Capítulo 23 Oscuridad
La Torre Gamma estaba sumida en una oscuridad casi total. Las luces de emergencia parpadeaban intermitentes, dejando franjas de luz roja sobre los muros agrietados. Ariadna subía las escaleras con Cloe en brazos, jadeando, la adrenalina impulsando cada paso. Sus brazos dolían, pero no se detendría. No ahora. No después de perder a Lucien.
—Vamos, Cloe... un poco más —murmuró, apretando los dientes.
Llegaron a una puerta de acero con el símbolo del Proyecto Prometeo grabado en su superficie. Ariadna pasó el carnet de su padre por el lector. Un zumbido metálico y un sonido de desbloqueo precedieron a la apertura de la puerta. Dentro, la torre revelaba su verdadero propósito: no era una estación de comunicación. Era un **centro de vigilancia**, lleno de pantallas encendidas que mostraban diferentes zonas del complejo y de la superficie.
Cloe se bajó de sus brazos y se acercó a una de las pantallas.
—Ari... mira.
Ariadna se acercó. En una de las grabaciones en bucle se veía un laboratorio iluminado en tonos fríos. Dentro, una figura femenina, de cabello oscuro, estaba sentada frente a un espejo, conectada a cables que se extendían desde su espalda hasta una estructura orgánica en el techo. Su rostro era una versión distorsionada de Ariadna.
—¿Qué demonios...?
Una voz salió del altavoz central, fría y metálica:
> “Unidad A-001: Activa. Estado: Consciente. Fusión exitosa. Instinto superior establecido.”
Las pantallas cambiaron. Imágenes del pasado. De su padre discutiendo con científicos. De su madre conectada a una cápsula similar. De experimentos con niños. De Ariadna, aún niña, caminando entre quirófanos, inconsciente de lo que era.
—No puede ser...
Un archivo se abrió automáticamente en la terminal principal:
> **"Informe final: Proyecto Ariadna"**
Su nombre. Su existencia. Todo había sido diseñado. Ella no era solo la hija de un comandante.
Era el **resultado de una fusión genética** experimental entre su madre y un modelo mutado primario. La perfección del equilibrio entre humano y depredador. La **célula de reinicio** del mundo.
Detrás de ellas, algo comenzó a rasgar la puerta por la que habían entrado.
Ariadna giró hacia Cloe y la tomó de los hombros con urgencia.
—Escúchame: pase lo que pase, corre hacia el ascensor de mantenimiento. No mires atrás.
—Pero Ari...
—¡Hazlo, Cloe!
La niña asintió entre lágrimas.
La puerta se partió, y de ella emergió una figura alta, de piel pálida, ojos negros sin iris, y una sonrisa grotesca que se abría hasta los pómulos. Era ella. **La otra Ariadna.**
Un espejo mutado de su ser.
Ambas se miraron.
Una estaba hecha para salvar.
La otra... para destruir.
El duelo había comenzado.
(...)
La oscuridad era densa y palpitante, como si el aire mismo respirara miedo. Ariadna cayó de rodillas, jadeando, mientras su doble mutado emergía de las sombras, con ojos que brillaban como carbones encendidos y una sonrisa antinatural dibujada en un rostro casi humano.
—Eres una abominación —murmuró Ariadna, empuñando la pistola temblorosa en sus manos—. No eres yo.
La criatura ladeó la cabeza. Su voz era una mezcla de la suya propia, distorsionada, casi burlona:
—Soy lo que nacería si dejas que el odio y el miedo ganen.
Mientras tanto, en otro pasillo del laboratorio, Cloe corría a través de los túneles, sosteniendo con fuerza el cuaderno que había encontrado. Las luces de emergencia parpadeaban, proyectando sombras que se movían como espectros. Escuchaba los gruñidos de los infectados aproximándose, arrastrando cadenas, arañando las paredes.
—Vamos, vamos... —susurró para sí misma, intentando recordar el camino que el sistema marcaba. La salida secundaria debía estar cerca.
En la sala principal, Ariadna disparó. Una, dos veces. Las balas impactaron en el cuerpo mutado, pero éste solo retrocedió levemente. Gritó con un tono sobrehumano, cargado de rabia, y se lanzó sobre ella. Ariadna cayó al suelo, bloqueando los golpes como podía. En un instante de claridad, hundió un bisturí oxidado que había recogido en el pecho de la criatura.
—No soy tú. Nunca seré eso.
El mutado se derrumbó con un chillido que estremeció los cimientos del laboratorio. La sangre negra se extendió por el suelo como tinta.
En los túneles, Cloe encontró una compuerta de emergencia. Introdujo el código que había memorizado del cuaderno. Por un segundo, nada pasó. Luego, el sonido mecánico de los seguros liberándose. La puerta se abrió.
Cloe gritó:
—¡Ariadna! ¡Por aquí!
Ariadna, herida, con la ropa rota y los ojos enrojecidos, corrió a través del pasillo. Vio a su hermana, y por un instante, el mundo se alineó de nuevo. Corrió hacia ella, y juntas cruzaron la puerta justo cuando una horda de mutados doblaba la esquina.
La compuerta se cerró con un golpe sordo.
Al otro lado, solo quedaba el eco.
Las dos hermanas cayeron al suelo, exhaustas. Ariadna abrazó a Cloe con fuerza.
—Lo logramos. Estamos vivas.
Pero ambas sabían que no era el final. El cuaderno en manos de Cloe contenía más que rutas de escape. En sus páginas, había nombres. Fechas. Proyectos.
Y una frase subrayada con tinta roja:
"Fase Final: Activación Prometeo - Sujeto A."
Ariadna la leyó en silencio.
—Sujeto A... soy yo.
(...)
La oscuridad de los túneles se tragaba cada paso que Ariadna y Cloe daban, seguidos por el eco de su respiración agitada. A sus espaldas, el mutado seguía rugiendo, arañando los pasadizos de concreto como un animal salvaje enjaulado.
El aire estaba impregnado de humedad, óxido y algo más profundo: el olor de la descomposición antigua. Las linternas parpadeaban intermitentemente, lanzando destellos de luz sobre paredes marcadas con símbolos técnicos, números de sección y manchas de sangre seca.
—¿Dónde estamos? —susurró Cloe, aferrándose al brazo de su hermana.
—Debajo del complejo. Esto debe ser parte del sistema de evacuación militar… o algo peor —murmuró Ariadna, enfocando su linterna sobre una vieja terminal electrónica empotrada en la pared.
Al encenderla, la pantalla chispeó y luego desplegó una serie de archivos codificados. Uno de ellos llevaba el nombre: **PROTOCOLO NEMESIS**.
Ariadna insertó el pendrive, y una nueva carpeta se desplegó. Videos borrosos comenzaron a reproducirse: científicos trabajando sobre cuerpos humanos, soldados inyectados con un suero gris, gritos apagados por muros de acero. La imagen de su padre apareció en uno de los clips, dirigiendo una operación.
—Está vivo… —dijo con un nudo en la garganta.
Pero antes de que pudieran seguir explorando, un chillido metálico recorrió el túnel. El mutado estaba cerca, más rápido de lo que habían pensado. Ariadna guardó el pendrive, tomó a Cloe de la mano y comenzaron a correr.
Llegaron a una sala más amplia, con estructuras colapsadas y antiguos laboratorios portátiles abandonados. Dentro, tubos criogénicos rotos, jeringas vacías y documentos mojados por filtraciones.
Cloe se detuvo frente a una de las cápsulas.
—Ari… hay alguien dentro.
Ariadna apuntó con la luz. Dentro de la cápsula sellada había un adolescente, conectado a varios cables. Un monitor mostraba signos vitales. Su rostro le era familiar.
—Es el chico del video… el Sujeto A.
Un rugido sacudió las paredes. El mutado entró a la sala.
—¡Cubre a Cloe! —gritó Ariadna, sacando el arma que apenas le quedaban dos balas. Disparó al mutado, directo al ojo, logrando frenarlo por unos segundos. Fue suficiente para que corrieran hacia una trampilla en el suelo.
La abrieron y descendieron aún más profundo.
La oscuridad era total. Y en el fondo, una voz electrónica dijo:
> "Bienvenidas al Proyecto Némesis. Fase tres iniciada."
Ariadna sintió el verdadero horror.
**Fin del capítulo.**