Miranda observa preocupada.
— ¿No te levantarás en todo el día, Lu?— Pregunta Miranda.
— Quiero desaparecer de la faz de la tierra.
— No exageres.
— Arruiné mi amistad con Franco, no sé qué me pasó.
— Pero, ¿qué te dijo? — Me pregunta Miranda, curiosa.
— No sé, no le permití hablar y salí corriendo.
— Tan típico de ti.
— Sí, lo sé.
No es la primera vez que recurro a la opción de la fuga. Recuerdo claramente aquella vez en la que me aventuré a invitar a salir a un chico. La anticipación se apoderó de mí, y sin darle tiempo a responder, me lancé a correr, con el rubor pintando mis mejillas y la emoción latiendo desbocada en mi pecho. Fue una escapada impulsiva, alimentada por la mezcla de nervios y expectativas que flotaban en el aire, dejando tras de mí una estela de incertidumbre y risas nerviosas.
— Nunca creí que te atreverias a besarlo. — Expresa Miranda
— Ni yo, creo que seguía en papel — bromee.
— y volviste en sí en el peor momento.
— ¿Y si le digo que estudio actuación y estaba practicando? ¿Eso arreglaría este desastre?
— ¿Qué planean para hoy, chicas? — Pregunta papá entrando en mi habitación.
— Por ahora, nada.
— Recuerda que hoy cenamos con tu tía Marina.
No puede ser ¿por qué el mundo conspira en mi contra?
— De hecho, acabo de acordarme que hoy tenía que...
Él me fulmina con la mirada.
— Lucía hace mucho tiempo no la visitamos. Siempre me pregunta por ti.
Con renuencia, me dispuse a arreglarme para la noche. Dejé mi cabello suelto y me enfundé en un jean azul junto con una blusa negra corta. Cada elección de vestuario parecía cargar con la esperanza de no llamar demasiado la atención.
Mientras nos acercábamos a la casa, rezaba internamente para que Franco no estuviera presente o que, en el mejor de los casos, hubiera desarrollado amnesia selectiva para olvidar mi bochornosa escapada.
Al entrar, fuimos recibidos con un cálido saludo.Mi tía, una mujer independiente y de notable belleza, nos recibió. Sus ojos grises contrastaban con su piel blanca, y estaba excepcionalmente bien conservada para su edad. La velada prometía ser interesante, pero la incertidumbre sobre el encuentro con Franco persistía en mi mente.
— Extrañaba tus visitas, Lu.—pronuncia ella con sinceridad.
Mi tía, socia de papá en su empresa, es una mujer independiente que emergió sola después de su divorcio. Ha centrado su vida en sus hijos y negocios, una figura que admiro profundamente. Es mi tía favorita, una apoyo que siempre está presente, incluso más que mi propia madre.
— Sí, he estado ocupada con la escuela.
— Hola, Lucía, subamos a mi cuarto. Quiero enseñarte algo. — Propone Marcela.
Marcela, la única hermana de Franco, tiene quince años, y somos muy amigas. Siempre anhelé tener hermanos, y con ella, no me siento tan sola.
— Bueno, subamos.
— suban, la cena estará en unos minutos — Anuncia Marina
Con pasos sigilosos, subimos a su cuarto, y un suspiro de alivio escapa de mis labios al constatar que Franco no está en casa. La atmósfera se torna más relajada, y la tensión que llevaba en los hombros parece disolverse en la seguridad momentánea de no encontrarme con él en este espacio. El cuarto de Marcela se convierte en un refugio temporal donde la incertidumbre sobre el encuentro con Franco queda suspendida, al menos por ahora.
— ¿Y cómo te fue en el teatro? Cuéntame todo.
— Sabes que es un secreto.
— Lo sé, prima.
— Al principio, me puse muy nerviosa, pero luego me dejé llevar. Pronuncie los diálogos, transmití las emociones del personaje. Fue hermoso. Me sentía otra persona. Me encantó.
— Me encantaría verte actuar. Cuando jugábamos de niñas, lo hacías genial. ¿Y qué te dijeron?
— Que ellos me llamarían. Eran muy fríos que no sé si me escogieron.
— Seguramente sí.
— No le mencionaste nada a Franco, ¿verdad?— pregunté
— Claro que no, pero mi hermano y tú son mejores amigos. ¿Por qué no quieres que se entere?
— No. Se lo diré en el momento adecuado. Solo lo saben Miranda y tú. — Cambió de tema. — Cuéntame cómo vas en la escuela.
— Podría irme mejor...
— Chicas, la cena está lista. — Se escucha la voz de mi tía.
Nos sentamos alrededor de la mesa, cada uno ocupando su respectivo lugar, y nos preparamos para disfrutar de una deliciosa cena de lasaña. El aroma tentador llena el espacio, mezclándose con el murmullo de conversaciones animadas y la calidez que emana de la luz de la lámpara sobre la mesa. Los platos, cuidadosamente dispuestos, esperan ser llenados con porciones generosas de lasaña, creando un ambiente acogedor que invita a compartir y disfrutar de este momento familiar.
— ¿Y cómo te está yendo en la escuela, Lucía? — Me pregunta mi tía.
— Bien, tía. En unos meses terminaré.
— Bien. Y ¿sabes qué estudiarás?
— Sí, yo... — Marcela me sonríe, animándome.
— Estudiara administración de empresas. — Responde mamá por mí.
"Qué complicada es mi vida".
— Y Franco, ¿cómo va todo con el? — Pregunta papá cambiando de tema.
Casi como si hubiera respondido a un llamado invisible, Franco hace su entrada en el comedor, capturando la atención de todos. La tensión en el aire se intensifica, y mi deseo momentáneo de desaparecer se intensifica. Una mezcla de nervios y ansiedad se apodera de mí, y en mi mente, imploro internamente: "Tierra, trágame y escúpeme en una isla desierta, por favor". Mi mirada evita la suya, mientras la incomodidad se cierne sobre la mesa, formando un velo sutil pero palpable que amenaza con cambiar el tono de la velada.
— Perdón por la demora. Buenas noches, tíos y Lu.— se disculpa él
Marina, con gesto práctico, instruye que preparen otro plato para Franco, quien se une a la cena con la naturalidad que falta en mi pulso acelerado. Observo cómo toma asiento justo enfrente de mí, y una corriente de nervios se desliza por mi espina dorsal.
Nuestros ojos se encuentran, pero rápidamente desvío la mirada, sintiendo el rubor tiñendo mis mejillas. Aún persiste el recuerdo del beso compartido, un instante incómodo que se aferra a mi memoria como el peor beso de mi vida y, sin duda, el más vergonzoso. La incomodidad se vuelve palpable, y la conversación en la mesa se desliza en un silencio momentáneo que parece amplificar mi turbulencia interna.
— ¿Cuando iniciaras las clases , Franco? — Pregunta papá.
— iniciaré en el segundo cuatrimestre, así que trabajaré con mamá en mis tiempos libres.— responde él
— Qué bueno. Marina, debes estar feliz de que tu hijo siga tus pasos. — Mamá comenta mientras me fulmina con la mirada.
En un gesto involuntario, me encogí en hombros, como si buscara refugiarme en mi propia piel ante la sensación de haberla decepcionado. La historia de mi vida parece tejida con intentos constantes de complacerla, obedeciendo en cada detalle, pero el peso persistente de sentir que nunca es suficiente se cierne sobre mí. La sombra de la decepción se insinúa en mi mente, creando un eco persistente que se mezcla con la necesidad constante de cumplir con expectativas que a veces se sienten inalcanzables.
— Claro, Franco es mi orgullo.
— Igual que Lu, el mío escoja lo que escoja — Pronuncia papá.
Con él es lo opuesto; siento su cariño todo el tiempo. Él me transmite confianza y amor, me anima a esforzarme en lo que me gusta y a ser mejor.
Después de cenar, los adultos se fueron a conversar al living. Marcela estaba devorando helado, y yo jugaba con la cuchara.
— Vamos a seguir charlando — me propone.
— Sí, vamos — me levanto rápidamente.
— Antes necesito hablar contigo, Lucía.— Anuncia Franco
— Estoy ocupada.
Siento cómo su mano se aferra a mi brazo con firmeza, tirando suavemente en dirección al jardín. Un gesto que transmite una urgencia serena. Mientras tanto, Marcela, ajena a la situación, se despide con naturalidad subiendo las escaleras, dejándonos a solos para la conversación que se avecina.
Franco me guía con paso decidido hacia el jardín. La penumbra de la noche envuelve el entorno, acentuando la tranquilidad que se respira en el exterior de la casa. El susurro de las hojas en el viento y el murmullo lejano de la ciudad proporcionan un telón de fondo casi melancólico para este encuentro que se anticipa lleno de tensiones no dichas.
— Creí que no vendrías. — Pronuncia él, mirándome con frialdad.
— Yo también, pero mamá insistió. Sobre lo de anoche, fue un error.
— ¿Fue un error besarme? — Me lanza una mirada seria.
Eso me puso más nerviosa de lo que estoy. — Si no, bueno, yo...
— Sé clara, Lucía. ¿Estás enamorada de mí? — Me pregunta directamente.
Sus palabras resonaron en el aire, y en ese instante, sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, erizando la piel y haciéndome temblar imperceptiblemente. La intensidad del rubor que se apoderó de mis mejillas revelaba la turbulencia de emociones que me invadían. Era como si sus palabras hubieran tocado una fibra sensible, desencadenando una reacción física que no podía controlar. El encuentro de nuestras miradas en ese momento se volvió más intenso, como si las palabras no dichas bailaran en el aire cargado de tensión entre nosotros.
— Era una apuesta. Ya sabes cómo es Miranda.
— Ajá. — Ríe.
— De verdad.
— ¿Y qué apostaron? Al menos ganaste.
— Sí, gané dinero. 200 dólares.
— Te daré 1000 por otro beso.
Siento su agarre firme en mi cintura, un gesto que parece desafiar la seriedad de la conversación con un tono burlón. La propuesta de mil pesos por otro beso resuena en el aire, cargada de ironía y desafío. Mis ojos reflejan la incredulidad ante la situación, y sin pensarlo, lo empujo, buscando distanciarme de la presión que se intensifica.
— ¿Qué haces? — Mi voz lleva un toque de indignación.
Franco no se amilana y levanta mi mentón con suavidad, obligándome a encontrarme con su mirada penetrante. El roce de sus dedos acariciando mi mejilla añade un matiz de intimidad, pero mi determinación se mantiene.
— ¿Estás enamorada de mí, sí o no? — Su pregunta es directa, y la intensidad de sus ojos exige una respuesta clara.
— Eso no importa. — Me encogí en hombros, tratando de desviar la atención.
— Claro que sí. A mí me importa. — Su caricia persiste, sumando una capa más a la confusión.
— Somos amigos, y no quiero arruinarlo.
— No te entiendo entonces, ¿por qué me besaste?
— Lo podemos olvidar, por favor. — Le supliqué, buscando una salida a esta situación incómoda.
— Todavía no me respondiste.
— Franco, no tiene sentido. Sé que solo me ves como tu mejor amiga, tu casi prima.
— Solo yo sé lo que siento. — Su respuesta queda suspendida en el aire, dejando un halo de misterio y complicidad entre nosotros.
Tras pronunciar esas palabras, Franco toma mi rostro entre sus manos, uniéndome a él con un beso que comienza suavemente. Sus labios, cálidos y dulces, exploran los míos con cuidado y lentitud, cada movimiento calculado para saborear cada instante. A pesar de la delicadeza de su gesto, me encuentro en un estado de shock, sin corresponder ni siquiera cerrar los ojos. La experiencia es una amalgama de sensaciones, desde la suavidad de sus labios hasta la confusión que se agita en mi interior.
— ¿Y eso qué fue? — Pregunté.
— Un beso, tomatito. — Se burla. — Ahora debo irme corriendo.
— Qué gracioso. Bien, ya te burlaste. Ahora me iré.
— No te enojes, Lu. Nunca me burlaría de ti.
Me vuelve a besar, y esta vez le correspondo. Los movimientos de nuestros labios están en sincronía, y subo mis manos a su cabello aumentando la intensidad del beso. Me siento en una nube. Lo amo desde que soy una niña, y nunca amaré a nadie más. Un suspiro escapa de mis labios antes de decirle todo lo que estoy pensando; debo ser honesta con él y conmigo misma.
— Antes que nada, quiero que escuches lo que tengo que decirte. — Anuncie
— Está bien, habla.
— Quiero decirte que estoy enamorada de ti, hace años, creo que desde siempre. Pero si no sientes lo mismo, está bien, no morire. No quiero que estés conmigo por nuestra amistad, ni para no lastimarme.
Podría soportar su desamor, pero su lástima me mataría. ¿Qué vería un chico como él en mí? Mis inseguridades no me permiten pensar que está enamorado de mí.
— ¿Terminaste?— Inquiere
— Sí. — Asiento.
— Siempre me has gustado, y si no te pedí que seas mi novia es porque sabía que pronto tendría que vivir con papá y odio las relaciones a distancia.
— Pero y todas esas chicas con las que salías.
Acomoda mi cabello. — Esas chicas nunca me han importado, Lu. Contigo todo es diferente.
— Me parece un sueño.
— Yo te despertaré, mi princesa. — Une sus labios a los míos y comienza a besarme. Yo le correspondo por unos segundos.
— ¿Estás seguro? Conmigo deberás tener toda la paciencia del mundo. Sabes que nunca tuve novio.
— Lo sé, amor. Créeme que estoy seguro de lo que estoy haciendo.
No puedo creerlo. Me llamó "amor". Franco ya es mi novio. Me quiere como yo a él. Me siento en un sueño, y no quiero despertar.