Veo el reloj que marca las doce del mediodía. Suspiro, me viene una y otra vez la imagen de sus pezones duros, de sus tetas, de esa camisa que no dejaba nada a la imaginación.
Me limpio el sudor de la frente con un pañuelo.
Maldición, sé que no voy a dejar de pensar en esa mujer.
Necesito sentirla en mis brazos, otra vez, necesito acariciarla, necesito recorres su cuerpo con mis dedos, labios y pene. Necesito enterrarme en ella antes de volverme loco de lujuria.
Mierda y mil veces mierda. No recordaba que invité a Yuraima, ahora tendré que pasar toda la noche con ella.
Decido terminar por hoy, décimo caminar a la casa en vez de ir en la pickup, tampoco es tan lejos, a unos 8 minutos caminando.
Al llegar me doy un baño, me recuesto en la cama y enciendo el televisor, paso de canal en canal, pero no están dando nada bueno, me voy a mi escritorio y agarro la laptop, la acomodo en mi cama y busco una película que ver antes de la llegada de Camila.
Ya han de estar de camino.
Para cuando me doy cuenta pasan dos horas y escucho la algarabía en la casa. Salgo de la habitación y bajo las escaleras.
En la sala están todos abrazando a Camila como si no hubiese un mañana, mi hermana me divisa y sale corriendo a mis brazos.
—¡Fabriiiii! —exclamé—. Te extrañé tanto grandulón.
La estrecho fuerte en mis brazos. Me recomforta sentirla, no me gusta tener hermanos favoritos, pero con Camila, todo es distinto, ella es tan madura para su edad.
Además de ser una excelente oyente, por eso cuando decidió irse con Amy fui el primero en apoyarla.
—Pequeño monstrito también te extrañé —susurro en su oído.
—Tienes muchas cosas que contarme hermano —murmura bajito para que solo yo escuche.
Sé que se refiere a Kimberly.
Seguro Nathaniel le tuvo que haber contado, o Amy tal vez.
—Necesitaré tu ayuda hermanita.