Perfecto. Continuemos con el **Capítulo 25** de *Ruinas del Silencio*. Este nuevo episodio desarrollará más el horror, el suspenso psicológico y un drama potente que marcará emocionalmente a Ariadna. Seguiremos justo donde quedó el anterior: con ellas ocultas en la morgue subterránea de la Sección Kappa, atrapadas… y con algo que se mueve entre los cadáveres.
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Capítulo 22: El susurro bajo la carne
El silencio en la cámara mortuoria era opresivo, como si cada centímetro de aire estuviera infectado por la muerte. Ariadna mantenía a Cloe entre sus brazos, envuelta en una manta raída, y el vaho de su respiración formaba pequeñas nubes frente a su rostro. La cápsula con su madre seguía junto a ellas, intacta, pero cada segundo en ese lugar parecía arrastrarlas más al borde de la locura.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —susurró Cloe, con la voz débil.
Ariadna no respondió. Estaba demasiado concentrada en el ruido que acababa de oír.
Un arrastre húmedo... proveniente del pasillo exterior. Como si algo, o alguien, se estuviera moviendo arrastrando los pies, con huesos que crujían al doblarse en ángulos imposibles.
Lucien no había vuelto.
Y eso la aterraba.
Avanzó hasta la compuerta más cercana y se agachó para mirar por la rendija inferior. No se veía nada. Pero se escuchaba… una especie de respiración húmeda, inestable. No era humana. Ni tampoco completamente mutada. Era algo… intermedio.
Algo que no debería existir.
Ariadna retrocedió con el pulso desbocado. El monitor del criosistema de su madre emitió un pitido suave, señalando una actividad cerebral mínima. Su madre seguía viva… pero algo en la pantalla cambió. Las ondas cerebrales fluctuaban de manera errática, como si estuviera soñando. O peor… recordando.
De pronto, las luces parpadearon. No solo en la morgue: en todo el complejo. Un apagón parcial sumió la sala en penumbras.
—Ari… tengo miedo —susurró Cloe.
—Shh… no hagas ruido.
Pero era tarde.
Un golpe brutal retumbó en la compuerta exterior. Luego otro. Y otro más.
Como si algo quisiera entrar. Algo desesperado. Algo hambriento.
Ariadna sujetó una de las herramientas quirúrgicas oxidadas del lugar. Era apenas una defensa. Pero era todo lo que tenía.
Los golpes cesaron.
Un segundo de silencio absoluto.
Y luego… una voz deformada, grave, inhumana, murmuró desde el otro lado de la puerta:
—**Ariadna…**
Su nombre, pronunciado por una garganta que no debía poder hablar. Su nombre, arrastrado con un tono tan familiar que la sangre se le congeló.
—No… no puede ser… —murmuró, paralizada.
La voz continuó:
—No debiste venir aquí… Ellos la despertaron. Ya no está dormida. Y ahora… vendrá por ti.
La compuerta se abrió de golpe, con un crujido metálico ensordecedor.
Pero no había nadie allí.
Solo una cosa: una figura humanoide, encorvada, desnuda, con la piel desgarrada y los ojos negros como pozos vacíos. Sus uñas parecían huesos afilados. Estaba cubierta de cicatrices quirúrgicas. Y en su pecho, tatuado con un marcador genético:
**Sujeto Beta.**
**Origen: Prometeo 3.**
**Nombre original: Lucien Ferrer.**
—No… —susurró Ariadna, sintiendo cómo se le quebraba el alma.
Ese ser no era Lucien.
No del todo.
Avanzó torpemente hacia ellas, con movimientos entrecortados, como si su cuerpo luchara por seguir un orden perdido. Pero sus ojos… algo en su mirada aún retenía una chispa. Algo que la reconocía.
—Ari… da… —intentó pronunciar, con la voz rota y sangrante.
Ariadna sintió que el horror se mezclaba con una tristeza infinita. Lucien se había quedado atrás para que ellas escaparan. Y ahora… era esto. Un experimento. Un monstruo incompleto. Una marioneta en manos del Proyecto Prometeo.
Cloe lloraba, abrazada a la cápsula de su madre. Ariadna levantó el arma quirúrgica, con la mano temblorosa.
—¿Eres tú? ¿Todavía estás ahí?
Lucien dio un paso más.
Y se detuvo.
Se llevó las manos a la cabeza como si luchara consigo mismo. Luego miró a Ariadna, y por un instante, sus ojos volvieron a ser humanos.
—Corre.
Y se lanzó hacia el pasillo, rugiendo como un animal. Un enjambre de criaturas que los seguía desde los túneles lo envolvió enseguida. Gritos, desgarraduras, sangre.
Ariadna gritó su nombre.
Pero ya no quedaba nada de él.
(...)
La joven corrió con Cloe por un pasillo lateral, guiada solo por la tenue luz de emergencia. A lo lejos, apareció una escalera de acceso restringido, con una inscripción oxidada:
> **Acceso directo: Torre de Comunicaciones Gamma.**
Era su única salida. Apretó el botón de apertura. Cerrado. Lo forzó. Tampoco. Entonces vio algo en el suelo.
Un carnet militar… **con su nombre.** Su propio carnet, que creía haber perdido en Cold Spring.
Y un mensaje escrito en sangre en la pared:
> **“Solo las hijas del proyecto pueden salir.”**
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El horror no había terminado.
Ariadna sabía, mientras cargaba a su hermana y abría la compuerta manualmente con el código de su padre, que lo peor no era el virus.
Ni los zombis.
Ni los experimentos.
Lo peor era descubrir que ella también era parte de todo eso.
El Proyecto Prometeo no buscaba salvar al mundo.
Quería recrear uno nuevo.
Y ella… era una pieza clave.
Con el chirrido del metal abriéndose, Ariadna y Cloe entraron a la torre Gamma. Un último susurro sonó desde las sombras.
—Ella ya despertó. Y va por ustedes.
No estaban listo para lo que venia y menos tener que luchar contra alguien que ellas mismas amaban tanto es era una jugada terrible por parte del destino y no esperaba menos al saber que su padre las ha metido a ese enredo tan gigantesco al usarlas como si fueran ratones de experimento mas que todo a su madre que hacía tiempo que ambas pensaron que estaba muerta ahora resulta que no.
Ariadna estaba segura de cuando viera a su padre le iba a reclamar por primera vez en su vida esto que esta haciendo y lo despreocupado que ha sido toda la vida desde que tiene uso de razón...