Capítulo 25: Sin salida
El eco de las pisadas resonaba con intensidad entre las paredes de concreto. Ariadna sostenía la linterna con mano temblorosa, mientras guiaba a Cloe por un pasillo estrecho y húmedo que descendía aún más en las entrañas del búnker. Detrás de ellas, Kai avanzaba en silencio, con el rostro endurecido y el fusil en alto.
—Este lugar es enorme… —susurró Ariadna.
—Está diseñado para albergar a más de cien personas —dijo Kai, sin girarse—. Era una instalación de contención y experimentación. Pero no todos los sujetos eran voluntarios.
El pasillo desembocó en una compuerta doble de acero, con una ventana circular rota. A través de ella se veía una sala desordenada, con camillas volcadas y documentos esparcidos por el suelo. La palabra **LAB 03** estaba escrita en letras descoloridas sobre la entrada.
Kai forzó la puerta. Un chasquido metálico resonó como un disparo.
—Alguien ha estado aquí recientemente —dijo—. No hay polvo en los picaportes.
Entraron con precaución. La luz de la linterna iluminó paredes manchadas con algo oscuro y seco. Cloe apretó la mano de Ariadna.
—¿Qué es eso? —susurró la niña.
—Sangre… —murmuró Ariadna.
En la sala había jaulas vacías, algunas rotas, otras cerradas con cerrojos que habían sido forzados. Jeringas, tubos de ensayo rotos y una pizarra con ecuaciones médicas daban testimonio de experimentos interrumpidos bruscamente. En un rincón, una cámara de observación estaba cubierta con un vidrio agrietado, desde donde alguien —o algo— los observaba. Ariadna se acercó. Dentro había restos humanos… y algo más: una silueta delgada, casi humanoide, que se arrastró hacia atrás al notar la presencia de luz.
—¿Qué fue eso? —jadeó Ariadna, retrocediendo.
Kai apuntó, pero la criatura ya había desaparecido entre la penumbra.
—Mutado —dijo con frialdad—. Eran prisioneros… soldados… civiles. Sujetos de prueba.
La tensión se hizo espesa. El horror era palpable en cada rincón.
Más adelante, tras cruzar un pasillo cubierto de hongos y raíces, llegaron a una sala circular con monitores apagados. Kai encendió una terminal conectando el pendrive. El logo del Proyecto ORIGEN apareció en pantalla, seguido de una grabación encriptada.
> *"Informe confidencial. Proyecto Omega. Sujeto 27-B: Ariadna Martínez. Clasificación genética: prioritaria. Recomendación: preservar a toda costa. Activación del protocolo Alpha si el sujeto se ve comprometido."*
Ariadna se quedó helada.
—¿Qué… qué significa eso? ¿Qué hago aquí?
Kai evitó su mirada.
—Tu padre fue uno de los fundadores del Proyecto ORIGEN. Tú… eras parte del plan. Tu inmunidad, tu genética. Querían replicarte… para curar, pero también para controlar.
Cloe, sin entender completamente, abrazó a su hermana.
Un estruendo interrumpió el momento. Un alarido inhumano, mezcla de furia y dolor, emergió desde los túneles. La estructura tembló.
—Nos encontraron —gruñó Kai—. ¡Debemos irnos!
Salieron corriendo por la sala de emergencia, guiados por señales verdes fosforescentes. Al llegar a una compuerta trasera, esta se cerró antes de que Kai pudiera pasar. Ariadna gritó.
—¡No!
Desde el otro lado, él los miró con determinación.
—Sigan el túnel. Llega al bosque. Yo los retrasaré…
Un rugido animal sonó cerca.
—¡Kai!
(...)
La oscuridad en los túneles subterráneos del búnker era sofocante, casi líquida. Solo el tenue haz de la linterna de Ariadna cortaba la negrura, revelando paredes húmedas, cables expuestos y rastros de sangre seca que se adherían como cicatrices al concreto. Cada paso resonaba con un eco sordo, como si los pasillos mismos respiraran, esperando devorarlos.
Cloe caminaba pegada a su hermana, sus pequeñas manos aferradas al brazo de Ariadna. El ambiente era distinto, cargado de una electricidad extraña, como si los propios muros hubiesen sido testigos de horrores silenciados. Pasaron por una sala llena de terminales rotos y pantallas parpadeantes, donde los monitores mostraban imágenes en bucle: sujetos humanos encadenados, gritando sin sonido. Algunos de ellos mutaban lentamente, deformándose ante la mirada impasible de los científicos.
—Dios… —susurró Ariadna, sintiendo el estómago revuelto.
Continuaron avanzando, girando en una curva donde la pared estaba marcada con símbolos extraños, pintados con lo que parecía ser sangre. Fue entonces que lo escucharon: un murmullo. No era un zombi. Era una voz… humana.
—¿Hola…? —llamó Ariadna, deteniéndose en seco.
De entre la penumbra surgió una figura tambaleante. Ariadna alzó el bate de acero, lista para atacar, pero entonces lo reconoció. Aunque su rostro estaba demacrado, cubierto de suciedad, con barba crecida y ojos hundidos, **era él**.
—Papá… —susurró, con la voz quebrada.
Él se tambaleó hacia ellas. Sus ojos brillaban con emoción, pero también con un dolor profundo.
—Ari… Cloe… están vivas…
Cloe corrió hacia él sin dudar, abrazándolo con fuerza. Ariadna sintió que el mundo se tambaleaba. Su padre las envolvió en sus brazos, aunque su cuerpo temblaba.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Ariadna rápidamente—. ¿Estás bien? ¿Dónde has estado todo este tiempo?
Él respiró hondo. Su voz era débil, pero firme.
—Estuve… aquí abajo. Fui parte del contingente que intentó cerrar el brote desde dentro. Pero algo salió mal. Muy mal. Nos usaron como conejillos de indias. A mí… me mordieron.
Ariadna sintió un puñal en el pecho.
—¿Qué…?
—Recibí un tratamiento experimental —dijo, mostrándoles una cicatriz con tubos aún sobresaliendo de su cuello—. No soy completamente uno de ellos, pero ya no soy del todo humano. Me dieron tiempo… tal vez días… o solo horas. No lo sé.
Cloe se aferró más a él, sin entender del todo. Ariadna, en cambio, sintió la angustia escalar por su garganta.
—¿Por qué no escapaste? —susurró.
—Tenía que proteger algo más importante. Información. Hay un nivel más abajo… donde está la verdadera base del Proyecto Omega. Ahí… ahí están las respuestas. Y quizá, la cura.
De pronto, un sonido gutural interrumpió el momento. Un golpe seco, luego otro. Criaturas emergieron de los extremos del pasillo: eran mutados. No eran completamente zombis, ni humanos. Tenían ojos inteligentes, piel desgarrada y movimientos veloces.
—¡Corran! —gritó su padre, sacando un cuchillo improvisado.
Ariadna tomó a Cloe de la mano y corrieron juntos hacia una compuerta metálica. Su padre cerró la reja tras ellos, deteniendo a una de las criaturas que casi alcanzaba a Ariadna. Luchó con fiereza, pero fue mordido en el brazo una vez más. Aun así, logró empujar al mutado hacia un pozo abierto.
Ya al otro lado, Ariadna lo ayudó a mantenerse de pie. Su brazo sangraba, y sus ojos empezaban a nublarse.
—Tienes que llevar a Cloe… y entrar al laboratorio. Está ahí abajo… detrás de la puerta blindada con el emblema doble.
—Vendrás con nosotras —insistió Ariadna.
—No si pierdo el control… si me pasa, prométeme que me detendrás.
Ariadna sintió lágrimas calientes correr por su rostro. Asintió en silencio.
Avanzaron por los túneles hasta hallar la compuerta blindada. Sobre ella, en pintura negra: **Proyecto Omega - Núcleo Central**. A un costado, un escáner ocular.
Su padre se acercó con dificultad y apoyó su rostro. El sistema parpadeó… y se abrió.
Más allá de esa puerta, el horror sería aún mayor. Pero también, tal vez, una última esperanza.
—¡¡VÁYANSE!!
Ariadna no tuvo opción. Con lágrimas en los ojos, tomó a Cloe y descendió por la escalera de emergencia. Las criaturas ya estaban dentro.
Detrás, gritos, disparos… y luego, el silencio.
Salieron a la superficie por una compuerta camuflada entre raíces. El cielo gris les dio la bienvenida junto con la lluvia.
...
Título: Capítulo 10 - Ecos de la ruina
El chirrido metálico de la compuerta al cerrarse detrás de ellas resonó como un disparo en el silencio del búnker. Ariadna, con el rostro bañado en sudor frío, no apartaba la vista del cuerpo de su padre. El mayor Ríos respiraba de forma errática, los ojos cerrados, las venas del cuello marcadas y una mordida profunda en su brazo izquierdo.
—No... no puede ser —susurró Ariadna.
—¿Es... él? —preguntó Cloe, aferrándose a su brazo.
—Sí... —contestó en un hilo de voz—. Es papá.
El doctor Mencía, pálido como el papel, se arrodilló junto al herido.
—Debemos actuar de inmediato. La infección está en proceso. Si no lo estabilizamos ahora, no podremos salvar su conciencia…
—¿Salvar su conciencia? —Ariadna lo miró con desconfianza.
—Hay cosas que debes saber. Rápido, ayúdame a llevarlo al laboratorio.
Juntos, cargaron al mayor Ríos hasta una sala de cuarentena donde las luces de emergencia aún funcionaban débilmente. El lugar parecía salido de una pesadilla: tubos colgando del techo, vitrinas rotas, monitores apagados y pizarras llenas de fórmulas incomprensibles. Una jaula reforzada en una esquina contenía a lo que quedaba de un ser humano: mutado, con la mirada vacía y piel colgante, golpeaba lentamente el cristal reforzado con su frente.
Cloe lo vio y se escondió tras su hermana.
—¿Qué es eso?
—Uno de los nuestros... fallido —respondió Mencía sin emoción.
El científico conectó a Ríos a una máquina y le inyectó un suero verdoso.
—Este es el Proyecto Omega. Intentamos mantener la conciencia humana tras la infección. Tu padre fue voluntario. Él sabía que lo arriesgaba todo para que tú y Cloe tuvieran una oportunidad.
Ariadna lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué no nos dijo nada?
—Porque sabía que no lo entenderías... hasta ahora. Él te dejó algo —dijo, y le entregó un cuaderno de cuero gastado.
Mientras Cloe dormía acurrucada en una camilla, Ariadna hojeó el diario. Había notas sobre la propagación del virus, sobre experimentos, sobre sacrificios. También cartas dirigidas a ella y a su hermana, algunas manchadas de sangre.
De repente, el sistema de alarma se encendió: **"Contención comprometida. Infiltración detectada."**
—¡Algo está entrando por los túneles secundarios! —gritó Mencía, corriendo hacia la consola.
—¿Infectados?
—No... algo peor. Mutados tipo X. Más fuertes. Inteligentes. Los atrae el calor humano… y la sangre.
Ariadna se levantó de golpe. Miró a su padre conectado, inconsciente, y a su hermana dormida. Luego al pasillo oscuro que conducía al módulo de contención.
—Debemos resistir. Lo que sea que venga... no nos quitará esto también.
Mencía abrió una compuerta lateral.
—Hay un pasadizo de mantenimiento que lleva al nivel inferior. Tal vez podamos activar el sistema de neutralización desde allí.
Tomando la linterna, Ariadna se ajustó la mochila y cargó a Cloe en brazos.
—Vamos. Terminaremos lo que papá empezó.
Mientras descendían entre chirridos, vapor y tubos rotos, una silueta alta y deformada emergía detrás de la puerta sellada… con ojos brillantes que los seguían en la penumbra.
Fin del capítulo.