bc

Amigos con derechos.+18

book_age18+
5.4K
FOLLOW
40.9K
READ
dominant
submissive
badboy
badgirl
bxg
kicking
city
friends with benefits
actor
model
like
intro-logo
Blurb

"Solo sexo. Sin promesas, sin compromiso."

Esa fue la regla de oro que Nathaly Fuanova y Liam Castillo grabaron a fuego en su relación. Para el resto del mundo, él es el rostro de la perfección y ella, la inocencia que nadie sospecha que oculta a una mujer audaz y sin ataduras. Para ellos, el mundo termina donde empieza el otro.

Sin embargo, cuando la realidad externa amenaza con invadir su santuario a través de terceros, el pacto se convierte en su peor enemigo. El deseo, antes contenido, se desborda en una espiral de celos y reclamos. Tras una discusión que los lleva al límite de la ruptura, la "caja de Pandora" que es Nathaly y la arrogante seguridad de Liam colapsan. Ahora, enfrentados al vacío de la ausencia, tendrán que descubrir si su conexión es capaz de sobrevivir al orgullo o si el incendio que ellos mismos provocaron terminará consumiéndolo todo.

chap-preview
Free preview
Capitulo 1. Las cicatrices del amor.
Capítulo 1. Las cicatrices del amor. ¿El amor? ¿Decir «te amo»? Para mí, el concepto del amor está profundamente sobrevaluado. Se ha convertido en una palabra tan ligera en la boca de la gente, cuando en realidad posee una carga demasiado fuerte y significativa como para pronunciarla sin sopesar su peso. Es evidente que la mayoría confunde la simple atracción física, el deseo pasajero o la costumbre de la convivencia con un sentimiento puro. Quizás algunos afortunados sí lo experimenten de verdad, pero no es una frase que deba regalársele a cualquiera si no nace del centro mismo del pecho. Amar implica entregarlo todo; decirlo sin estar dispuesto a arriesgarlo todo no vale la pena. El amor va mucho más allá del sexo o de una silueta atractiva. Es encontrar esa mitad perfecta con la que, con una sola mirada, tu mundo entero encuentre calma; es sentir que el simple roce de su piel invada la tuya y te queme hasta lo más profundo del alma. ¿Quieres saber lo que realmente significa amar? Acompáñame y te contaré mi historia. Mi padre me enseñó un tipo de amor egoísta, posesivo, controlador, desconfiado y opresivo. Si eso es lo que el mundo llama amor, me prometí a mí misma no enamorarme jamás. Pero déjenme retroceder en el tiempo para contarles cómo comenzó todo: un excitante y peligroso juego naciente de una profunda amistad entre dos corazones heridos que juraron no volver a creer en el amor. —Por favor, ¡basta! No lo hagas más, papá... ¡No le pegues a mamá! —gritaba yo, desesperada, con la garganta desgarrada por el llanto. —¡Esta niña insolente! ¿Cómo se atreve a gritarme? —los gritos de mi padre retumbaban en las paredes de la casa. Mis gritos, lejos de calmarlo, lo alteraban a un punto insostenible. Lo vi girarse hacia mí con los ojos inyectados en ira. —Papá, por favor, te lo ruego... —repetía, intentando apelar a algún rincón de piedad en su interior. Ilusa de mí, pensaba que por ser su «niña adorada» se detendría, pero mi intervención no sirvió de nada. —¡Ayuda, ayuda por favor! ¡Suéltala, Marcus, suéltala! ¡Dios mío, no! —suplicaba mi madre desde el suelo. En ese instante sentí un terror tan paralizante que creí que moriría allí mismo. Mi padre me tomó fuertemente del cuello, me arrastró hasta el sofá y me colocó boca abajo para propinarme severos golpes mientras mi madre gritaba en una crisis de histeria. —¡Solo es una niña, por Dios, Marcus! Es tu hija, tu pequeña... —lloraba mi madre, completamente desconsolada. —Corre, mami... Escapa. Sálvate tú... —musitaba yo apenas sin aire. Esa era yo a los siete años, rogando por la vida de mi madre mientras mi hermano se quedaba a dormir en casa de su mejor amigo. Mi madre y yo enfrentábamos la habitual tempestad que se desataba cuando papá llegaba frustrado. Estaba enfermo; era incapaz de controlar su rabia y sus celos enfermizos. Cualquier gesto o palabra de mamá era sospechoso para él. Sabíamos perfectamente cómo terminaría la noche: con los tres acurrucados en el sofá mientras él nos pedía perdón entre lágrimas, repitiendo lo mucho que nos amaba. ¿Creen que eso era amor? ¿Podrían volver a confiar en alguien después de presenciar semejante dolor? Aquella noche, mi madre sacó fuerzas de donde no tenía y se arrojó sobre él, golpeándolo con todas sus fuerzas. Aproveché ese instante de distracción para liberarme y correr. Sin detenerme, atravesé la puerta y corrí por el bosque circundante, descalza, sintiendo el aire helado de la noche y las ramas rozándome la piel. No me detuve hasta llegar a la casa de Liam Castillo, el mejor amigo de mi hermano Nicolás. Liam estaba en su habitación jugando videojuegos, como era costumbre. Toqué a la puerta con manos temblorosas, presa del pánico. Cuando la puerta se abrió, apareció el niño más inocente y fuerte que había conocido jamás. Al verme, se quedó mudo al notar los golpes en mi rostro y las heridas en mis piernas. —Ayúdame, por favor... Papá... Él... Por favor —supliqué. Estaba tan agitada y asustada que las piernas me fallaron. —¡PAPÁ! —gritó Liam, sosteniéndome justo antes de que colapsara contra el suelo. El pánico, los nervios y el dolor de haber corrido descalza sobre la tierra fría me doblegaron. El padre de Liam apareció de inmediato en la entrada y, al ver la escena, su rostro se transformó en una expresión de profunda indignación. —Dios mío... Hijo, llama a la policía de inmediato. Entren a la casa —ordenó el señor Castillo con voz firme. Sin dudarlo, tomó un bate de béisbol y corrió en dirección a mi casa. Liam me sostuvo como pudo y me llevó hasta la sala de su casa, donde mi hermano Nicolás se encontraba. Al verme en ese estado, Nicolás rompió a llorar desconsoladamente. —¡Nathaly! ¡Nathaly! ¿Y mamá? ¿Dónde está mamá? —preguntaba al borde de un ataque de pánico. Liam mantenía la mirada fija en mí mientras marcaba el número de emergencias con manos firmes. La policía no tardó en llegar. Aquella noche fue un desorden absoluto: mi padre fue arrestado en el acto, mientras que mamá y yo pasamos horas bajo observación en el hospital. Mi hermano no dejó de llorar en ningún momento, consolado por su mejor amigo, mientras el señor Castillo daba las declaraciones correspondientes a los oficiales. A la mañana siguiente, Liam me trajo algo de comer al hospital, mientras su padre se encargaba de cuidar a mi madre. Fue un momento profundamente extraño y conmovedor para mí. Liam se acercó a la camilla, extendió su pequeña mano y acarició mis mejillas, aún inflamadas y rojas por los golpes. Me miró con una seriedad impropia de su edad. —¿Te duele mucho? —preguntó suavemente, sin desviarme la mirada. —Un poco... —respondí con la voz quebrada. Él se inclinó y me dio un beso tierno en cada una de las mejillas. —¿Ahora te duele? —dijo con una pequeña sonrisa. Para él, un beso tenía el poder de curar cualquier herida. Aunque era un gesto infantil, logró hacerme sonrojar y asentir en silencio, sacándole una sonrisa cálida que jamás olvidaría. A partir de ese evento trágico, el abuelo Víctor —el padre de mi madre— dejó su apacible vida en París y se mudó con nosotros para ayudarnos a reconstruir lo que quedaba de nuestra familia. Las cosas cambiaron drásticamente: nunca más volvimos a saber de mi padre y mi madre comenzó a recuperar poco a poco la sonrisa. Sin embargo, la calma se rompió de nuevo cuando mi abuelo falleció cuando yo tenía doce años. Tras su muerte, nuestras vidas se entrelazaron aún más con la familia Castillo, quienes nos acogieron como a parientes consanguíneos. Sin embargo, casi toda la atención se centraba en mi hermano, quien prácticamente vivía en casa de Liam. Yo, por mi parte, me refugié en mi propio mundo. El abuelo me había enseñado a andar en patineta antes de morir, y la tabla se convirtió en mi único desahogo dentro de una soledad que llevaba por dentro. Los fines de semana me sentía obligada a ir a la residencia Castillo para sus frecuentes reuniones en la piscina y picnics familiares. Todo se hacía con el único propósito de que Nicolás estuviera feliz y cómodo; parecía que mi bienestar personal a nadie le importaba. Esta rutina pesada se mantuvo durante años, hasta que una noticia desgarradora terminó por separar a la gran familia Castillo. El padre de Liam sorprendió a su esposa, Margot, en la cama con otro hombre. El divorcio posterior fue una verdadera prueba para todos. Liam cambió drásticamente: se volvió agresivo, buscaba peleas en la escuela y su padre, en un intento de alejarlo de la vergüenza y el dolor, decidió llevárselo a vivir a París un tiempo, con sus abuelos paternos. A pesar de la distancia geográfica, la amistad entre Nicolás y Liam permaneció intacta. Se llamaban constantemente, se escribían y se contaban absolutamente todo. En el fondo, yo anhelaba una lealtad así, hasta que conocí a Alexa: una chica rubia de rostro angelical. Aunque no llegamos a construir una complicidad tan estrecha como la de los chicos, nos llevábamos increíblemente bien. Alexa estaba profundamente enamorada de mi hermano, lo cual no sorprendía a nadie; a sus dieciséis años, Nicolás era uno de los chicos más atractivos y populares del instituto, mientras que yo era vista como el «bicho raro sabelotodo». Me llamaban así por los pasillos, pero me daba igual. La opinión de los demás nunca ha tenido poder sobre mí. Todo transcurría con relativa tranquilidad hasta que Liam regresó a la ciudad para el cumpleaños número diecisiete de mi hermano. Toda su familia volvió al país, y Liam trajo consigo a su hermano menor para reinstalarse definitivamente. Fue una celebración a lo grande para Nicolás. Por el contrario, en mi cumpleaños número dieciséis —nos llevamos apenas unos meses de diferencia—, no hubo gran fiesta; solo asistieron Alexa, mi madre y mi hermano. Aunque la indiferencia social no me afectaba, me alegraba ver a mi madre sonreír de nuevo, mientras yo me mantenía al margen del bullicio de la gente. El regreso de Liam se convirtió de inmediato en el único tema de conversación en la secundaria. Se transformó en el chico más codiciado y popular del colegio. En cuestión de semanas se convirtió en el capitán del equipo de fútbol americano, y su novia, Diana, en la capitana de las animadoras. Él y mi hermano eran el centro de atención; todos buscaban desesperadamente formar parte de su círculo. Todos, excepto yo. Mi único deseo era terminar la secundaria lo antes posible para marcharme. A pesar de mi desinterés por la jerarquía escolar, mi vida social no era desastrosa: tenía a mi gran amiga Alexa, a un incondicional amigo y a un novio músico, Joshua, el baterista de la banda escolar, quien me había pedido salir mientras estudiábamos juntos en la biblioteca. La pasaba bien. Aunque para mí el concepto del amor fuera inalcanzable, no me negaba a salir con chicos; me resultaba entretenido. La amarga experiencia con mi padre me dejó una marca profunda y me prometí no involucrarme emocionalmente para evitar sufrimientos desgarradores. No me tomaba en serio mi relación con Joshua; tenía planes muy claros para mi futuro y nada me haría desviarme de ellos... O al menos eso pensaba, hasta que el destino decidió mover sus fichas. Avanzaba a toda prisa sobre mi patineta por el centro de nuestra ciudad en Colorado. Es un pueblo pintoresco enclavado entre montañas majestuosas que, al llegar el invierno, se cubren de un blanco impecable que atrae a cientos de turistas. Me dirigía a mi lugar favorito en el mundo: un peñasco elevado desde donde se domina todo el valle. Al atardecer, la luz baña las casas y ofrece la vista más serena que pueda existir. Este sitio queda muy cerca de la residencia de Liam y era el lugar al que solía ir con mi abuelo antes de que dejara este mundo. Llevaba prisa porque me había retrasado bastante en la biblioteca. De pronto, los vi venir de frente por la misma acera: mi hermano, su novia y Liam. Ahí estaba Liam. Poseía unos deslumbrantes ojos azules, piel clara y una figura imponente y bien ejercitada de casi metro ochenta de estatura. Era, sin lugar a dudas, el chico más atractivo del instituto, dueño de una mirada tan intensa y misteriosa que lograba desarmar a cualquiera. Esa expresión seria y distante hacía que las chicas perdieran la calma a su paso. Para mí era casi imposible ignorarlo, considerando que pasaba la mitad de la semana en mi propia casa. Liam caminaba abrazando a su novia por los hombros. Ambos vestían las llamativas chaquetas universitarias con el bordado del equipo de fútbol que los acreditaba como la élite del colegio. Intenté pasar desapercibida y desviar la ruta, pero en un descuido mi mirada se cruzó directamente con la suya. En ese instante de distracción, un grupo de chicas salió repentinamente de un establecimiento, haciéndome perder el equilibrio sobre la tabla e impactar bruscamente contra el suelo. —¡Oye, quítate del medio! ¿Acaso estás ciega? —gritó con arrogancia una rubia de ojos castaños que casi tropieza conmigo. Sin responder una sola palabra, me levanté del pavimento recogiendo mi patineta y me escondí tras la pared de una edificación adyacente. Desde allí los observé alejarse. Iban riendo despreocupadamente de cualquier tema; ni siquiera se percataron de mi caída. Fue un alivio inmediato, pues Diana, la insoportable novia de Liam, siempre encontraba la manera perfecta de arruinarme el día si se le presentaba la oportunidad. —Jovencita, no pierda el tiempo ahí parada y camine hacia la sala en este preciso instante —ordenó con voz firme una mujer mayor, tomándome del brazo con una fuerza sorprendente y llevándome al interior del edificio. Me llevó hasta un amplio salón de espejos donde docenas de bailarinas de ballet ejecutaban movimientos con una elegancia hipnotizante. Quedé cautivada por la escena hasta que una instructora con postura rigurosa se interpuso en mi camino, exigiendo mis documentos. —Vamos, niña, no tengo todo el día. Y por favor, deja esa patineta en el almacén de la entrada. —Disculpe, pero es que yo no... —intenté explicar, totalmente desorientada. La mujer me interrumpió de golpe levantando una mano. —¿Quieres inscribirte en la academia o no? Si la respuesta es no, puedes marcharte ahora mismo. Si es sí, dame tu identificación y no me hagas perder el tiempo, porque el proceso de admisión cierra hoy. Piénsalo bien; si no tenías la intención de entrar, ¿para qué viniste hasta aquí? La instructora me sostuvo la mirada con severidad. Me quedé en silencio, incapaz de articular palabra alguna. ¿Qué era lo que estaba pasando? De repente, los recuerdos de mi infancia junto a mi abuelo inundaron mi mente con una claridad aplastante. Recordé el tesoro más preciado que guardaba en el corazón: mi abuelo poniéndome música clásica y enseñándome los pasos básicos de ballet en la sala de la casa, mientras mi madre pasaba el día con los Castillo. «Mi pequeña bailarina», me llamaba él con inmensa ternura. Y ahora, por un giro imprevisto del destino, me encontraba en el vestíbulo de la prestigiosa academia cultural del pueblo en su último día de inscripciones. Siempre había soñado con hacer algo artísticamente diferente, pero lo había guardado en lo más profundo de mí. Estar allí, de pie, teniendo la oportunidad servida ante mí para intentarlo, me parecía algo increíble. ¿Por qué no arriesgarme? Sin pensarlo dos veces, saqué mi identificación de la mochila y se la entregué a la mujer. Ella anotó rápidamente mis datos en un talonario oficial y me extendió una bolsa que contenía el vestuario reglamentario para la clase de prueba. —Ve al vestidor a cambiarte, entras en cinco minutos —sentenció antes de girarse hacia las demás alumnas. Sostuve la bolsa contra mi pecho. Parecía un sueño lejano, pero al ver a las bailarinas alinearse frente a los espejos, una chispa dormida en mi interior se encendió con fuerza. El destino tiene formas misteriosas de llevarnos a los lugares a los que realmente pertenecemos; solo depende de nosotros tener el valor de dar el paso o dejar ir la oportunidad. Como solía repetirme mi abuelo: «Las oportunidades verdaderas se presentan una sola vez en la vida, y las cosas siempre suceden por una razón». Así que me dije a mí misma: ¿por qué no intentarlo?

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

MI POBRE ESPOSO MILLONARIO

read
17.0K
bc

Domando al Amor

read
7.0K
bc

el amor lo cura todo

read
2.5K
bc

La esposa rechazada del ceo

read
225.1K
bc

Una niñera para los hijos del mafioso

read
62.1K
bc

Tras Mi Divorcio

read
578.8K
bc

DIVORCIADA: MI EX-MARIDO ME QUIERE DE VUELTA

read
6.9K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook