Capítulo 38: Presas en la oscuridad
El eco de las garras sobre metal bajaba por la escalera como un arrullo macabro.
Dos depredadores, no uno.
La idea se instaló en la mente de Ariadna como una sentencia de muerte.
El sótano estaba sumido en una penumbra aceitosa, salpicada por el parpadeo débil de una lámpara industrial colgante que apenas se mecía.
El olor era denso: humedad, moho… y algo más, el hedor podrido que acompañaba a los infectados.
—Coge a Cloe —susurró Ariadna a Mason.
—No puedo correr… —murmuró él, apretando la pierna herida—, pero puedo cubrirte.
Un crujido sobre sus cabezas. El polvo cayó desde el techo.
Luego, un *tac… tac… tac* pausado, como un reloj que marca los últimos segundos.
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La escalera chirrió.
Una sombra enorme, encorvada, se dibujó contra la débil luz de la entrada.
El infectado descendió un peldaño, luego otro, como si disfrutara de la espera.
Su piel parecía cuarteada, seca, con vetas negras que se extendían como venas muertas.
No gruñía. Respiraba… largo y profundo… probando el aire.
Ariadna apretó el machete.
El segundo depredador aún no se veía, pero sus pasos se escuchaban detrás, más ligeros, rápidos… como si fueran a acorralarlos.
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—Ahora —dijo Mason.
Ariadna levantó una vieja llave de tuercas y la lanzó hacia la esquina opuesta.
El metal rebotó con estrépito y, por un segundo, ambos infectados giraron la cabeza.
Ese instante bastó.
Ariadna corrió hacia un viejo pasadizo de mantenimiento al fondo del sótano.
El aire ahí era más frío y estrecho; las paredes de ladrillo rezumaban agua.
Cloe tropezó, pero Ariadna la levantó sin soltarla.
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Un rugido seco y un golpe brutal contra el marco del pasadizo.
El primero había encontrado la entrada… y ahora intentaba ensancharla.
Sus garras arañaban el cemento, dejando marcas profundas, como si la pared fuera mantequilla.
Ariadna sabía que no tenían salida fácil: el túnel se curvaba y terminaba en una vieja reja oxidada.
La probó: candado cerrado.
Detrás, el ruido de la pared cediendo.
Delante, la oscuridad absoluta.
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Mason llegó cojeando, una barra de hierro en mano.
—Muévete —dijo—.
La levantó y golpeó el candado.
El metal crujió, pero no cedió.
El rugido se acercaba.
La lámpara de arriba parpadeó una última vez… y se apagó.
Quedaron a oscuras.
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Un golpe final y la pared del pasadizo se abrió como papel.
El primero entró arrastrándose, sus uñas dejando chispas al rozar la barra metálica de la pared.
El segundo apareció detrás, más pequeño, pero con movimientos más veloces, la cabeza ladeada como un perro que huele a su presa.
Ariadna se puso delante de Cloe y gritó:
—¡Ahora, Mason!
Un golpe seco y el candado saltó.
Empujaron la reja y se adentraron en la noche.
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Afuera, el aire frío les golpeó como un puñal.
No tuvieron tiempo de respirar.
El primero salió del túnel como un toro, derribando un bidón oxidado.
Ariadna se giró y le cortó el brazo con el machete; un líquido n***o, espeso, le salpicó la cara, ardiéndole la piel.
El segundo se lanzó sobre Mason, derribándolo, y su boca repleta de dientes afilados quedó a centímetros de su cuello.
Cloe gritó.
Ariadna se abalanzó sobre él, hundiendo el machete hasta el cráneo.
El cuerpo se convulsionó y quedó inmóvil.
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El primero, sin embargo, no se detuvo.
A pesar del brazo cercenado, siguió avanzando, más rápido, más rabioso.
Ariadna retrocedió hasta un viejo pozo de mantenimiento abierto… y cuando estuvo lo bastante cerca, giró sobre sí misma y lo empujó con todas sus fuerzas.
El infectado cayó, golpeando los bordes metálicos, hasta hundirse en la oscuridad.
Solo entonces se escuchó el silencio.
El corazón de Ariadna latía como un tambor.
Miró a Cloe, que seguía aferrada a su mano.
Mason sangraba, pero sonreía débilmente.
—No era como los demás —dijo él.
—No… —respondió Ariadna, mirando la oscuridad del pozo—. Era algo peor.
(...)
El amanecer llegó con un gris enfermo, filtrándose entre nubes bajas y pesadas.
El grupo avanzó por un sendero cubierto de hojas húmedas, siguiendo las indicaciones de Mason: un refugio subterráneo, oculto en la ladera norte, que había visto antes de que todo se derrumbara.
Ariadna no podía dejar de pensar en el depredador del pozo.
La forma en que había resistido la pérdida de un brazo.
Ese silencio casi calculado antes de atacar.
No era un infectado común… era algo diseñado.
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Llegaron a una compuerta de acero medio cubierta por maleza.
El óxido se comía las bisagras, pero el candado estaba nuevo.
Eso significaba una sola cosa: alguien lo había usado *recientemente*.
—No me gusta —dijo Mason, ajustando la barra de hierro—. Si sigue cerrado, no entramos.
—Si seguimos afuera, estamos muertos —respondió Ariadna.
Con un par de golpes secos, la cerradura cedió.
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Un aire viciado, espeso, les golpeó al abrir.
Bajaron por una escalera de metal oxidado que resonaba con cada paso, hasta que la luz natural desapareció.
El pasillo era estrecho, con paredes recubiertas de baldosas blancas que se pelaban como piel vieja.
De vez en cuando, carteles en francés desvaídos: **“Laboratoire de Quarantaine – Section B”**.
A medida que avanzaban, un olor dulzón comenzó a mezclarse con el moho.
No era sangre… era peor.
Como carne guardada demasiado tiempo.
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Llegaron a una puerta gruesa con ventanilla.
Dentro, un laboratorio improvisado: mesas metálicas, probetas, frascos con líquidos amarillentos… y jaulas.
En una de ellas, el esqueleto de algo que había tenido forma humana, pero no del todo.
La caja torácica estaba deformada, más ancha, como si hubiera necesitado espacio para un segundo corazón.
Cloe apretó la mano de Ariadna.
—Parece… el de anoche.
—Lo es —susurró Ariadna—. O… una versión anterior.
Encontraron un archivador volcado.
Entre papeles empapados y fichas manchadas, Mason halló un cuaderno de notas.
Las páginas estaban llenas de dibujos anatómicos: cuerpos abiertos, órganos alterados, implantes de metal fusionados con hueso.
Un párrafo, en tinta corrida, les heló la sangre:
> “Sujetos D-1 y D-2 muestran respuesta positiva al *patógeno omega*.
> Mayor fuerza, resistencia y ausencia de dolor.
> Control mental parcial fallido… tendencia a atacar incluso a operadores autorizados.
> Orden de eliminar si se pierde contención.”
—Sujetos D… —murmuró Ariadna—. Eran más de uno.
—Y siguen vivos —añadió Mason, cerrando el cuaderno.
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Un ruido metálico los hizo girar.
La compuerta por la que habían entrado se cerró con un *clang* seco.
El eco de pasos comenzó a resonar por los pasillos, acercándose.
Lentos… deliberados.
No eran infectados comunes.
Eran los mismos que habían visto… o *algo nuevo*.
Ariadna apagó la linterna.
El silencio era tan espeso que casi dolía.
Hasta que, desde el fondo del pasillo, una voz ronca habló en francés:
—Sujetos detectados. Orden: captura.
Y entonces, las luces del pasillo se encendieron una por una, revelando siluetas enormes avanzando hacia ellos… con algo extraño moviéndose bajo su piel, como si su carne no estuviera del todo quieta.