28 de junio de 1984
Beth bostezó, luego se levantó para ir a apagar la televisión, veía una película, su televisor a blanco y n***o la hacía quedarse hasta tarde observando ciertos programas. Estaba cansada, pero al comenzar a ver la película, no tuvo tiempo de recuperarse cuando el reloj dio la medianoche y comenzó a sonar el tic tac fuertemente. Ya todo estaba más silencioso y por las calles no se escuchaba absolutamente nada. Comprobó la puerta principal de que estuviera cerrada, fue a la cocina buscó un vaso de agua y tomó, luego se dirigió y subió las escaleras.
Desde que Sophie empezó a hablar del Hombre de las Sombras, no había dormido bien, solo de imaginarse esos terribles momentos por los que pasa su hija la agobiaban. Eso asustó a Beth, pero mientras no creyera nada de eso, todos estarían bien, o eso quería creer.
Aunque no quería creer en eso, a veces le hacía sentir incomoda. Se escapó de su último novio, que era un villano, loco desquiciado, y no iba a permitir que un hombre imaginario que olía a repollo podrido arruinara su vida. No podía permitir que eso sucediera. Y no así de esa manera, queriendo arruinarles la vida a sus dos pequeños también.
Se oyó un ronquido silencioso en la habitación de Sean y abrió la puerta. Estaba tendido en la cama, parecía muy cansado, con una manta en el suelo, y su mano agarraba una de las figuras de plástico de las que nunca se separaba, un juguete que para él significaba mucho. Beth lo miró cálidamente suspiró, se inclinó y besó a su hijo en la suave mejilla, olía tan bien, recién bañado un olor a bebé le brotaba, las sábanas olían a perfume, todo se sentía muy limpio.
Luego lo cubrió con las mantas blancas, cubriéndolo por completo para el frío de la noche. Seguidamente entró silenciosamente en el dormitorio de Sophie que estaba un poco más oscuro.
Aunque la luz nocturna de My Little Pony siguió encendida en la habitación de su hija. Un resplandor anaranjado iluminó el rostro de Sophie, estaba tan pálida, y había círculos oscuros debajo de sus ojos, eran esas ojeras horribles que aparecían cuando ella no dormía bien, no estaba descansando muy bien y eso la hacía sentir muy culpable.
Su niña parecía tan mayor. La inocencia que tenía la semana pasada dio paso a una mirada demacrada y olvidada. Beth decidió hablar con Sophie a la mañana siguiente y esta vez escucharla, prestar atención a lo que le dijera. Tal vez le pida al padre John que venga y todos se sentarán y tratarán de lidiar con este hombre sombra, o con esa cosa rara de la que no puede escapar mi niña. Ya era necesario escucharla y hacer algo al respecto, no podía esperar a que pasara más tiempo y eso se siguiera apoderando de su casa y de su familia.
Beth se estremeció de repente: —Dios, pero qué está pasando, hacía mucho más frío aquí que en la habitación de Sean. Deben ser las ventanas que siguen abiertas—. Sophie pudo escuchar a su mamá, pero tenía tanto sueño que eso no la dejaba abrir los ojos, empezó a murmurar algo y su pierna izquierda rebotaba todo el tiempo, como si alguien le estuviera haciendo cosquillas. Beth no quiso hacerle caso a eso, de repente era un sueño en el que estaba su hija y no quería que se despertara, no la iba a despertar para que ya no hiciera más ese movimiento, así que se inclinó y besó a Sophie en la frente.
Pero de repente un olor horrible golpeó sus fosas nasales e hizo una mueca de asco, pero luego ese mismo olor desapareció, no quería llenarse de inquietud. Así que cubrió a Sophie con una manta y salió de la habitación casi de inmediato. Cuando estaba cerrando la puerta, no notó cómo la manta con la que acababa de envolver a su hija fue sacada lentamente de la cama. Como si alguien la estuviera halando, estaba siendo arrastrada por alguien o por algo y Sophie seguía dormida aún no sentía nada extraño. Y cada vez más se iba cayendo al piso, pero ella no se dio cuenta, así que salió de la habitación por completo.
Beth fue al baño, se lavó los dientes, se limpió su cara con esas cremas de noche, miró por la ventana rápidamente y se metió en la cama. Pensó en el padre John, demasiado asustada para pensar en nadie ni en nada más. Con él, se sentía segura, la trataba mejor que cualquier otro hombre que hubiera conocido. Es una pena que ella nunca pueda tener una relación con él, porque su corazón ya no es libre, pertenece a Dios. Ahora Beth podía vivir con eso, agradecida con él por haberse convertido en su amigo en su verdadero amigo. El padre había hecho muchas cosas por ella, y no solo por ella sino por su familia. Estaba muy agradecida con él por haberle prestado tanto apoyo desde un principio.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y estaba casi dormida cuando un grito agudo la hizo sentarse abruptamente, y su corazón comenzó a palpitar rápidamente.
—Sophie—. Salió corriendo de su habitación en dirección a la habitación de su hija. En la habitación de Sophie, vio a su hija acurrucada en la cama, abrazando sus rodillas presionadas contra su pecho y con lágrimas en sus ojos, casi sin poder hablar.
Sophie levantó la mano y señaló la esquina de la habitación. Beth sintió que sus rodillas temblaban y amenazaban con doblarse cuando se devolvió y vio la manta de Sophie colgando en el aire. Un hombre estaba debajo de la manta.
Beth gritó y agarró una pesada cruz de plata del tocador. Ella lo arrojó sobre la manta, que cayó al suelo de un soplo. Por un momento no pensó en más nada sino en gritar o gritarle a esa cosa rara que estaba ahí parada.
Recordó por unos segundos cuando de niña, vivió un momento de angustia al descubrir junto a su mamá una gallina en medio de la sala, la forma era de gallina pero con el cuello como de un pato. Esa vez su mamá actuó rápidamente y le lanzó una sábana blanca por encima a la gallina que no quería moverse del sillón que estaba en medio de la sala. Después corrieron a buscar donde la vecina un poco de agua bendita hacerle un rezo o pelear con esa cosa rara que estaba en su casa.
La vecina entró hizo un rezo y la gallina desapareció por completo sin dejar rastro alguno por la casa ni por la salida de la casa. Como si se hubiera esfumado de repente. Eso la marcó por el resto de su vida, aunque no lo recordaba con frecuencia en ese momento lo sintió, sintió ese susto y miedo que de esa vez.
Al dejar esos recuerdos atrás volvió a la habitación de su hija, alguien tiró de su mano y Beth gritó de nuevo, volviéndose para ver a Sean frotándose los ojos detrás de ella. Sosteniendo su mano con fuerza, corrió hacia la cama. Sophie temblaba tanto que Beth oyó castañetear los dientes de su hija. Agarró a Sophie del brazo, la sacó de la cama, bajó corriendo las escaleras con ambos niños, abrió la puerta principal y salió corriendo a la calle despavorida.
Cerró la puerta de una patada y el sonido resonó por la calle desierta. Beth corrió al presbiterio, donde golpeó la puerta con mucha fuerza no le importó la hora que era ni quienes la podrían escuchar, solo quería entrar allí rápidamente, hasta que logró ver que se encendió una luz en el piso de arriba.
***
Del otro lado, el padre John se despertó con un golpe, bajó corriendo las escaleras y abrió la pesada puerta de madera. Se sorprendió al ver a Beth y sus hijos, vestidos solo con camisones en pijama y descalzos. Se acurrucaron, Sophie miró al vacío y Beth lloró, lloraba desconsolado.
John los dejó entrar y cerró la puerta principal. Los condujo a la cocina, bañados por una luz cálida. Todos temblaban del miedo. Encendió el horno para calentar un poco la habitación. Luego comenzó a verter leche en una cacerola para hacer chocolate caliente para todos, y poder hacer que se calentaran un poco más. No sabía qué decir y los miró a todos, pero a su vez un poco nervioso. Sean parecía ser el menos preocupado mientras se sentaba y miraba la figura de acción en sus manos. Beth parecía haber visto un fantasma y la pobre Sophie parecía traumatizada sin poder decir ni una sola palabra, horrorizada por lo que había sucedido.
Tan pronto como la leche hirvió, el padre sacó una lata de cacao en polvo del aparador y añadió unas cuantas cucharadas. Revolvió todo el tiempo para que la leche no se escurriera y se desbordara, luego, tomando un paño de cocina y cuatro tazas, vertió leche con chocolate en cada una de ellas. —Llené el más pequeño para Sean—, dijo agregando un poco de leche fría para evitar que se quemara.
Luego llevó la bandeja a la mesa y la dejó allí, Beth asintió con la cabeza y él sonrió. La mirada de horror en su rostro lo decía todo, y su estómago se sentía como si alguien lo hubiera obligado a tragar una piedra, era tan pesada. Soplaron el cacao y bebieron lentamente, pero ninguno de los dos habló sobre lo que acababa de suceder, y John tenía demasiado miedo para preguntar, no sabía ni por dónde comenzar.
Por un rato se sentaron en círculo mirándose todos al mismo tiempo, pero a ninguno le salían palabras, el miedo les brotaba por todo el cuerpo.
En sus pensamientos el padre lograba hacer una pequeña oración y así tratar de que todos se calmaran y se tranquilizaran.
La cocina se sentía ya un poco caliente, pero la mirada de susto de todos no cambiaba. El padre pensó por un momento en llamar a la policía, pero tenía que saber primero qué era lo que había ocurrido para que ellos salieran así de su casa.
Por lo que podía lograr ver en los rostros de los tres visitantes, era que podía tratarse de algún espanto o del hombre de las sombras. Algo le hacía pensar en que pudo ser que lo vieron o les hizo algo.
Estando en la cocina aún todos, comenzaron a escucharse puertas abrir y cerrar de par en par como si alguien lo estuviera haciendo a propósito. Entonces de repente la luz de la cocina se apagó, el padre no le dio miedo ya que estaban en la casa del señor. A los segundos se encendieron las luces y no sonaron más ruidos.
Beth estaba casi que muda sin parpadear, y los niños lloraban sin parar. El padre trató de calmarlos diciéndoles que nada malo podría pasar allí por lo que estaban en un lugar seguro, allí nada podría hacerles daño.
Desconcertada Beth se dirigió al interruptor y para su sorpresa este estaba en el lado de apagado como si la luz estuviera apagada y no encendida. No podía ocultar su miedo. El padre se levantó caminó junto a ella le puso la mano en su hombro y le dijo que tratara de ser fuerte delante de sus hijos, que lo hiciera por ellos.
La convenció y se sentaron de nuevo en círculo, comenzaron a orar. El padre había escuchado una vez que una de las señoras de la casa María le había dicho que tendría que buscar salvia ardiente ya que necesitaba ahuyentar a unos espíritus que la molestaban por las noches. El padre recordó las palabras de esa señora y fue corriendo al jardín cerca de la cocina y buscó salvia que tenía allí, una especie de vivero tenía el padre.
Agarró un poco y se la dio a Beth para que llevara al día siguiente a su casa eso le ayudaría a mantener al espíritu lejos, bueno eso creía él que se podría lograr.
Beth entre los nervios lo agarró asintió con la cabeza y mantuvo el puñado en sus manos. Él se encargaría de buscar agua bendita y tenerla cerca. No sabían que pudiera ocurrir al abrir esas puertas.
El padre logró ir a la ventana y poder ver la casa de Beth y así corroborar que era lo que estaba pasando y si los ruidos de las puertas, era de ese lado que salían. Así mismo fue, estando parado frente a la ventana pudo ver como se encendían y se apagaban las luces de la casa de Beth, no quería decirle y angustiarla más, pero podía ver como en su casa si estaban ocurriendo un par de cosas sobrenaturales. Este hombre de las sombras no se quería ir de allí.
Se escuchaban puertas abrir y cerrar, además sombras se veían pasar por las ventanas. Los cuadros sonaban cuando caían al piso, era algo horrible. Esta sombra definitivamente le daría muchos dolores de cabeza al padre. Pero tenía que hacer algo ante terrible acontecimiento. Beth era su amiga y no podía dejarla sola en este momento.