Capítulo 37: Silencio entre pasillos
La calle frente a ellos parecía desierta, pero Ariadna sabía que era una mentira peligrosa. El aire olía a metal oxidado y carne vieja.
Mason sangraba por el costado, y aunque intentaba ocultarlo, cada paso le arrancaba un gruñido.
Cloe iba en medio, pequeña y silenciosa, sujetando la mochila contra el pecho como si de ella dependiera su vida.
—Supermercado… —murmuró Mason, señalando un edificio a media cuadra. El letrero roto colgaba, balanceándose con el viento.
—Podemos buscar provisiones y un botiquín —dijo Ariadna, pero sin quitar la mirada de las sombras que se formaban en las esquinas.
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La entrada estaba cubierta por una reja de seguridad, doblada como si algo la hubiera atravesado a golpes.
Ariadna agachó la cabeza y se deslizó primero, sacando el machete. Mason la siguió, respirando con dificultad.
El interior estaba a oscuras, iluminado solo por la luz que entraba por las grietas. Los estantes caídos creaban pasillos irregulares.
Cada paso crujía sobre vidrios rotos y paquetes secos.
El silencio… era espeso. Como si el supermercado mismo contuviera la respiración.
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—Tú revisa la zona de medicamentos, yo voy por comida —susurró Ariadna. Mason asintió y se perdió entre los pasillos.
Cloe se quedó a su lado, aferrando la linterna pequeña que apenas iluminaba un metro delante de ellas.
El haz de luz pasó sobre un carrito volcado, una caja de cereales deshecha… y huellas.
Marcas húmedas, arrastradas, como si alguien hubiese sido llevado a la fuerza.
Ariadna tragó saliva.
—Cloe… si te digo que te agaches y no te muevas… lo haces.
La niña asintió con un miedo que se reflejaba en sus ojos grandes.
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En la sección de enlatados, Ariadna llenó dos bolsas rápidamente.
El ruido de una lata rodando detrás de ella la hizo girar.
La linterna iluminó un brazo… o lo que quedaba de uno.
La piel colgaba, el hueso expuesto, pero el infectado estaba arrodillado, como si esperara.
Entonces lo oyó.
Un chasquido.
No era un gruñido normal… era un sonido rítmico, agudo, casi como si algo golpeara sus dientes una y otra vez.
De la oscuridad surgieron tres figuras.
No corrían, no gruñían. Solo avanzaban lentamente, ladeando la cabeza… escuchando.
Ariadna apagó la linterna de golpe y empujó a Cloe hacia un estante caído.
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Desde el otro pasillo, un golpe seco y un grito ahogado de Mason.
Ariadna quiso correr hacia él, pero uno de los infectados estaba ya a menos de dos metros, olfateando el aire.
—Mierda… —susurró.
Con un movimiento rápido, lanzó una lata contra el otro extremo del pasillo.
El ruido rebotó en las paredes y las criaturas se giraron al instante, corriendo hacia el sonido.
Aprovechó para arrastrar a Cloe por el suelo, hacia donde había escuchado a Mason.
Lo encontró apoyado contra un estante, con un infectado muerto a sus pies, el cuchillo aún clavado en su cráneo.
Pero Mason estaba peor: la sangre le empapaba el costado, y su respiración era superficial.
—Tenemos que salir de aquí… —jadeó él.
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No fue fácil.
Avanzaron despacio, evitando el ruido, sintiendo el calor del aliento de las criaturas en cada esquina.
Cuando por fin alcanzaron la salida, Ariadna sintió que las piernas le temblaban.
Pero justo cuando iban a pasar bajo la reja, una mano fría sujetó el tobillo de Cloe.
Ariadna reaccionó instintivamente: machete hacia abajo, el sonido húmedo del acero cortando carne y hueso. La criatura soltó, pero el chillido que emitió… no fue como el de un infectado común.
Se oyó una respuesta, más profunda, más lejana.
Algo… los había escuchado.
—Corran —dijo Ariadna, y no miró atrás.
(...)
Perfecto ❤️
Entonces vamos a dar un salto con **Capítulo 27**, donde ese nuevo tipo de infectado —más inteligente y metódico— se convierte en la amenaza central, con un ambiente **claustrofóbico**, de tensión constante, al estilo *A Quiet Place* mezclado con el horror crudo de un apocalipsis zombie.
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El refugio improvisado era una antigua oficina administrativa, oculta detrás de un taller mecánico abandonado.
Habían llegado corriendo, sin intercambiar palabras, y ahora Mason estaba tendido sobre un escritorio cubierto de polvo, apretando una toalla contra su herida.
Cloe se sentó en un rincón, temblando. No lloraba… no podía. Los sollozos harían ruido.
Ariadna cerró la puerta principal y empujó un archivador contra ella.
El silencio en el interior era casi irreal, roto solo por la respiración entrecortada de los tres.
—¿Qué era eso? —preguntó Mason con la voz áspera.
—No lo sé… —Ariadna se arrodilló junto a él—, pero no era como los otros. No se movía por hambre… se movía porque sabía que estábamos ahí.
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Al principio, pensaron que se habían librado.
El mundo fuera estaba quieto, como si el peligro hubiera seguido otro rastro.
Pero entonces lo escucharon: un golpe suave, irregular… como uñas largas raspando metal.
Cloe levantó la cabeza y Ariadna le hizo una seña para que se agachara.
Los pasos eran lentos. Pausados. Calculados.
Se detuvieron frente a la fachada del taller.
No hubo gruñidos. No hubo golpes desesperados.
Solo silencio… y un susurro de aire, como si la criatura olfateara.
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Ariadna apagó la linterna.
Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, y en ese lapso escuchó un sonido que le erizó la piel:
*tac… tac… tac…*
Algo golpeaba el marco de la puerta, tres veces, y luego silencio absoluto.
Mason apretó los dientes.
—Está… probando —susurró apenas audible.
Ariadna lo entendió. No era una bestia salvaje… era un depredador que estaba midiendo su presa.
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Pasaron minutos —o quizás horas— en una tensión insoportable.
Cloe se acurrucó contra Ariadna, aferrando su mano tan fuerte que le cortaba la circulación.
Cada vez que intentaban moverse, el sonido regresaba: el *tac* suave, a pocos metros.
No podía verlo, pero lo sentía.
El aire se volvió denso, cargado de ese instinto primario que te dice que algo te está observando.
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De pronto, un golpe seco contra el archivador.
Uno.
Dos.
Tres.
Y luego un ruido húmedo, como garras rascando la madera.
Ariadna contuvo el aliento.
La sombra pasó por la rendija inferior de la puerta… y se detuvo.
Un ojo, completamente blanco, se asomó por el hueco.
No se movía. No parpadeaba.
Solo miraba.
Cloe soltó un leve jadeo y Ariadna la abrazó, tapándole la boca antes de que el sonido creciera.
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El ojo desapareció.
Segundos después, un estruendo: la criatura estaba trepando por la fachada.
No había ventanas abiertas… pero la azotea era una posibilidad.
Ariadna sacó el machete y señaló a Mason la escotilla del sótano.
Descendieron despacio, la madera crujiendo bajo su peso.
El sótano olía a humedad y aceite viejo.
Apenas pusieron pie allí, un golpe metálico resonó sobre sus cabezas: algo había caído desde el techo.
No les seguía el paso normal de un infectado.
Los estaba **cazando**.
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En la penumbra del sótano, el eco de garras sobre metal se hizo cada vez más cercano.
La criatura no bajaba corriendo: bajaba **despacio**, como si disfrutara del momento.
Mason susurró:
—Esto no es como antes… no podemos quedarnos aquí.
Ariadna lo sabía. Si ese infectado era capaz de pensar, encerrarse era una condena.
Y entonces lo escucharon:
Un segundo par de pasos.
No estaba sola.