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Entre Rutina y Deseo

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Blurb

A los 28 años, ella creía haber encontrado el amor para toda la vida… pero después de diez años juntos, lo que alguna vez fue fuego ahora parece una llama tenue atrapada en la rutina. Él llega cansado, distante, ya no hay sorpresas ni miradas que quemen. Y mientras ella se pierde en historias donde el amor nunca pierde intensidad, su propia realidad se vuelve cada vez más silenciosa… y su deseo, más difícil de ignorar.

Aun así, lo ama demasiado como para rendirse. No quiere otro amor, quiere recuperar el suyo. Y está decidida a luchar por encender lo que parece apagarse…

¿Este amor sí podrá encender por completo o se va a extinguir?

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Capítulo 1: Donde todo comenzó
Victoria todavía recuerda el exacto instante en que vio a Sebastián por primera vez. No fue una escena de película, ni hubo música de fondo ni viento moviendo su cabello de forma perfecta. Fue algo mucho más simple… y, tal vez por eso, más real. Era una tarde tibia de otoño, de esas en las que el aire tiene un aroma a cambio, a algo que está por empezar. Victoria estaba sentada en una cafetería pequeña, con un libro abierto entre sus manos, completamente sumergida en una historia de amor que prometía finales intensos y eternos. Siempre había sido así: encontraba en los libros lo que muchas veces la realidad no lograba darle. Sebastián entró sin darse cuenta de que ese momento marcaría el inicio de algo que duraría años. Pidió un café, miró a su alrededor buscando una mesa libre y, como si el destino tuviera sentido del humor, la única silla disponible estaba frente a ella. —¿Está ocupado? —preguntó, señalando la silla. Victoria levantó la vista, ligeramente sorprendida, y negó con una pequeña sonrisa. —No. Ese fue el comienzo. Al principio, fue incómodo. Compartían el silencio, interrumpido solo por el sonido de las páginas y el tintinear de las tazas. Pero Sebastián era curioso, y Victoria… Victoria no era tan buena ignorando presencias. —¿Está bueno? —preguntó él, señalando el libro. Ella lo miró, dudó un segundo y luego asintió. —Sí… es una historia de amor. —¿De las que terminan bien o de las que te rompen el corazón? Victoria sonrió, esa sonrisa leve que apenas asoma. —De las que te hacen creer que el amor puede con todo. Sebastián apoyó el codo sobre la mesa, interesado. —Entonces quiero leerlo. Ella rió suavemente. —No creo que te guste. —¿Por qué? —Porque no es real. Él la miró unos segundos más de lo necesario. —A lo mejor no… pero podría serlo. Y algo en esa respuesta quedó flotando entre ellos. Desde ese día, empezaron a coincidir. Primero por casualidad… luego por elección. Cafés compartidos que se transformaban en largas conversaciones. Caminatas sin rumbo fijo. Mensajes a cualquier hora. Sebastián tenía una forma de hacerla sentir vista, escuchada… importante. Y Victoria, con su manera de sentir todo intensamente, empezó a abrirle un mundo que él nunca había explorado del todo. Con él, las cosas eran distintas. No había prisa, pero tampoco dudas. La primera vez que la besó fue una noche fresca, bajo la luz tenue de una farola. No hubo palabras previas, solo una mirada que lo dijo todo. Y cuando sus labios se encontraron, Victoria sintió algo que solo había leído en libros: esa mezcla de calma y vértigo, de hogar y tormenta. Ahí empezó la pasión. Era una pasión que no necesitaba escenarios perfectos. Se encontraba en lo cotidiano: en cómo él la miraba mientras hablaba, en cómo ella buscaba su mano sin darse cuenta. En los mensajes cargados de deseo, en las despedidas que siempre parecían demasiado cortas. Se deseaban. Y no solo físicamente. Se necesitaban cerca, se elegían todos los días. Los meses pasaron como si el tiempo tuviera otra velocidad cuando estaban juntos. Cada momento parecía importante, cada recuerdo digno de guardarse. Sebastián, que no era de grandes gestos, empezó a sorprenderla. Flores sin motivo. Notas escondidas. Besos robados en cualquier lugar. Victoria, por su parte, vivía cada instante como si fuera parte de una historia que no quería que terminara jamás. —Quiero que esto no cambie nunca —le dijo una noche, recostada sobre su pecho. —No va a cambiar —respondió él, seguro, besando su cabello. Y en ese momento, ambos lo creyeron. El amor creció. Se volvió más profundo, más sólido. Pasaron de ser dos personas que se encontraban… a dos que no podían imaginarse separadas. El día que Sebastián le propuso casamiento no fue perfecto, pero fue sincero. No hubo un restaurante lujoso ni un anillo escondido en una copa. Fue en su departamento, un domingo cualquiera, después de cocinar juntos y reírse por cosas sin sentido. —Quiero que seas mi para siempre —le dijo, con una mezcla de nervios y certeza. Victoria sintió que el mundo se detenía. Y dijo que sí. La boda fue sencilla, rodeados de familia y amigos. No necesitaban más. Se miraban como si el resto del mundo no existiera. Como si todo lo que importara estuviera ahí, en ese instante. El comienzo de su vida juntos fue… hermoso. Construyeron un hogar. Uno real. Con rutinas, sí, pero también con risas, abrazos, noches largas y mañanas compartidas. Aprendieron a convivir, a ceder, a acompañarse. Y la pasión… seguía ahí. Tal vez no era exactamente igual que al principio, pero seguía encendida. Se buscaban, se encontraban, se reconocían. Victoria creía haber logrado lo que siempre soñó: un amor que no se apagaba. El nacimiento de su hijo fue otro punto de inflexión. Fue un momento de amor puro, de esos que cambian todo. Cuando lo tuvo en brazos por primera vez, sintió que su corazón se expandía de una forma que nunca había experimentado. Sebastián también cambió. Se volvió más protector, más presente… pero también más cansado. Las noches sin dormir, las responsabilidades, el trabajo… todo empezó a pesar. Y aunque al principio lo enfrentaron juntos, con el tiempo algo empezó a moverse, casi imperceptible. Los días se volvieron más predecibles. Las conversaciones más cortas. Los silencios más largos. Victoria seguía amándolo. Eso nunca estuvo en duda. Pero empezó a notar pequeños cambios. Ya no había mensajes inesperados. Ya no había besos robados en cualquier momento. Ya no la miraba de la misma manera. O tal vez sí… pero ella ya no lo sentía igual. Sebastián llegaba cansado del trabajo. Se duchaba, cenaba, se sentaba un rato… y el sueño lo vencía. —Estoy agotado —decía. Y ella lo entendía. De verdad lo entendía. Pero entender no siempre era suficiente. Porque mientras él se apagaba lentamente en la rutina, dentro de ella algo opuesto estaba ocurriendo. Leía más que nunca. Se refugiaba en historias donde el amor seguía ardiendo sin importar los años, donde los protagonistas se deseaban como si fuera el primer día. Y cada página que pasaba… la dejaba con una sensación difícil de ignorar. Deseo. Un deseo acumulado, intenso, silencioso. Lo miraba dormir y sentía amor… pero también una distancia que no sabía cómo acortar. Lo deseaba. Pero ya no sabía cómo hacer que él la deseara igual. Intentó pequeñas cosas. Un perfume distinto. Una ropa que sabía que antes le encantaba. Un beso más lento, más intencional. A veces funcionaba. Otras veces… no. Y ahí, en esos pequeños rechazos invisibles, algo dentro de ella se apretaba. No lo culpaba. Pero tampoco podía ignorarlo. Porque Victoria no quería otro amor. No quería empezar de nuevo. No quería buscar en otro lo que ya había tenido con él. Quería recuperar lo que era suyo. Lo que habían construido. Lo que alguna vez fue fuego. Las noches empezaron a volverse más largas. Se acostaba a su lado, sintiendo su respiración tranquila, mientras su mente y su cuerpo parecían ir en direcciones opuestas. Lo amaba. Lo deseaba. Lo extrañaba… incluso teniéndolo al lado. Y fue en una de esas noches, mirando el techo en silencio, que una idea comenzó a tomar forma. No iba a rendirse. No iba a resignarse a una vida donde el amor se volviera costumbre. No iba a dejar que la rutina apagara lo que alguna vez los consumió. Si el fuego se estaba apagando… Ella iba a aprender a encenderlo otra vez. Porque esta no era solo una historia de amor. Era su historia. Y todavía no estaba lista para escribir su final. 💔✨

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