Capítulo 28: Donde duelen los silencios

1387 Words
Capítulo 28: Donde duelen los silencios La noche había caído otra vez. El bosque que rodeaba el refugio parecía guardar silencio en señal de luto. Ni el canto de los grillos se atrevía a quebrar la calma triste que llenaba el aire. Ariadna no había dormido. Se mantenía sentada, de espaldas a la puerta donde su padre, o lo que quedaba de él, seguía encerrado. A veces aún lo oía gruñir, rasguñar con las uñas contra la madera. Era un sonido lejano, apagado, como un recuerdo que no quería desaparecer. En su regazo descansaba el cuaderno con el dibujo: la playa, las tres figuras, el mar eterno. Su mano temblaba al tocar el trazo tembloroso de su padre, como si aún pudiera sentir su calor. A unos metros, Cloe dormía. Pero no era un sueño tranquilo. La niña se revolvía entre las mantas, murmuraba en sueños. Lágrimas resbalaban por sus mejillas cerradas, sin que nadie las viera. Hasta que de pronto, se incorporó con un grito ahogado. —¡Papá! Ariadna corrió hacia ella, la rodeó con los brazos y la sostuvo mientras Cloe sollozaba. —Shhh… tranquila, ya pasó —susurró, con la voz hecha pedazos. Cloe escondió el rostro en su pecho. —Lo vi en mi sueño… estaba bien. Me abrazaba y me decía que íbamos a ir al mar, que íbamos a vivir en un barco y recoger conchas todos los días… ¡Y luego gritaba! Gritaba como un monstruo… ¡y tenía sangre en la boca! Ariadna la apretó con fuerza, sintiendo cómo la niña temblaba como una hoja en su regazo. —Lo sé, lo sé… Yo también lo soñé —admitió en un susurro. Hubo un largo silencio. Solo el murmullo lejano del viento colándose por las rendijas. Entonces, Cloe habló: —¿Por qué tuvo que pasar esto? Ariadna tragó saliva. —No lo sé. —¿No hay manera de curarlo? ¿De que vuelva a ser él? La mayor negó lentamente con la cabeza. —No, Cloe. Ya no. Cloe bajó la mirada, con el ceño fruncido. —Entonces… ¿por qué no lo mataste? Ariadna sintió un nudo en el pecho. Miró hacia la puerta cerrada con candado. —Porque… aún había algo de él ahí. Porque nos dio algo que nunca tuvimos. Un momento. Y… no podía matarlo justo después de eso. No pude. —¿Y si escapa? —Entonces estaré lista. Cloe la miró fijamente. Sus ojos ya no eran tan infantiles como antes. Había algo nuevo en ellos: una herida abierta. Una fractura. —A veces te odio por ser tan fuerte —dijo, de pronto. Ariadna parpadeó, sorprendida. —¿Qué? —¡Tú siempre sabes qué hacer! ¡Siempre estás seria! ¡Siempre eres la valiente! —sollozó Cloe, apretando los puños—. ¡Y yo… yo solo quiero gritar, llorar, correr hasta que me duelan los pies y fingir que todo esto no está pasando! Ariadna sintió cómo su propio control empezaba a desmoronarse. —¿Crees que yo no quiero hacer eso también? —alzó la voz, por primera vez en semanas—. ¿Crees que no quiero tirarme al suelo y gritar hasta quedarme sin aire? ¿Crees que no me muero por dentro cada vez que tengo que tomar una decisión que podría matarnos a las dos? Las palabras salieron a borbotones. Sin filtro. Crudas. Verdaderas. —Yo también lo amaba, Cloe. También esperé años por una sola palabra suya, por un abrazo, por un “lo hiciste bien”. Y cuando al fin nos lo dio… el mundo ya se lo estaba tragando. Cloe empezó a llorar, fuerte, desgarradoramente. —¡No es justo, Ari! ¡No es justo! ¡Papá volvió y se fue otra vez! Ariadna no respondió. Solo la abrazó. Se abrazaron tan fuerte que parecía que quisieran fundirse una en la otra. Como si así, unidas, pudieran soportar el dolor. Lloraron juntas. Sin máscaras. Sin fuerza. Sin pretender que estaban bien. Se quebraron como niñas. Como lo que realmente eran. --- Horas después, ya más tranquilas, se quedaron recostadas bajo la misma manta. Ariadna le acariciaba el cabello a Cloe. Esa ternura que su madre les daba ahora salía de ella de forma natural. —¿Crees que mamá lo está esperando del otro lado? —preguntó Cloe con voz baja. —Quiero pensar que sí. —¿Y crees que… algún día podremos ir al mar? Ariadna pensó en ello. En los acantilados. En el sonido de las olas. En el cuaderno y el dibujo. —Sí —dijo finalmente—. Cuando todo esto termine, te llevaré. Lo prometo. Cloe la miró con ojos enrojecidos, pero más tranquilos. —Y si yo… si yo muero antes… —No digas eso —la interrumpió, con un nudo en la garganta. —Solo… quiero que me lleves igual. Que me recuerdes ahí, en la arena. Con mamá. Con papá. Que me dejes en el mar. Ariadna no pudo evitar llorar de nuevo. Pero asintió ya no podían quedarse sin hacer nada ahora todo depende de ellas misma con lo poco que su padre y madre les enseño deben aprender a sobrevivir en ese nuevo mundo para mantener la esperanza de que todo en algún momento mejorará o al menos que creen una cura que las haga volver a lo que una vez fue su hogar. —Lo haré. Te lo juro. El amanecer llegó sin aviso. La puerta seguía cerrada Ariadna no se había atrevido a moverse de esa posición desde el día anterior tenía en mente miles de cosas pero aún no sabe que hacer o como buscar nuevos suministros que las mantengan vivas a las dos por un tiempo. El mundo seguía roto. Pero ahora, entre las dos hermanas, había algo más fuerte que el dolor: **la certeza de que se tenían la una a la otra**, y que, pese a todo, seguirían adelante. Por ellas. Por él. Por lo que aún quedaba por vivir… o por perder. El amanecer era gris. Las ramas de los árboles cercanos al refugio se mecían con un viento frío que parecía llevar consigo un mal presagio. Ariadna abrió los ojos antes de que el primer rayo de sol atravesara la grieta de la ventana. Dormir no había servido de nada. Su mente seguía cargando con todo. A su lado, Cloe dormía, abrazando la mochila como si fuera su única fuente de seguridad. Ariadna se puso de pie, tomó el mapa arrugado que habían marcado días atrás y lo extendió sobre la mesa de madera. Con un bolígrafo casi seco, señaló un punto: una vieja ferretería y una tienda de abarrotes abandonada, a unas cinco calles del refugio. Ya la habían explorado semanas atrás, pero si corrían con suerte, aún podrían encontrar algo en los sótanos o en los compartimentos traseros que pasaron por alto. Sabía que no podían quedarse mucho más. El agua estaba a punto de agotarse. La comida también. Y dentro de la habitación cerrada con candado, el gruñido bajo de su padre convertido se escuchaba con menos fuerza. —Hoy salimos —dijo en voz baja, más para sí que para Cloe. Media hora después, estaban listas. Cloe se ajustó una mochila en la espalda y tomó de la mano a su hermana. —¿Estás segura? —preguntó la pequeña, con un hilo de miedo en su voz. —Nunca. Pero vamos igual —respondió Ariadna. Avanzaron con pasos firmes pero en silencio. El mundo exterior no era como antes. Era una selva de concreto donde la muerte acechaba tras cada sombra. Las calles seguían desiertas, pero no silenciosas. A lo lejos, un zombi caminaba lentamente entre los autos oxidados. Otro, más pequeño, se arrastraba por el asfalto como si se negara a morir del todo. Cloe apretó la mano de Ariadna cuando lo vio. —No mires. No pares —dijo su hermana mayor, firme pero serena. Pasaron frente a una tienda quemada. Las vitrinas estaban reventadas, los estantes vacíos. Un cadáver colgaba de una cuerda improvisada desde un poste. Ya no parecía humano. La ferretería estaba al final de la calle. Tenía las puertas destrozadas, pero el interior estaba en penumbra, cubierto por una mezcla de humo viejo y polvo. Entraron con cautela.
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