Capítulo 10 - Bajo la Piel de la Bestia
El eco del metal retumbaba tras ellas. La puerta de la Sección Omega se cerró con un sonido sordo, como si el mismo búnker las devorara. Ariadna sostuvo con fuerza la linterna, guiando a Cloe por el pasillo angosto, donde el aire era más frío, más denso. Las paredes de concreto estaban cubiertas de hongos y moho, y de vez en cuando, manchas oscuras decoraban el suelo, como cicatrices de un pasado violento.
—¿Seguro que es aquí? —susurró Cloe.
Ariadna asintió con la mirada fija al frente. Sabía que el laboratorio debía estar en algún punto más profundo. El pendrive había mostrado planos, pero entre la tensión, el cansancio y el miedo, solo recordaba fragmentos.
Avanzaron con cautela. A lo lejos, se escuchaban goteos, como si algo más respirara con ellas en aquel lugar.
Un rugido seco rompió el silencio.
Ariadna se detuvo de golpe. El sonido no era humano. No del todo. La linterna tembló en su mano. Cloe se pegó a su costado, conteniendo el aliento.
—Tenemos que escondernos —susurró Ariadna, empujando a su hermana tras una antigua consola derrumbada.
Desde la penumbra surgió una figura. Caminaba encorvada, con movimientos rápidos y torpes. Su piel estaba desgarrada, pero sus ojos brillaban con una conciencia que ningún infectado debería poseer. No emitía gemidos, sino respiraciones agitadas, casi humanas. Los músculos de su cuerpo parecían demasiado desarrollados, como si hubiese mutado en algo diseñado para la guerra.
Un segundo mutado apareció detrás del primero. Éste olfateaba el aire como un animal cazador.
Ariadna contuvo la respiración. Cloe se llevó las manos a la boca para no gritar.
Los mutados pasaron de largo.
—Tenemos que movernos ya —murmuró Ariadna—. Esto no es solo un refugio… es un experimento.
Se arrastraron por el pasillo hasta una puerta de seguridad, esta vez abierta de par en par. Dentro, las luces de emergencia aún parpadeaban en rojo. El laboratorio estaba lleno de cápsulas de contención rotas, paneles destruidos, cables colgando del techo. En una pared, la palabra "PROYECTO OMEGA" estaba escrita con pintura negra… o sangre.
Ariadna revisó los escritorios. Halló carpetas, grabadoras, monitores aún encendidos. En uno de ellos, un mensaje en bucle:
> "El experimento falló. No pudimos contenerlos. Si alguien sobrevive… destruyan esta instalación."
—¿Qué hicieron aquí? —susurró Ariadna, hojeando uno de los documentos—. Intentaron modificar el virus… hacerlo más eficiente… híbridos entre humanos e infectados… soldados perfectos.
En ese momento, un estruendo las sacudió. Uno de los mutados había vuelto. Esta vez, no estaba solo. Una horda más pequeña, más rápida, se movía como una jauría controlada. No eran zombis. Eran otra cosa. Algo mucho peor.
—¡Corre, Cloe! —gritó Ariadna, empujándola hacia un pasadizo trasero que daba a una escotilla de mantenimiento.
Corrieron entre alarmas apagadas, pisando restos metálicos y cristales. Atrás, los mutados gritaban con rabia, como si pudieran pensar, como si pudieran planear.
Ariadna lanzó una granada improvisada con una de las cargas que encontró en el laboratorio. El pasillo tembló al estallar, deteniendo a los mutados el tiempo suficiente para cerrar la compuerta.
Jadeando, Ariadna y Cloe cayeron al suelo de una cámara secundaria, lejos del caos momentáneo. Frente a ellas, una nueva pantalla iluminada con el título:
**NÚCLEO DE CONTROL: ACCESO AL REGISTRO DEL COMANDANTE REYES**
—Él sabía algo… —dijo Ariadna en voz baja.
—¿Papá? —preguntó Cloe con esperanza.
Ariadna apretó los dientes, decidida.
—Vamos a averiguarlo.
El eco de los pasos de Ariadna y Cloe resonaba en los túneles de concreto mientras descendían por una escalera metálica en espiral. Atrás quedaban los cuerpos inertes de los mutados que apenas minutos antes les habían emboscado en el pasillo. Ariadna aún sentía el temblor en sus manos, la sangre corriéndole rápido por las venas. Su navaja seguía manchada. El olor metálico se adhería a sus recuerdos.
—¿Estás bien? —le preguntó a Cloe, sin dejar de bajar.
La niña asintió, su rostro pálido pero determinado. Su madurez se había forjado a golpes desde el día uno del apocalipsis. Ya no lloraba. Ya no temblaba. Era parte del mundo roto.
Finalmente, llegaron al nivel más bajo del búnker. Un cartel oxidado colgaba torcido: **"Sección de Investigación Avanzada - Acceso Restringido"**. La puerta de acero estaba entreabierta. Ariadna la empujó con fuerza, y una ráfaga de aire frío y químico las envolvió.
Dentro, el laboratorio parecía congelado en el tiempo. Pantallas cubiertas de polvo. Documentos esparcidos. Tubos de ensayo rotos y cápsulas de contención vacías, algunas aún con marcas de arañazos en su interior. Todo parecía abandonado… pero no destruido. Había orden dentro del caos. Como si alguien hubiera querido dejar un mensaje.
—Mira eso… —susurró Ariadna.
En una de las mesas, una pantalla seguía encendida con una batería de reserva. En ella titilaba un archivo: **"PROTOCOLO OMEGA - CONFIDENCIAL"**. Ariadna conectó nuevamente el pendrive. La pantalla cobró vida y mostró un video.
El rostro del Comandante Reyes apareció. Su expresión era tensa, envejecida por el estrés y la culpa.
> “Si estás viendo esto, significa que la Sección Omega ha sido comprometida. El virus no fue un accidente. Fue una prueba. Fracasamos. Intentamos controlar algo que jamás debimos despertar. Sujetos mutados con habilidades cognitivas… una evolución forzada del virus original. Buscábamos inmunidad. Encontramos algo más.”
Las imágenes que siguieron fueron peores. Pruebas en humanos. Algunos voluntarios. Otros, claramente prisioneros. El rostro del padre de Ariadna apareció en una de las grabaciones, ayudando a evacuar a un grupo de científicos.
> “El coronel Duarte ayudó a salvar parte del personal y algunos datos antes de que los mutados se liberaran. No sabemos si sobrevivió. Pero sin él… no habría esperanza alguna. Este búnker es uno de los últimos puntos de acceso al servidor central. Si alguien llega aquí, deben descargar el archivo 'Proyecto Némesis'. Es la única forma de desmantelar esta red.”
La transmisión terminó.
Ariadna se quedó inmóvil, sintiendo que el peso del mundo se le venía encima. Su padre estaba involucrado. No como creador… sino como héroe. Y ahora había una nueva misión: encontrar ese servidor y exponer la verdad.
—Tenemos que seguir —dijo, con la voz rota pero firme.
Cloe la miró.
—¿Vamos a salvar al mundo?
Ariadna sonrió con tristeza.
—Vamos a intentarlo.
La puerta al siguiente nivel del laboratorio se abrió con un gemido. Las luces de emergencia parpadeaban como corazones moribundos. Y allá abajo, entre cables y sombras, se escuchaban pasos… pero no eran suyos.
Fin del capítulo.