Capítulo 16: La Ruta de Hermes
La puerta del Ala Hermes era distinta a las otras: un viejo túnel de servicio, casi olvidado, lleno de tuberías, cables pelados y señales de advertencia corroídas. Ariadna se detuvo apenas unos segundos para recuperar el aliento. A su lado, Cloe temblaba, los ojos muy abiertos y húmedos por el miedo. Camila había quedado atrás enfrentando a los híbridos, y la amenaza no había hecho más que escalar.
—Debemos seguir… —susurró Ariadna, ajustando su mochila y aferrando con fuerza la linterna. Cloe asintió en silencio, aferrada a su hermana como si fuera su única ancla en el mundo.
El pasadizo descendía en espiral, cada escalón gimiendo bajo sus pies. El olor a ón gimiendo bajo sus pies. El olor a xf3xido, polvo y humedad era casi insoportable. Pero lo más aterrador era el eco. No sabían si eran sus propios pasos o si algo los seguía desde el nivel superior.
Tras varios minutos bajando, llegaron a una compuerta redonda con la inscripción **"Hermes - Salida Técnica 03B"**. Estaba semiabierta, deformada como si algo hubiera forzado el paso tiempo atrás. Ariadna empujó con todas sus fuerzas hasta lograr un espacio justo para que ambas pudieran pasar.
Detrás de la puerta, un corredor oscuro y amplio se extendía hacia lo desconocido. Las paredes estaban cubiertas de moho, y a lo lejos se escuchaban goteos acompasados y el murmullo lejano del viento colándose por alguna grieta. Un lugar olvidado incluso por los planos oficiales.
Caminaban con sigilo, pero entonces Ariadna se detuvo en seco.
—Shhh.
Algo se movía adelante. Casi imperceptible. Un roce. Un gemido. Un sollozo.
La linterna reveló la silueta encorvada de alguien. Una niña. Sola. Su cabello enmarañado, la ropa raída.
—¿Hola...? —dijo Ariadna, con voz temblorosa.
La niña se giró. Sus ojos eran completamente blancos. No emitía gruñidos ni chillidos como un mutado común. Solo la miraba, inmóvil.
Entonces Ariadna lo comprendió.
—Está controlada…
Una sombra emergió detrás de la niña. Un hombre. Alto, cadavérico, con cables insertados en la piel y un dispositivo brillante en el pecho. Un híbrido. Pero diferente. Éste no se movía como los otros. Tenía conciencia. Tenía un propósito.
—Ariadna Vega —dijo con voz mecánica, distorsionada—. El ciclo debe continuar.
Ariadna no lo pensó. Tomó a Cloe de la mano y corrió por el pasillo. Detrás, los pasos metálicos del híbrido resonaban con una cadencia casi rítmica. Pero no las perseguía corriendo. Las estaba guiando.
A la derecha, una puerta abierta llevaba a una sala con computadoras viejas, papeles regados y un generador a medio funcionar. Ariadna cerró la puerta tras ellas, respirando con dificultad.
Allí, en una de las pantallas, parpadeaba un archivo titulado: **"Proyecto Prometeo - Sesiones 43 a 51".**
—Es ahora o nunca —dijo, y se acercó al teclado.
Las imágenes comenzaron a desplegarse. Camila Vega aparecía en ellas. Junto a ella, una versión más joven del doctor Lucien. Y otra figura que hizo que a Ariadna se le helara la sangre: su padre.
Estaban juntos. Planeando. Experimentando.
Y entonces, una voz surgó del sistema:
> "Si estás viendo esto, hija, significa que todo salió mal. No eres un error. Eres la clave."
Ariadna miró a Cloe, que la observaba con miedo, pero también con fe.
Detrás de ellas, la puerta comenzó a abrirse lentamente.
No estaban solas. Nunca lo habían estado.
(...)
El túnel emergía en una cámara natural reforzada con acero corroído. Las ruedas del pequeño vagón de emergencia chirriaban bajo el peso de la cápsula criogénica. Ariadna, empapada de sudor y polvo, empujaba con todas sus fuerzas mientras Cloe, jadeante, apuntaba nerviosa con una linterna.
Lucien no los había alcanzado.
Y el silencio era tan antinatural que dolía.
—Debe haber una salida secundaria —dijo Ariadna, consultando rápidamente el mapa digital—. Aquí… una zona de archivo. Tal vez haya más información. Y una ruta a la superficie.
Pero el aire olía diferente. Casi... **vivo**.
Una brisa helada y húmeda recorrió el pasillo mientras una compuerta se abrió con un susurro mecánico. Las luces parpadearon. Algo se activó.
—Cloe, quédate detrás de mí. No hables. No te muevas.
Frente a ellas, una figura surgió de las sombras. Caminaba erguida, de forma casi humana, pero su piel era traslúcida, grisácea, con venas pulsantes como raíces bajo su superficie. Sus ojos brillaban con una inteligencia antinatural.
—Ariadna Vega —habló la criatura, con una voz grave, casi modulada electrónicamente.
El corazón de Ariadna se detuvo por un instante.
—¿Cómo… sabes mi nombre?
—Proyecto Prometeo. Eres el código clave: Vega 03. Heredera genética del vector original. Tú y tu hermana… son la culminación.
Ariadna retrocedió, palideciendo. La criatura no los atacaba. Aún.
—¿Quién… eres tú?
—No soy quién. Soy *lo que queda*. Fui humano. Un soldado voluntario del protocolo Génesis. Ahora, soy el resultado. Inteligencia. Fuerza. Y control.
> “Tu padre me creó.”
Las palabras la golpearon como una bala. El híbrido levantó una mano, mostrando su antebrazo: estaba marcado con un tatuaje militar… y un nombre que la dejó helada.
> **F. Ortega.**
Ariadna sintió que se le rompía el alma.
—¡Eso es imposible! ¡Él murió… delante de mí!
—Murió… y fue reclamado. Reconstruido. Lo que tú viste fue una transición. Un sacrificio. No lo culpes… no sabía en lo que lo convertirían.
Cloe soltó un sollozo. Ariadna se obligó a permanecer firme.
—¿Qué quieres?
—*Equilibrio*. Las criaturas fuera de control están destruyendo lo poco que queda. Prometeo... falló. Pero el protocolo de contingencia sigue activo. Kappa tiene la clave para detener la propagación.
—¿Y por qué no lo haces tú? —escupió Ariadna.
—Porque me destruyen si me acerco a la sala de mando. Me consideran un error. Necesito que tú lo hagas. Tienes acceso. El código de sangre. El linaje. Solo tú puedes activar el apagón final del proyecto.
—¿Y si no quiero?
La criatura bajó la mirada por un segundo.
—Entonces, todas las cápsulas despiertan. Los híbridos. Los que ya no tienen alma. Se abrirán paso hacia el exterior. Y lo que queda… arderá.
Ariadna tragó saliva. La cápsula con su madre seguía congelada. Cloe la miraba con ojos vidriosos.
—¿Qué estás dispuesta a sacrificar para salvarla?
Las luces del pasillo parpadearon violentamente.
Un nuevo zumbido vibró en las paredes.
> **¡No estaban solas!**
Las criaturas sin control, más bestias que humanos, comenzaron a aparecer en las cámaras exteriores del sistema. Se movían como un enjambre salvaje. El híbrido —Ortega, o lo que quedaba de él— giró hacia el pasillo y gruñó.
—Han llegado. No tengo tiempo. ¡VE, ARIADNA! —y con un rugido brutal, se lanzó contra las aberraciones, aplastando carne y huesos, protegiéndolas como un muro viviente.
Ariadna tiró de la cápsula, llevando a Cloe consigo hasta una puerta reforzada con panel digital. Su mano temblorosa tocó el escáner.
> **“Acceso confirmado: Vega-Ariadna. Terminal Alfa desbloqueado.”**
Entraron en una sala rodeada de pantallas y núcleos de energía. En el centro, una consola pulsaba con una luz roja.
> **“¿Ejecutar Protocolo de Anulación Prometeo?”**
Ariadna miró a su hermana.
—Si lo hago… todo lo que está aquí se apaga. Incluido Ortega. Incluidos los que tal vez… aún tengan esperanza.
—Pero mamá… —susurró Cloe—. ¿Ella se apagará también?
Ariadna dudó.
No sabía si su madre estaba viva… o solo en pausa. Pero no podían correr el riesgo de que el mal que había presenciado escapara al mundo.
Apretó los labios.
Y presionó **“EJECUTAR”**.
Las luces descendieron en intensidad. Un sonido grave llenó el aire, como si algo inmenso se apagara lentamente.
En la pantalla, el sistema comenzó la limpieza total. Cámaras selladas. Cápsulas neutralizadas. Criaturas eliminadas. Una lágrima silenciosa cayó por la mejilla de Ariadna.
Cloe la abrazó sin decir palabra.
> “Protocolo Prometeo… Anulado.”
Y entonces… silencio.
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Horas después, al emerger a través de un túnel de mantenimiento hasta un bosque oculto entre las montañas, el aire les pareció por primera vez… **puro**. Ariadna se derrumbó sobre el pasto, con el cuerpo temblando.
La cápsula de su madre seguía intacta.
Pero lo demás… había quedado atrás.
—¿Qué viene ahora? —susurró Cloe.
Ariadna alzó la mirada al amanecer en el horizonte.
—Ahora… vamos a reconstruir lo que nos queda. Pero primero, encontraremos respuestas sobre mamá. Y sobre lo que papá realmente hizo.
La historia no había terminado.
Solo acababa de comenzar, siendo el principio del fin de la humanidad que se conoce...