Capítulo 13: Ecos del pasado
El eco de la detonación aún retumbaba en sus oídos cuando Ariadna y Cloe, empujando la cápsula criogénica, se adentraron en el nuevo túnel. Era angosto, revestido de tubos oxidados y con el suelo cubierto de polvo y escombros. La linterna parpadeante que Ariadna sujetaba era su único faro.
La figura inerte de Camila Vega, su madre, permanecía en un sueño helado. Ariadna la observaba entre pasos, con el corazón latiendo con fuerza. Era ella. Estaba viva. Y su padre había ocultado esto durante todo ese tiempo. El pasado se entretejía con el presente, y las respuestas aún estaban enterradas en el silencio.
Cloe tropezó, jadeando de agotamiento, pero Ariadna la sostuvo.
—Un poco más, pequeña. Ya casi salimos.
El túnel se extendió durante casi veinte minutos de marcha desesperada, hasta que un compresor de aire oxidado marcó el final. Una esclusa de acceso de emergencia les permitió salir al exterior.
Afuera, la noche había caído. Estaban en una ladera rocosa, rodeada de vegetación y el ulular lejano de un ave nocturna. Las estrellas titilaban frías sobre sus cabezas. Por primera vez en horas, respiraron aire puro.
Ariadna tomó una bocanada profunda y miró el horizonte. A lo lejos, entre los árboles, podía distinguir restos de estructuras de lo que parecía ser un antiguo puesto de vigilancia.
—Allí —señaló, con determinación—. Ahí podríamos escondernos por esta noche.
Mientras empujaban la cápsula con esfuerzo sobre el terreno irregular, el recuerdo de Lucien se aferraba al pecho de Ariadna como una lapa ardiente. Su sacrificio había sido brutal, inesperado. Pero también había abierto un nuevo camino.
Cuando llegaron al puesto abandonado, Ariadna aseguró las entradas con los restos de mobiliario. El lugar tenía generadores viejos y una terminal oxidada, pero funcionaba. Un golpe de suerte.
Cloe se quedó dormida junto a la cápsula, abrazando el peluche desgastado que había cargado todo el viaje. Ariadna, en cambio, activó la terminal y comenzó a revisar los datos recuperados del laboratorio. Archivos, grabaciones, notas.
Una grabación de su padre apareció. El rostro del hombre era más joven, pero con los ojos cansados.
> "Prometeo fue un error. El virus no se comporta como esperábamos. Algunos sujetos presentan evoluciones... distintas. Mi hija está desarrollando inmunidad. Y Camila... Camila no debió haber participado. La metí en esto. No puedo perdonarme. Pero puedo protegerlas."
Ariadna se tapó la boca, ahogando un sollozo. Había tanto dolor en esas palabras, tanta culpa.
Cerca del final del archivo, el rostro de su padre se inclinó hacia la cámara.
> "Si algún día ves esto, Ari... busquen a la Dra. Lorraine Heller. Ella fue parte de Prometeo. Está viva. Se escondió en las ruinas del complejo Sigma, al norte del valle. Ella sabe lo que viene."
Con esa pista encendida en su mente, Ariadna supo que no podía quedarse mucho tiempo. Sigma. Allí podría encontrar no solo respuestas, sino una forma de salvar a su madre... y a todos.
La noche avanzó entre silencio y pensamientos. Afuera, en la profundidad del bosque, un grito agudo y distorsionado cruzó la oscuridad.
Los mutados también habían salido.
Y estaban cazando.
El túnel era angosto, húmedo y parecía no tener fin. El carro de transporte que arrastraba la cápsula criogénica con Camila Vega avanzaba con lentitud, impulsado por una batería auxiliar de emergencia. Ariadna, con Cloe aferrada a su cintura, miraba hacia atrás cada pocos metros, esperando ver las sombras deformes de los mutados persiguiéndolas… pero no llegaban. No todavía.
Lucien había cumplido su promesa: había ganado tiempo.
—¿Estará viva… de verdad? —preguntó Cloe, rompiendo el silencio con un hilo de voz.
Ariadna apretó los labios. No podía responderle aún. Su madre. Camila. Congelada. ¿Por qué? ¿Desde cuándo?
—Eso vamos a averiguarlo en Sigma —dijo Ariadna, más para convencerse a sí misma que a su hermana.
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El túnel terminó en una compuerta oxidada con el símbolo de un tridente rojo y una palabra que Ariadna no había visto hasta ahora: **SIGMA**. Debajo, una advertencia medio borrada decía:
> **"Acceso restringido. Zona experimental. Personal con autorización clase Alfa únicamente."**
La cápsula se detuvo. El terminal de acceso parpadeó, exigiendo verificación.
Ariadna sacó el pendrive y lo conectó. Por un instante, temió que no funcionara. Pero entonces, la pantalla cambió:
> **“Acceso concedido. Bienvenida, Ariadna Vega. Nivel Alfa confirmado.”**
Las puertas se abrieron con un sonido chirriante y liberaron una bocanada de aire viciado que olía a electricidad quemada y metal viejo.
Entraron.
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La instalación Sigma era completamente distinta a Kappa. Más oscura. Más industrial. Parecía una base construida con fines ocultos, no solo científicos. Había salas selladas con materiales ignífugos, cámaras de observación reforzadas, torretas de seguridad desactivadas y un centro de mando en el corazón del complejo.
Allí, en una mesa de comando cubierta de polvo, descansaba una tablet encendida con un solo archivo titulado: **“PROTOCOLO EDÉN.”**
Ariadna pulsó el acceso.
Un holograma emergió. Su padre, otra vez.
—Si llegaste hasta aquí, Ariadna, es porque todo ha comenzado a colapsar. Sigma es el punto final del Proyecto Prometeo… y el inicio del Proyecto Edén.
Cloe observaba sin comprender, pero atenta.
—Aquí encontrarás la verdad. Sobre ti. Sobre tu madre. Y sobre lo que hicieron conmigo. El virus fue solo el comienzo… Querían más. Querían controlar la evolución misma.
La grabación se cortó.
Ariadna estaba a punto de lanzar la tablet contra la pared cuando una figura se movió tras la mampara de vidrio de observación.
Alguien estaba vivo allí dentro.
Abrieron la cámara con cautela. Ariadna sostuvo su arma. Cloe se quedó atrás, escondida tras la cápsula criogénica.
Un hombre se encontraba dentro de la sala. Delgado, demacrado, con una bata de laboratorio hecha jirones y una mirada perdida.
—¿Ariadna Vega? —susurró él, como si viera un fantasma.
—¿Quién eres? —exigió ella.
—Soy el doctor **Sven Altmann**. Fui parte del equipo que supervisó la criogénesis de tu madre. No debiste venir aquí.
—¿Por qué? ¿Qué hicieron?
Altmann se derrumbó en una silla oxidada. Parecía no haber dormido en días. Tal vez en semanas.
—Sigma fue el verdadero laboratorio. Kappa solo era una fachada. Aquí perfeccionaban los híbridos… no para salvar a la humanidad, sino para reemplazarla.
Ariadna sintió un nudo en el estómago.
—¿Y mi madre?
—Era la única compatible. Tu padre la ofreció… porque ella era inmune. Logramos mantenerla viva. Pero nunca nos perdonó lo que hicimos. Intentó sabotear el proyecto. Fue entonces cuando él… él la colocó en criostasis. Para protegerla… o castigarnos. Nunca lo sabré.
—¿Y por qué yo soy… compatible?
Altmann la miró con un temblor en los labios.
—Porque no solo heredas su inmunidad. Heredas su código. El Proyecto Edén está diseñado para activarse… contigo.
La palabra **Edén** apareció de nuevo en un monitor a espaldas de Altmann. Un conteo regresivo comenzó sin previo aviso.
> **EDÉN: Protocolo de Liberación Viral en 00:58:43**
Ariadna corrió hacia el panel. No entendía del todo lo que veía, pero reconocía suficientes elementos: una dispersión aérea desde las coordenadas del búnker. Una liberación total. Global.
Altmann se incorporó, presa del pánico.
—¡Tu presencia activó el protocolo! ¡Debemos detenerlo!
—¿Cómo?
—Hay un núcleo de control en el núcleo Sigma. Pero está abajo. Mucho más abajo. Solo alguien con acceso Alfa puede detenerlo… o destruirlo.
Ariadna cerró los puños. Había perdido a Lucien. Había perdido a tantos. No permitiría que todo terminara allí.
—¿Qué me espera en ese núcleo?
Altmann tragó saliva.
—El primer sujeto Alfa. Tu padre. Fue la primera prueba. Y… sigue vivo.
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El silencio lo llenó todo.
Ariadna se volvió hacia Cloe, que la miraba con los ojos muy abiertos.
—Quédate con el doctor. Protege a mamá. Yo voy a detener esto.
—No quiero que vayas sola… —murmuró la pequeña.
—Siempre estoy contigo, Cloe. Siempre —dijo Ariadna, besando su frente.
Luego tomó su arma, la tablet con los accesos, y se adentró en el ascensor de emergencia que la llevaría al **Núcleo Sigma**… donde la espera una última verdad.
O una última traición.