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Entre Encuentros y Decisiones "El Camino hacia el Amor Verdadero" Tomo III

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En esta nueva entrega, Isabel Contreras vuelve a cautivarnos como la protagonista de su propia odisea. Sus decisiones la empujan aún más profundamente en el complejo y fascinante mundo de las damas de compañía, donde cada elección es un paso más hacia lo desconocido.

En este entorno enigmático, Michael se erige como un pilar fundamental, brindando apoyo y guía en cada nuevo desafío que Isabel enfrenta y tal vez algo más. Sus encuentros son tan inesperados como reveladores, llevando a Isabel a cuestionarse continuamente su destino y las consecuencias de sus elecciones.

A lo largo de este viaje, Isabel vivirá momentos románticos y se encontrará con hombres cautivadores, atrevidos y algunos incluso peligrosos. Los celos, el amor y la protección jugarán un papel fundamental en su vida, añadiendo capas de complejidad y emoción a su historia.

A medida que Isabel navega por este turbulento mar de emociones y responsabilidades, se enfrenta a decisiones que podrían cambiar su vida para siempre. ¿Qué le deparará el futuro? ¿Está destinada a seguir un solo camino o sus decisiones la conducirán a un desenlace inesperado?

Este tercer tomo nos invita a reflexionar sobre la pregunta central que ha guiado esta serie: ¿Estamos predestinados a un solo camino o nuestras decisiones pueden alterar nuestro final? Sin necesidad de haber leído los dos tomos anteriores, este libro ofrece una mirada profunda y cautivadora a la vida de Isabel, sus retos y su búsqueda incesante de la felicidad y estabilidad.

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Capítulo 1: Fragancias y Sentimientos
Capítulo 1: Fragancias y Sentimientos A mis 25 años estoy realmente jodida, y decir esta palabra es poco. El reflejo que observo desde la ventana no es mi verdadero yo. Estoy realmente perdida. ¿Qué hago ahora? A mis cortos años de edad perdí a mi primer pilar, mi madre, debido a un cáncer de seno. Y como si no fuese poco, la misma maldita enfermedad se llevó a mi padre hace un mes. ¿Cómo pago las deudas? Tengo 25 años y me he dedicado de lleno a cuidar estos últimos tres años a mi padre. Dejé los estudios de psicología después de estar un año en la carrera. No puedo negar que me costó mucho tomar la decisión, pero ¿cómo pagaba las cuentas y estaba pendiente de mi papá? Mis padres vivieron un amor corto pero intenso y, producto de su amor, nací yo. Debido a que en Estados Unidos no encontramos la estabilidad que esperábamos, nos vinimos a España. Mi papá, contador, y mi madre, cocinera, encontraron su lugar aquí, pero esta maldita enfermedad me dejó, a mis cortos siete años, sin ella, sin nuestro pilar. Fue muy duro para ambos y solamente nuestra compañía nos hacía más llevadera todo este fiasco de destino. Y ahora véame aquí, en el mismo escenario, pero sin nadie a mi lado. Miro a mi alrededor y no queda nada de mi hogar. Me siento vacía y lo único que me reconforta es el collar que heredé de mi madre, un pequeño corazón que me ha acompañado desde que tengo memoria. Me queda por vender un pequeño sofá que está siendo mi cama por mientras me vienen a desalojar. Ayer por la tarde, salí a buscar trabajo y lo único que encontré fue de mesera. No desmerezco ningún trabajo, pero fue el único lugar en donde me llamaron. Estoy emocionada por la oportunidad. Quizás no sea mucho el dinero que ganaré, pero de aquí a unos 150 años terminaré de pagar las deudas que he heredado. Creo que con que me alcance para alquilar una pieza podré salir adelante, o bueno, eso espero. Hoy es mi primer día en el restaurante. Me levanté temprano, me arreglé lo mejor que pude con la ropa que tengo y salí hacia el lugar que podría ser mi salvación. El restaurante es pequeño pero acogedor, con una atmósfera que recuerda a los cafés franceses. Al entrar, fui recibida por Mariana, una mujer extrovertida y hermosa. Sus ojos negros, cabello largo y castaño, morena y de curvas impresionantes, denotan que su apariencia es muy importante para ella. Al verla y compararla con mi estado actual, no le llego ni a los talones. Proyecta seguridad y sensualidad por donde se desplaza; me siento insegura y tímida al lado de ella, lleva un vestido hermoso de color gris, que deja expuestas sus hermosas piernas largas y esbeltas arriba de unos enormes tacos y yo solamente unos pantalones negros desgastados, zapatos bajos y una blusa de color blanco. Soy un desastre, me siento poco femenina. —Isabel, ¿verdad? —me dijo, extendiendo su mano y mirándome con sus enormes y profundos ojos negros—. Soy Mariana, la gerente. Bienvenida al equipo. —Gracias, Mariana. Estoy muy agradecida por esta oportunidad —respondí, tratando de ocultar mi nerviosismo. Mariana me mostró el lugar, presentándome a los otros empleados y explicándome mis tareas. Mientras trabajaba, traté de absorber todo lo que podía. Atendí mesas, limpié, y traté de familiarizarme con los clientes habituales. El aroma a café recién hecho y a pan recién horneado impregnaba el ambiente, creando una atmósfera cálida y acogedora. A pesar de mis nervios, sentí una pequeña chispa de esperanza. Quizás, solo quizás, podría salir adelante. Conocí a Jorge, un compañero de trabajo que me causó una buena impresión. Jorge mide alrededor de 1,80 metros, tiene el pelo corto castaño, ojos cafés y una contextura normal. Su sonrisa es amigable y su actitud fue siempre de apoyo. Me ofreció ayuda desde el primer momento, mostrándome cómo usar la máquina de café y explicándome detalles sobre los clientes habituales. No pude evitar notar que algunas de mis compañeras me miraban con recelo y desconfianza, susurrando entre ellas cuando pensaban que no las veía. Sin embargo, Jorge y otros compañeros me hicieron sentir bienvenida, lo cual agradecí enormemente. El día pasó rápidamente, y cuando llegó la noche, me sentí agotada pero satisfecha. Mariana se acercó a mí mientras limpiaba una mesa. —Lo hiciste muy bien para ser tu primer día, Isabel. Estoy segura de que te adaptarás rápidamente —dijo con una sonrisa. —Gracias, Mariana. Realmente necesito este trabajo —respondí, con sinceridad. Mariana me miró con curiosidad. ¿Habrá sido mi tono un poco exagerado y desesperado? Pero no dijo nada. En cambio, me dio una palmadita en la espalda y se dirigió a la oficina. Terminé de limpiar y me dirigí a casa, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una leve sensación de alivio. Al día siguiente, al llegar al restaurante, vi a un hombre parado frente a la entrada. Tendrá aproximadamente unos 35 años, es blanco y lleva el cabello rubio oscuro peinado cuidadosamente hacia atrás. Vestía una camisa blanca ajustada que delineaba su torso atlético y unos pantalones oscuros que complementaban su altura de alrededor de 1,85 metros. Sus ojos cafés oscuros eran profundos y llenos de misterio. Es realmente muy guapo. Al pasar al lado de él, se volvió a mirarme y me sonrió. Le devolví la sonrisa y agregué unos buenos días. Él solamente me siguió con la mirada. Entré rápidamente y me dirigí a la cocina, pero no pude evitar lanzar una última mirada hacia el extraño. Me pregunté quién sería y qué hacía allí. Cuando abrimos el restaurante, Mariana se dirigió a mí y me pidió que atendiera la mesa 5. Me puse el delantal y tomé mi libreta de notas. Cuando iba en dirección hacia esa mesa, me percaté de que se trataba del mismo hombre que vi en la entrada. Cuando llegué a su lado, me miró con sus ojos profundos y agregó: —Buenos días, otra vez —tiene un acento, tal vez argentino. Tiene una sonrisa picarona, simpática y sensual. Su perfume, una mezcla embriagadora de notas amaderadas y cítricas, me envolvió, intensificando su atractivo. Le respondí: —Buenos días, ¿qué le gustaría ordenar? Me miró por un momento que sentí eterno. No pude evitar ponerme roja; me gustaría llevarme las manos a la cara, pero siempre digna, ¿cierto? Él agregó: —Mmmm, ¿qué me ofreces? —¿Estamos aun hablando del desayuno o no? Es intenso y su sonrisa alberga más de un secreto, es como si te desnudara con la mirada, es de aquellas sonrisas que desarma a las mujeres y no he sido la excepción. —Quizás un zumo de naranja, un café y un pastel, si es que le agrada lo dulce. Son los mejores del sector. ¿Le gustaría? — no reconozco mi voz a sido como un suave susurro, espero que no se de cuenta lo que ha causado en mí. Me siguió mirando, como si me escaneara: —Me encantaría, me vuelves loco… con tu propuesta. Lo anoté más rápido de lo habitual y me disculpé por un momento. Sentí que sus ojos seguían mis pasos; es realmente intenso este hombre. Al ir a la cocina, Mariana me miró con una sonrisa en la cara y me preguntó: —¿Qué pasa, Isabel? Miré en dirección hacia el hombre que seguía sonriendo. Mariana siguió mi visual y agregó: —Él es Michael, es mi amigo, es un amor de hombre, es realmente encantador, ¿no lo crees?— Veo que Mariana me mira como si entendiera lo que me ha hecho sentir. —Atiéndelo bien, es un muy buen cliente— me guiña el ojo. Cuando llevé su pedido, él estaba en el celular y agradecí esta pequeña distracción. Cuando levantó la vista, me miró fijamente y dijo un escueto: —Gracias, Isabel. ¿Cómo diablos sabe mi nombre? —Mi nombre es Michael, un gusto conocerte —me ofreció su mano. Se la tomé y me besó cada nudillo, mientras me miraba fijamente a los ojos. Este hombre sabe lo que hace sentir a las mujeres, es un donjuán. —Gracias por venir a nuestro restaurante. Si puedo ayudarte en algo más, no dudes en llamarme. Antes de que pudiese darme la vuelta y soltarme de su agarre, agregó: —Créeme que lo haré. Me alejé sintiendo sus ojos sobre mí, evaluando cada uno de mis movimientos. Mientras continuaba con mi trabajo, mi mente volvía una y otra vez a ese hombre en la mesa 5. Algo en él despertaba mi curiosidad, una extraña sensación de intriga y quizás algo más. De repente, mientras servía un plato caliente, sentí un dolor agudo en mi mano. Había tocado la bandeja con la palma, quemándome. —¡Ay! —exclamé, soltando la bandeja. Jorge se apresuró a ayudarme. —¿Estás bien, Isabel? —me preguntó, llevando mi mano bajo agua fría. —Sí, solo fue una quemadura —respondí, aunque las lágrimas asomaban en mis ojos. Mientras Jorge me ayudaba, levanté la vista y vi a Michael observándome con una expresión inescrutable. Sentí un nudo en el estómago, como si hubiese hecho mal en dejar que Jorge me tomara de las manos. ¿Por qué me afectaba tanto lo que pensara? Después de asegurarme de que la quemadura no era grave, volví al trabajo. Sin embargo, la imagen de Michael seguía persiguiéndome. Cuando finalmente se levantó para irse, me dirigí a su mesa para recoger la cuenta. —Gracias por venir, Michael. Espero que haya disfrutado su desayuno —dije, tratando de sonar lo más profesional posible. —Lo hice, Isabel. Estoy seguro de que nos veremos pronto —respondió, con su voz suave pero llena de promesas. Cuando se marchó, una extraña mezcla de alivio y decepción se apoderó de mí. Algo en él me atraía, y no podía evitar sentir que su presencia traería cambios a mi vida. Mientras limpiaba la mesa, encontré una nota debajo de su taza de café que decía: "Hasta pronto, nena. Michael". Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué significaba todo esto? Esa noche, mientras intentaba dormir en mi pequeño sofá, no podía dejar de pensar en Michael. Su mirada, su sonrisa, su perfume... Todo en él me intrigaba. ¿Qué quería de mí? Y más importante, ¿por qué me afectaba tanto? No pude dejar de pensar que me hubiese gustado ir mejor vestida, más elegante, ir maquillada, más preparada, más femenina, más como Mariana. Me levanto, veo mi maleta que la tengo preparada, ya que mañana es mi último día aquí y no veo nada decente. No he comprado ropa desde hace 1 año y todo está desgastado, añoso, estropeado. Suspiro pesadamente y miro su nota, sus palabras suenan a promesas y espero que pronto nos volvamos a ver. A la mañana siguiente, el peso de tener que dejar mi hogar se hizo palpable cuando recorrí las habitaciones vacías del pequeño apartamento que había sido nuestro refugio durante tantos años. Entregar las llaves al comprador fue como despedirme de un capítulo importante de mi vida, una parte de mí que ya no existiría más. El camino hacia el restaurante esa mañana fue particularmente pesado. Cargaba con la nostalgia de los recuerdos y la incertidumbre del futuro. Cada paso parecía un esfuerzo sobrehumano, y el sol de la mañana, que solía ser reconfortante, ahora me parecía un testigo silencioso de mis emociones encontradas. Al llegar al restaurante, me encuentro con Mariana, quien me mira con preocupación y nota mi maleta. Sin poder contenerme más, rompo en llanto. He sido la fuerte de la familia durante tanto tiempo que ahora, liberar todo esto frente a alguien me abruma. Mariana, con su calidez habitual, toma mis manos y me pregunta con voz suave, —¿Está todo bien? — No puedo hablar, solo asiento mientras las lágrimas brotan sin control. Ella me abraza con ternura, acariciando mi cabello, y poco a poco siento consuelo en su presencia protectora. —Cariño, ahora dime qué pasa —me alienta cuando por fin logro controlarme un poco. Seco mis lágrimas y noto que he dejado su pecho húmedo. Ella sonríe y me tranquiliza con su gesto. —No te preocupes, ahora cuéntame. Le cuento todo: la pérdida de mi padre, su enfermedad, las deudas y el desalojo. Mariana me escucha con incredulidad y alaba mi fortaleza, aunque en este momento siento que me faltan las fuerzas para seguir adelante. Detrás de Mariana, veo a Jorge, quien nos observa con una expresión de disculpa por haber escuchado nuestra conversación. Se acerca a mí con gentileza y me ofrece una solución inesperada: —Isabel, puedes venirte conmigo. Arriendo con más gente y se desocupará una habitación mañana. Hablaré con mis compañeros y sé que no tendrán problemas en que te quedes con nosotros. Miro a Mariana, cuyos ojos muestran expectativa cautelosa, como si esperara que tomara mis propias decisiones. Agradezco a Jorge con sinceridad y acepto su oferta con gratitud. La reacción de Mariana, aunque mostrando un dejo de decepción, deja entrever sus expectativas no cumplidas. No puedo evitar preguntarme qué esperaba que hiciera en esta situación, pero su apoyo ha sido fundamental y por eso estoy agradecida.

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