El acuerdo

2296 Words
Ocho meses antes Alysson Estábamos en la sala de visitas, las cinco a la vez. Él me miraba como si pudiera comerme viva, y justo eso me hacía dudar del plan que nos proponía para salir de la cárcel. Además de lo obvio: ¿Por qué un hombre como ese, que brotaba poder por todos lados, que se veía que podía conseguir lo que quisiera con solo chasquear los dedos se interesaría en cinco chicas desvalidas como nosotras que no teníamos nada que ofrecer, y pretendía sacarnos de aquel sitio, sin cobrar un solo dólar? Aunque sus ojos eran muy azules, no había transparencia en nada de lo que proponía. Era cierto que no dejaba de mirarme pero no lograba descifrar que había detrás de aquellos iris enigmáticos. —Chicas,¿están seguras de esto? —pregunté tomando a Holly por el brazo. —Yo es que no sé, no lo sé Ali, no tenemos opción —masculló entre dientes la única rubia además de mí: Laura. —Laura tiene razón —Convino Holly —, es esto o no podremos salir de aquí, tenemos pena de muerte ,no saldremos de la cárcel en la vida. —Y él nos saca a las cinco a la vez, no podemos resistirnos, es la mejor opción que podemos encontrar. No tenemos salida, Ali. Eramos cinco amigas, tan amigas que habíamos ido a parar juntas a ña cárcel por el mismo delito. Pero era cierto que Eli y Marie eran las más asustadizos y calladas. Ellas eran mellizas, aunque no se parecían tanto. —Y, ¿el precio? —por fin habló Marie. —A mi que me cobre en polvos —bromeó Laura —, tiene hasta nombre de ángel —todas miramos por encima del hombro al desconocido que nos ofrecía el trato —. ¿Tú has visto como está? —Habla tu lívido —la regañé —. Tiene nombre de ángel si, de ángel caído —sonrieron las cuatro, pero yo no tenía el menor deseo de hacerlo — ... Gabriel. Nos va a costar caro, siento que estamos haciendo un trato con el demonio. Estábamos alrededor de la mesa de la sala, con los codos afuera pero los antebrazos soportando el cuerpo de las cinco inclinadas hacia adelante para susurrar entre las cinco los detalles de la propuesta. —¿Acaso tenemos otra salida? El silencio que se reunió con nosotros en esa sala no fue roto más que con el suspiro que solté cuando no tuve más remedio que aceptar. Ellas también asintieron y Gabriel —el mencionado ángel caído —, todo lo que hizo cuando vió nuestra disposición a aceptar salió de la sala y se dispuso a acabar el papeleo. —Con una firma de cada una en este documento valdrá —dijo el ángel caído —. Hoy mismo pediré la libertad de las cinco. —¿Así... sin más? —lo miré a los ojos pero no dijo nada —. Sé que esto saldrá caro. No pienses ni por un segundo que eres tan listo. —No soy yo quien está en la cárcel —me echó en cara —. Firma. Su orden llegó con el golpe de su dedo índice contra el material de la mesa. Era autoritario, demandante y muy arrogante. Ese tío nos traería problemas y lo sabía... siempre lo supe. Esa misma tarde nos estarían liberando de una cadena perpetua y sin que supiéramos a qué precio... ni cómo había podido aquel hombre hacer semejante fantasía... ni mucho menos saber de nosotras. (...) Nos despedimos de la cárcel de la mejor manera posible, sin mirar atrás. Cuando salimos teníamos cuatro coches todo terreno negros esperando fuera. Un señor que vimos allí por primera vez nos recibió. —Suban por favor —indicó —. Soy Adriel, el mayordomo de los señores. Por favor dos chicas aquí y tres detrás —señaló la otra camioneta pero aún quedaban dos. —¿Por qué hay cuatro coches? —pregunté. Estaba en ese punto en el que todo me llamaba la atención, y así debía ser. Era en extremo necesario. —Seguridad, señorita —se limitó a contestar. Para no dejar a la mellizas solas, Laura se fue con ellas y Holly vino conmigo. Salir de aquel sitio y dejar solo el polvo que los coches levantaban detrás nos hizo llorar. Nos abrazamos felices de haber salido de la cárcel y juntas las cinco. Eso era lo más improbable pero, lo habíamos conseguido aunque aún no sabíamos a qué precio. Nos subieron después a dos helicópteros y nos dejaron en una casa enorme en medio de una pequeña isla, solas... solo con la gente de seguridad y mantenimiento de la casa. —No pensé que volvería a subir a un helicóptero —recordó Holly. Su pelo rojo corto se movía furioso al batir de tanto viento. A pesar de estar en tierra, la brisa marina era notable. —Es mejor no recordar esa época, Holly —la tomé de la mano entrando juntas a la casa —. Justo por esa antigua vida fuimos a parar a la cárcel y ahora estamos aquí, en medio de la nada sin saber que se espera de nosotros. —¿Esperan que creamos que después de un año que ha marcado nuestros mayores fracasos, van a darle la vuelta a nuestra vida con un solo acuerdo, sin saber nada de nada ni superar a cualquiera que hayamos hecho antes? Marie empezaba a inquietarse. Este sitio era demasiado así como todo lo otro a lo que habíamos sido expuestas desde que Gabriel nos había sacado de nuestro peor calvario. —No sólo para superar cualquier éxito anterior —le corregí teniendo las mismas dudas , pero establecí contacto visual con las demás chicas y el mayordomo también —. Pero para superarlos a todos, combinados. Creo que quizás esperan que tanto lujo haga la competencia a lo que sea que vayan a pedirnos y que siempre sea... mucho mejor que la otra alternativa. Holly se rio abiertamente, pero Mary se quedó quieta y en silencio, considerando todo a su manera, sabedora de que no podríamos deslumbrarnos con nada, porque sabíamos bien los precios de ello y sin nada que perder más que la libertad otra vez, haríamos lo que fuera. Era una reacción en cadena. De todas. Nuestros semblantes iban cambiando según lo entendíamos Era mejor no hacerse preguntas. —¿Buscando respuestas ahora? —Preguntó, entrecerrando los ojos.Sostuve su mirada —. Para todas es demasiado tarde. Toca hacer lo que sea, y pensar después. Ya no hay marcha atrás. —Exactamente. Las siguientes horas las pasamos disfrutando de los beneficios de no estar en la cárcel: tomar baños largos, incluso yacuzzi. Beber champán mientras probamos comidas exóticas que nos van sirviendo. Darnos baños en la piscina disfrutando de unos margaritas y luego, al final de la tarde cuando nos avisa Legunar que esta noche nos llevara a donde trabajaremos, y conoceremos a los jefes... nos ponemos otra vez nerviosas. La propiedad era increíble:Cinco habitaciones en suite y dos piscinas así como varios salones de televisión y dos campos de golf y tenis respectivamente, junto a una sauna enorme. Una ciudadela en aquella pequeña casa de la isla. —No termino de sentirme a gusto, Ali —me comenta Marie —. Tengo miedo de lo que pasará. —Todo lo que podemos hacer es esperar a ver que pasa, y decidir luego —propuso la otra melliza: Ely. —Les recuerdo que nosotras aceptamos esto —interrumpió Laura recordándonos a todas la alternativa poco agradable. Y yo suspiré —. Nada puede ser peor que estar ahí dentro de por vida. Ña suerte nos sonrío cuando nos llevó al ángel caído a vernos, piensen en eso y poco más. Los ojos de Gabriel se abrieron paso en mi memoria y sonreí al recordar como había llegado hasta él el título de: ángel caído. Era como una verdadera aparición. Guapo a rabiar, y se veía peligroso si. —Les propongo algo —me senté de repente en ña tumbona y todas me miraron expectantes —... vamos a revisar la casa, intentar encontrar algo que nos ds información acerca de nuestros posibles jefes y del tal Gabriel. Además de lo que se espera de nosotras. Nos habíamos hecho más o menos con las instalaciones en la casa. No nos costaba tanto trabajo ir a sitios que no fueran las nuestras, sin embargo en ninguna parte parecía haber nada que nos dijera algo. Incluso buscamos en lo que parecía el despacho pero nada. Hasta que... —¿Esto que es? —gritó Marie desde la habitación al lado del despacho. Todas salimos hacia allá, y nos quedamos un poco asombrada al ver lo que vimos: solo había ropa de etiqueta para mujeres, y lencería cara. Nos amotinamos dentro para tocar las prendas, incluso probar que los zapatos nos sirvieran a todas y así era... había de los cinco números y las ropas de las cinco tallas. Muy raro todo. —Es ropa para ustedes. Pegamos un brinco a la vez al ser sorprendidas por la voz. Nos dimos la vuelta para ver al mayordomo de Gabriel parado en la puerta con unas prendas más, que depositó en un sofá mientras nos explicaba qué habían mandado a comprar esa ropa expresamente para nosotras. Si bien los vestidos eran bellísimos y los zapatos un sueño, la lencería era bastante descarada, ruborizaba solo verla. No dijimos nada más porque sabíamos que no había alternativa. Ese hombre nos cobraría un alto precio por ayudarnos. (...) Esa noche, luego de cenar y vestirnos con la ropa que habían previsto para nosotras, daban las diez y media cuando nos avisaronn que había llegado a recogernos el helicóptero. Las chicas iban nerviosas, yo también, no puedo mentir. Era una situación incierta y de la que no podíamos escapar y sí... íbamos asustadas. En esa ocasión si nos pusieron juntas en el mismo aparato y fuimos tomadas de la manos hasta llegar a un rascacielos. Siete hombres nos esperaban allí y nos rodearon cuando tocamos tierra. —¡Dios, Ali... Holly, nos van a matar! Ely perdió la calma y casi se puso a llorar. Su hermana la tomó de la mano y me puse en medio de todas, para decirles en un intento de tranquilizar el ambiente: —No nos van a matar porque para eso nos habrían puesto una encerrona en la cárcel, chicas. —Quizás todo esto sea una artimaña de él para atraparnos —sollozó Marie. —Él está muerto, Marie —ladró su hermana que era quien más claro tenía aquello —. No puede ser eso. En algún momento tuve ese mismo miedo pero también pensé que sería un tato absurdo. Sacarnos de la cárcel fue un proceso por el que Gabriel se había hecho responsable, no tenía sentido matarnos a las cinco, o abrir el camino para que ellos lo hicieran en represalia por haber aniquilado a su jefe... cuando la policía enseguida le buscaría a él. —¡Vamos! —ordenó un clavo gigante que había al inicio de una escalera, sostenía la puerta —. El club es en el piso más alto y ahí están ellos... solo bajaremos un nivel. ¡¿El club?!¡¿Qué club?! Me di la vuelta, las chicas miraban hacia adelante y sin poder hacer nada más que dejarnos guiar por aquella marea de hombres bajamos por donde nos indicaban. Efectivamente llegamos en pocos escalones al llamado club. Uno de los hombres que nos guiaba nos metió dentro y el bullicio se apoderó de nuestros sentidos. No dijimos nada, creo que todas nos vimos de pronto encandiladas con la música alta, las luces de neón alumbrando al escenario y una docena al menos de mujeres bailando en tubos mientras otras iban repartiendo tragos con casi nada de ropa puesta. De pronto fui consciente de lo que veníamos a hacer aquí. Pero me duró poco el bosquejo por el lugar. Detrás, al final de todo el escenario y los ambientes había algo que nunca esperé. Algo perturbador, que me erizó la piel. Me sentí arder. Incluso puedo sentir que experimenté dolor en medio del pánico cuando vi a cinco hombres al final, sentados en unos sillones enormes en plan Gastón, el de la bella y la bestia. Cinco hombres en extremo peligrosos, guapos y avasalladores en su forma de escrutarnos entre los que se hayaba Gabriel. Nos toman de los hombros, un guardia por cada una de nosotras y nos guían a través de la gente, pronto llegamos a ellos mientras todos los demás bailan y disfrutan del ambiente y haciendo cuentas me percato que había una de nosotras para cada uno de ellos. No quería pensar lo que pensaba pero era difícil no hacerlo y encima si no era la única... —¿Somos putas? Preguntó Marie en un hilo de su voz. Pero nadie decía nada. Todas estábamos calladas, aceptando la situación. Pero ella no fue lo suficientemente discreta como para que le oyéramos solos nosotras. Entonces uno de ellos: moreno, ojos oscuros peligrosos, muchos tatuajes debajo de su camisa blanca remangada hasta los codos se puso de pie, era casi tan alto como dos Maries... dijo señalandola a ella: —En tu caso, Ambar... eres mi esclava. Todas ahogamos un jadeo al oírlo, sobre todo porque se había referido a ella con el nombre de una gema preciosa y ya sabíamos por el pasado del que veníamos... que aquello solo podía significar una cosa: habíamos caído en manos de los dueños de las gemas venenosas. Y por fin sabíamos cuanto costaría aquel acuerdo que habíamos firmado a ciegas.
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