Capítulo 27: El abismo tras los ojos

1509 Words
Capítulo 27: El abismo tras los ojos El hedor a sangre y putrefacción aún se aferraba a sus ropas cuando Ariadna salió del túnel, arrastrando a Cloe tras de ella. La noche había caído, más negra que de costumbre, como si el cielo también lamentara lo que habían presenciado un hecho que marcaría de ahora en adelante la historia de ambas chicas. A su lado, su padre apenas podía mantenerse en pie. Su rostro estaba empapado en sudor, los ojos vidriosos y la respiración agitada. Aun así, intentaba mantenerse firme, con una mano presionando la herida en su costado. Esa maldita mordida. —Papá, tenemos que detenernos —susurró Ariadna, sabiendo que los segundos se deslizaban entre sus dedos como arena. —No... tenemos que llegar al refugio —masculló él, pero su voz tembló. Las linternas apenas les daban visibilidad en aquel bosque retorcido. El camino al búnker de Cold Spring estaba cerca, según el mapa. Pero algo iba mal. Muy mal. Desde que salieron del hospital, no había pasado ni una hora y ya podía ver el cambio en los ojos de su padre. No era solo fiebre. Era eso una terrible transformación un tanto dolorosa por el virus que ha tomado la iniciativa de activarse en el cuerpo de su padre que estaba luchando por ganar la batalla pero a su vez es el primer infectado directamente que ha resistido porque anteriormente todos se convertían en un periodo de tiempo algo rápido. El virus estaba ganando y eso es una gran desventaja para ambas chicas. Cuando por fin encontraron un viejo cobertizo en ruinas, Ariadna casi se desmorona de agotamiento. Acomodó a su padre contra la pared, lejos de Cloe, que dormía profundamente, extenuada y sin comprender el horror que se avecinaba. —Ari... escucha... —La voz de su padre sonaba más lejana que nunca, ronca y desfigurada. Ella se arrodilló frente a él, con el alma hecha trizas. —Voy a buscar ayuda. Voy a llegar al búnker y traer lo que necesitemos. —No hay tiempo... hija. —Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Ariadna retrocedió instintivamente. Luego él levantó la vista. Sus ojos... ya no eran del todo humanos. Tenía las pupilas dilatadas, negras como pozos sin fondo. Pero aún *era él*. Aún había dolor. Y miedo. —Te quiero. No dejes que le haga daño a tu hermana... ni a ti. Si pierdo el control... ¡hazlo, Ariadna! Ella lloraba. No podía evitarlo. Sabía que ese momento llegaría, pero nada podía prepararla para *esto*. La noche se llenó de ruidos extraños. Murmullos guturales en la distancia. Algo se movía fuera del cobertizo. Ariadna tomó su cuchillo, se puso frente a Cloe, y vigiló a su padre con el corazón hecho un nudo. Entonces ocurrió. Un grito ahogado. Su padre cayó al suelo, convulsionando. Sus huesos crujieron. Su piel comenzó a tensarse. La vena del cuello palpitaba con fuerza. Ariadna lo vio transformarse... pero diferente a los demás. No se volvió completamente zombi. Sus dientes se alargaron, su mirada se tornó feroz, sus movimientos erráticos... pero aún no la atacaba. —Papá... Él levantó la cabeza. Ya no podía hablar. Pero... *no la atacó*. Se acercó a Cloe dormida. Ariadna saltó entre ellos, lista para acabarlo si era necesario. Pero él se detuvo. Sus ojos volvieron a los de antes. Por un instante. Un suspiro entre el monstruo y el hombre. Luego se volvió hacia la puerta del cobertizo... y con una fuerza inhumana, la abrió de un golpe. Los zombis habían llegado. Y él... *los enfrentó*. Gritando como un demonio. Matando. Protegiendo. (...) Ariadna solo pudo observar, paralizada por el terror y la esperanza. Su padre, atrapado entre dos naturalezas, se sacrificaba. Su humanidad resistía. Por ellas. Pero sabía que eso no duraría para siempre. El horror solo había comenzado (...) El aire estaba pesado, cargado de humedad, sangre y cenizas. La tormenta había amainado afuera, pero dentro de la cabaña donde Ariadna y Cloe se habían refugiado junto a su padre, el verdadero huracán apenas comenzaba. Aquel lugar, un antiguo puesto de vigilancia forestal abandonado, se alzaba como un santuario temporal entre la locura del mundo, pero no por mucho tiempo. El hombre que yacía en el colchón improvisado ya no era del todo el mismo. —Papá… —susurró Ariadna, arrodillada junto a él. Su piel estaba más pálida. Las venas se marcaban bajo su cuello. El sudor frío empapaba la camisa militar rasgada. Sus ojos —aquellos ojos marrones duros como piedra que siempre la miraron con juicio— ahora parecían… asustados. Temblando, él llevó su mano temblorosa hacia la de su hija. —Ariadna… ¿Estás… estás bien? Su voz era apenas un murmullo, ronca, entrecortada. Pero aún era su voz. Ella no pudo evitar soltar una lágrima. —Sí, estamos bien. Cloe también. La niña dormía a pocos metros, envuelta en mantas. Cansada. Inocente. Como si todo esto fuera solo un mal sueño del que podrían despertar pronto. Él la miró. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. —Recuerdo… cuando eran niñas. Siempre supe que eran fuertes. Pero tú… tú eres fuego, Ariadna. Ella apartó la mirada, luchando con la rabia que llevaba dentro desde que él las había dejado solas. Pero ahora, con la muerte tan cerca, esa rabia empezaba a pudrirse, a perder sentido. —No digas esas cosas —murmuró—. No estamos listas para perderte. —No estoy perdido todavía —susurró él con una sonrisa torcida, pero su cuerpo tembló violentamente, los músculos tensándose en espasmos. Ariadna contuvo el aliento. Los ojos de su padre se pusieron vidriosos, y por un momento... vio algo oscuro cruzar por su rostro. El virus. La cosa que lo carcomía por dentro. El zombi intentando salir. Y entonces, como si fuera consciente del cambio, él susurró: —Quiero… un momento. Solo uno. Solo esta noche. --- Contra todo instinto, Ariadna despertó a Cloe. —¿Qué pasa? —preguntó la niña, medio dormida. —Papá quiere vernos. Está… lúcido. Los ojos de Cloe se iluminaron con una chispa de emoción. En silencio, ambas se acercaron a él, que ahora estaba sentado, envuelto en una manta, con la linterna encendida alumbrando un viejo cuaderno y un lápiz. —¿Se acuerdan de las historias que les contaba sobre el mar? —preguntó él, con un leve tono nostálgico. —¡Sí! Las sirenas, los barcos de guerra, el faro rojo que parpadeaba como un ojo gigante… —dijo Cloe, emocionada. Él rió. Una risa suave, ahogada, pero real. —Siempre quise llevarlas. Nunca pude. La vida, el deber… Fui un idiota. Ariadna lo miró. Y por primera vez… lo perdonó un poco. —Entonces… dibújanos. Llévanos allí —dijo ella, colocando el cuaderno sobre sus piernas. El padre empezó a dibujar con manos temblorosas. No era perfecto. Pero ahí estaban: las tres figuras bajo el cielo estrellado, el océano brillante, la costa solitaria. Cloe en sus hombros, Ariadna recogiendo conchas. Como si en otra vida hubieran tenido una familia normal. Cuando terminó, se lo entregó a Ariadna. —Esto… es lo único que puedo darles ahora. Cloe abrazó a su padre con fuerza. Y él… la abrazó de vuelta, apretándola con ternura. Ariadna se le unió. Por unos segundos, fueron una familia. No soldados. No sobrevivientes. Solo padre e hijas. --- Pero la noche no perdonaba. A la madrugada, Ariadna despertó sobresaltada. Escuchó un ruido seco. Un gruñido. El crujir de huesos. Se levantó y vio la manta en el suelo. Su padre ya no estaba en el colchón. La linterna parpadeó. Y entonces lo vio: su silueta encorvada junto a la puerta. El cuerpo temblando. La mandíbula desencajada. Los ojos… vacíos. —Papá… —susurró. Él se volvió hacia ella. Por un instante, el brillo en sus ojos pareció regresar. Un último destello de humanidad. —No… te acerques —gruñó. Su voz sonaba como si viniera desde una caverna. Ariadna levantó el cuchillo. No por miedo. Por amor. Por si tenía que… Pero él levantó la mano. La misma que alguna vez le enseñó a andar en bicicleta. —Ciérrame aquí… hasta que termine. No dejes que la cosa que viene después… las lastime. Ella tembló. Lloró. Pero obedeció. Cerró la puerta con el candado oxidado. Y desde el otro lado, su padre dijo: —Gracias… por darme ese momento. Gracias por perdonarme… aunque sea un poco. Y entonces empezó a golpear la pared. A arañar. A gruñir. El monstruo había despertado. Pero Ariadna solo se quedó allí, con el cuaderno en las manos y Cloe aferrada a su cintura, sabiendo que lo habían perdido… pero también que lo habían recuperado, aunque fuera por un instante a ese padre amoroso que siempre había deseado tener a su lado y que aunque no fue perfecto y fue muy duro con ella le enseñó a ser fuerte en los momentos mas duros de su vida y eso lo amaba. Esperaba que en algún momento pudiera volver a verlo normal y vivir un día familiar...
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