí, claro. —Bajé del auto y entré a mi casa.
Mi madre estaba ordenando unas compras.
— ¿Cómo te fue en el examen?
— ¿Qué examen?.. Bien, espero. Hoy es viernes, y necesito relajarme por lo del examen, así que saldré con Miranda.
— Está bien. Mientras no repruebes ninguna materia, puedes salir. Solo te pido que seas responsable.
— Sí, y lo soy, mamá. Me voy a arreglar.
En la noche, meticulosamente me enfundé en mi vestido nuevo, mientras Miranda habilidosamente delineaba mi rostro con maquillaje antes de dirigirnos al bar. Al llegar, nos envolvió un ambiente animado, con luces danzantes y música vibrante, despertando mi aprecio por salir.
Bailamos un par de canciones, pero mi torpeza en los pasos me hizo sentir como un pollito mojado. Afortunadamente, Miranda decidió acompañarme en la pista en lugar de cortejar a algún chico.
— Mira quién está ahí — señaló Miranda.
Me volví y noté la presencia de Franco. — Sí, ya lo vi.
— Viene hacia aquí.
La indecisión me embargó, ¿debería irme corriendo? Antes de que pudiera decidir, lo tuve frente a mí.Franco lucia apuesto, pero sus ojos revelaban una tristeza palpable.
— Hola, chicas. ¿Podemos hablar, Lu?
— iré por un trago — se excusó Miranda, retirándose.
Franco tomó mi mano. — Vamos a otro lugar; aquí hay mucho ruido.
Asentí
Salimos fuera, adentrándonos en la terraza para disfrutar de la frescura nocturna y poder charlar sin la invasión del molesto sonido de la música. En ese espacio, iluminado por la tenue luz de las lámparas colgantes, Franco dejó escapar un suspiro que resonó en el tranquilo ambiente, revelando una mezcla de emociones que flotaban en el aire entre nosotros.
— Eres muy importante para mí. No quiero que sigamos distanciados por una estupidez. Ya te pedí perdón.
Asimilé sus palabras por unos segundos y respondí — También te quiero, pero las cosas son diferentes a cuando éramos niños.
— Lo sé, pero podemos intentarlo. No quiero perderte; ni siquiera sé qué te ocurre. No es para tanto.
— No eres tú, soy yo. El problema soy yo. Perdón, pero no puedo seguir siendo tu amiga.
— ¿Por qué?
— Porque no quiero. — Me dirijo a la puerta del bar
Él me agarra de la cintura. — No te iras hasta que me digas qué te pasa.
— ¿Me dejarás en paz si te digo?
— Sí. — Asiente.
En ese momento, no pensé. No puedo culpar al alcohol porque no tomé más de un par de copas.
— Me ocurre esto.
Mis labios se fundieron con los suyos en un beso lento y cauteloso. Incierta de si lo estaba ejecutando adecuadamente, noté que él no correspondía, sus labios no se movían en respuesta y sus ojos permanecían abiertos como si estuviera en estado de shock. Se apartó lentamente, creando un espacio entre nosotros que se llenó con la incómoda sensación de la falta de reciprocidad.
— Lucía, yo...
Es lo último que escucho antes de salir corriendo como una demente. Nada de lo que hice esta noche parece propio de una persona cuerda. La única idea que se repite en mi mente es: "Lo arruiné todo". Cada paso que doy alejándome, la sensación de haber dejado un desastre detrás de mí se intensifica, y la palabra "cuerda" parece alejarse más y más de mi realidad en este momento.