Capítulo 14 - El Núcleo Sigma
El ascensor descendía con lentitud, crujiendo por el peso del tiempo y el abandono. Las luces parpadeaban, y cada segundo que pasaba hacía más evidente que lo que aguardaba abajo no era un simple laboratorio. Era un santuario olvidado… o una tumba.
Ariadna mantenía el arma cerca, la espalda tensa. El cronómetro seguía corriendo. **37:16.** Eso era lo que le quedaba para impedir el final de todo.
Sus pensamientos volvían una y otra vez a Cloe, a su madre en la cápsula, a Lucien sacrificándose por ellas. Y también a su padre… a quien apenas recordaba, pero cuyas decisiones habían marcado cada grieta de su existencia.
La cabina se detuvo con un estruendo seco. Las puertas se abrieron con un gemido metálico, revelando un pasillo circular, bañado por una tenue luz roja de emergencia. A los lados, cámaras de observación reforzadas y pantallas cubiertas de códigos.
Todo estaba en silencio. Demasiado.
---
Ariadna avanzó por el pasillo hasta llegar a una compuerta central, donde un lector biométrico esperaba.
Sin pensarlo, puso la palma de su mano sobre el escáner.
> **"Acceso Alfa confirmado. Bienvenida, Ariadna Vega."**
Las compuertas se abrieron, liberando una ráfaga de aire helado.
Dentro, el núcleo Sigma era una sala gigantesca, circular, iluminada por luces frías y columnas de contención llenas de líquido verdoso. Dentro de algunas, flotaban restos humanos irreconocibles. Experimentos fallidos. Intentos de crear… algo más allá del hombre.
Y en el centro de todo, una cápsula de contención blindada. Transparente. Aislada. Custodiada por una estructura robótica a medio funcionar.
Dentro de la cápsula, un hombre.
Alto. Delgado. Con el rostro demacrado, pero familiar.
—Papá… —susurró Ariadna.
---
Los ojos del hombre se abrieron, como si hubiera estado esperando justo ese momento. No mostraba sorpresa. Solo cansancio. Y algo más: una extraña paz.
—Sabía que vendrías.
Su voz era grave, quebrada por los años y tal vez por los experimentos. Se levantó lentamente, como si el tiempo no le perteneciera.
—¿Por qué? ¿Por qué hiciste todo esto? —la voz de Ariadna temblaba de rabia, de necesidad de respuestas.
—Porque no tenía elección.
Él la miró, y durante un instante, Ariadna vio a ese padre que recordaba de niña. El que le enseñaba a armar pequeños rompecabezas. El que la cargaba sobre los hombros.
—El Proyecto Prometeo fue un error. Nació de la arrogancia humana. Pero Sigma… Sigma es diferente. Sigma era la cura. Era el futuro. Y tú eres la llave.
—¿Llave para qué? ¿Para exterminar lo que queda de la humanidad? ¿Para crear una r**a nueva?
Él bajó la mirada.
—Para limpiar el mundo… de lo que lo destruyó. Incluyéndome.
Ariadna dio un paso al frente. Su dedo en el gatillo.
—Vas a detener el protocolo. Ahora.
El padre la miró, y entonces… sonrió.
—No puedo. Ya no soy quien lo controla. Tú lo eres. Desde que entraste, todo cambió. Tus huellas, tu código genético… desbloquearon la fase final. “Edén” no es un virus. Es un renacimiento. Pero necesita tu decisión.
El entorno comenzó a cambiar. Desde las paredes, surgieron hologramas proyectados por la inteligencia artificial de Sigma. Proyecciones del planeta. Mapas. Puntos rojos esparciéndose como fuego sobre los continentes.
—Tienes dos opciones, hija —dijo él—. Apagar Sigma… y dejar que la humanidad siga su curso. Sobrevivir entre ruinas. Lentamente… extinguirse.
O activar Edén… y permitir que los compatibles, los inmunes, los que evolucionaron, sean el nuevo comienzo. Más fuertes. Más sabios. Sin corrupción.
—¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo si lo hago?
—Te convertirás en lo que siempre debiste ser: la semilla del nuevo mundo.
Ariadna sintió el peso del arma. Pesaba más que nunca.
---
El sistema lanzó un mensaje final:
> **ACTIVACIÓN FINAL EN: 00:02:19**
> **¿CONFIRMAR PROTOCOLO EDÉN?**
> **O**
> **¿DESACTIVAR SISTEMA DEFINITIVAMENTE?**
Su padre la miraba. No como un científico. No como un monstruo.
Como un hombre roto que había cometido errores irreversibles.
—Tú decides, Ariadna.
Ella tragó saliva.
—No me importa lo que pueda ser. Ni los dones que tenga. Yo no vine para reemplazar el mundo. Vine para salvar a mi hermana.
Y sin dudar más, disparó. No al sistema. No al padre.
Al núcleo de energía que alimentaba Sigma.
---
Todo se iluminó en rojo. El suelo tembló. Chispas volaron del techo. Las columnas estallaron una a una.
El padre cayó de rodillas.
—Gracias… —susurró, antes de ser envuelto en una ráfaga de luz y humo.
Ariadna corrió. A través del pasillo. Hacia el ascensor.
—¡CLOE! ¡CORRAN!
El doctor Altmann ya las esperaba. Ariadna cargó la cápsula con Camila como pudo. Subieron al ascensor. Cerraron la compuerta.
Y Sigma… colapsó.
---
Desde lo alto, observaron cómo la instalación entera implosionaba en el suelo, tragada por fuego y escombros. El Proyecto Edén había terminado.
O tal vez… había comenzado de otra manera.
—¿Terminó? —preguntó Cloe, con lágrimas silenciosas.
Ariadna miró a su madre, aún dormida. Luego al horizonte.
—No. Apenas empieza.
(...)
La noche cayó con un silencio que no se sentía en mucho tiempo. El cielo, libre del humo y de la amenaza inmediata, dejaba ver algunas estrellas temblorosas. Ariadna, exhausta, contemplaba desde lo alto del risco el lugar donde había estado el laboratorio Sigma. Ahora, solo ruinas humeantes y grietas en la tierra marcaban la tumba de un secreto demasiado grande para seguir existiendo.
Detrás de ella, en una carpa improvisada, descansaba Camila. Aún conectada a un sistema médico de soporte que Altmann había activado con baterías portátiles, su cuerpo seguía estable. Pero había algo nuevo... una actividad cerebral acelerada. Como si su mente estuviera luchando por regresar.
Cloe dormía aferrada al brazo de su hermana. La niña había resistido más de lo que cualquiera podría imaginar. Ariadna acarició su cabello con ternura, mientras su corazón seguía latiendo al ritmo del miedo. Porque ahora, sin Sigma, el mundo estaba más expuesto. Pero también, más libre.
Altmann se acercó con un cuaderno en la mano. —Los signos vitales de Camila están aumentando. No es solo el sistema que la mantiene viva... es ella. Está intentando despertar.
Ariadna se puso de pie de inmediato, entrando a la carpa. Observó el rostro de su madre, tan sereno y al mismo tiempo tenso, como si estuviera a punto de soltar un grito desde dentro.
—Vamos, mamá... por favor.
Un pitido. Luego otro. Los monitores marcaron un incremento brusco en la actividad cerebral. Camila comenzó a mover los dedos. Su respiración se aceleró. Y finalmente, con un suspiro tembloroso...
Abrió los ojos.
—Ariadna...
La joven soltó una exhalación ahogada. Las lágrimas brotaron antes de que pudiera contenerlas. Se arrojó sobre ella, abrazándola con fuerza.
—Pensé que te había perdido. Pensé que nunca...
Camila la sostuvo con debilidad, sus ojos nublados por la confusión y los medicamentos.
—¿Dónde estamos? ¿Qué ocurrió?
Ariadna tragó saliva, buscando las palabras. —Destruimos Sigma. El protocolo Edén... lo detuvimos. Papá estaba allí. Y ahora estamos fuera. Libres.
Camila cerró los ojos, y por un momento pareció que volvería a dormirse. Pero luego, apretó con fuerza la mano de su hija.
—Tienen que buscar las otras sedes. Sigma no era la única... Edén es solo una fase.
Altmann frunció el ceño. —¿Qué está diciendo?
Camila la miró. Su voz era un susurro apremiante.
—Hay otra instalación. “Olimpo”. El verdadero origen. Ellos nunca pensaron detenerse. Están creando algo peor...
Un temblor sacudió el suelo. Leve, pero real. Ariadna miró al horizonte, donde una nube negra comenzaba a elevarse.
La amenaza no había terminado.
Era solo el siguiente nivel.
Continuara...