Capítulo 17: Abismo

607 Words
Capítulo 17: Ecos del abismo El bosque en las afueras de Cold Spring amanecía envuelto en una niebla densa, como si el mundo se resistiera a mostrar lo que había sobrevivido a la pesadilla. Ariadna temblaba junto a la cápsula criogénica. Cloe dormía a su lado, agotada, envuelta en una manta sucia. El silencio era denso. Doloroso. Pero Ariadna sabía que no duraría mucho. Activó el escáner del panel de la cápsula. Las constantes vitales de Camila seguían estables. Congelada en una pausa clínica. Su madre no estaba muerta. Aún no. Un pitido suave anunció el final del protocolo de reinicio. La cápsula se abrió con un siseo de vapor. Ariadna dio un paso atrás mientras el corazón le golpeaba el pecho. Los párpados de Camila se movieron. Y se abrieron. --M... mi vida... --balbuceó con voz ronca. Ariadna cayó de rodillas. --Mami... soy yo, Ari. Estoy aquí. Camila tardó unos segundos en enfocar. Su mirada estaba llena de confusión, luego de dolor. --Él... él intentó salvarnos --dijo en un susurro--. Tu padre... no está muerto. Ariadna sintió un vacío abrirse en su pecho. --Él... está aquí, en algún lugar. Fue parte de todo esto. Escapó. Nos escondió --la voz de Camila temblaba--. Pero el Proyecto Omega... nunca terminó. Un crujido entre los árboles la interrumpió. Ariadna se puso de pie rápidamente, tomando su arma. Varias siluetas emergieron de la niebla. No eran mutados. Aún no. Pero sus cuerpos mostraban signos de infección parcial: ojos inyectados, movimientos convulsos, mandíbulas desfiguradas. Eran humanos a medias. Monstruos en transición. --¡Cloe, despierta! --gritó Ariadna. La niña se levantó sobresaltada. Camila apenas podía moverse. Ariadna la ayudó a incorporarse mientras retrocedían. Las criaturas emitían un gruñido gutural, sin forma clara de lenguaje. --¡Corre al claro! --ordenó Ariadna. Entre disparos, golpes con la culata del rifle y la desesperación, lograron llegar a un sendero rocoso donde una antena derruida asomaba entre ramas. Y entonces los vieron. Tres figuras humanas. Armadas. Vestidas con trajes de combate improvisados, con símbolos desconocidos en sus hombros. --¿Amigos o enemigos? --gruñó Ariadna, apuntando con el rifle. Uno de ellos dio un paso al frente. Se quitó el casco. Era un hombre de unos cuarenta años, rostro curtido, ojos claros. Muy similares a los de Ariadna. --Ariadna Vega --dijo con voz profunda--. Soy el coronel Darien Vega. Tu padre. Todo el mundo pareció derrumbarse. --Eso es imposible --susurró Ariadna. --No. Estuve aquí todo este tiempo. Protegiendo desde las sombras. Ocultándome del horror que ayudé a crear. El proyecto... salió de nuestras manos. El virus mutó. Ya no lo controlamos. Cloe se aferró a Camila. Ariadna bajó el arma lentamente. --¿Por qué? ¿Por qué nos dejaste solas? --No tenía opción. Si sabían que eran mis hijas, las usarían como sujetos de prueba. Como a tantos otros. Detrás de ellos, los mutados emergentes empezaban a reorganizarse. --Tenemos que irnos --dijo el coronel--. Hay un refugio bajo la montaña. Y... respuestas que necesitas conocer. Sobre ti. Sobre tu hermana. Y sobre lo que viene. Ariadna dudó, pero luego asintió. Y mientras descendían por un nuevo acceso oculto en la ladera, las primeras explosiones resonaron en el bosque. Algo había salido mal en la contención. ¡Y los mutados estaban evolucionando de nuevo! --Papá --dijo Ariadna, con la voz firme--. Si vamos a sobrevivir a esto, necesito saber la verdad. Toda. --Lo tendrás --dijo él--. Pero prepárate, hija. Porque la verdad... tiene colmillos. Y mientras las compuertas del nuevo búnker se cerraban tras ellos, el mundo allá afuera comenzaba a rugir con un horror renovado. La guerra no había terminado. Apenas había comenzado.
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