Para ese momento de la noche, los seis muchachos tenían sus estómagos vacíos, ninguno de ellos había sido capaz de probar bocado en todo el día. La ansiedad por lo que estaba por suceder les había robado el apetito, dejándoles con una sensación de vacío que iba más allá de lo físico. Sus estómagos se retorcían, pero no por falta de alimento, sino por el miedo visceral que los consumía. Estaban a punto de enfrentarse a cazadores, esos humanos despiadados cuyo único propósito era exterminarlos, sin importar si provenían del pasado o del futuro. Todo el tiempo, la mera idea de que existieran hombres que dedicaban sus vidas a darles caza les provocaba un montón de emociones contradictorias. El odio burbujeaba en sus venas, mezclándose con un terror primario que les erizaba la piel. El rencor,

