Capítulo 3

1578 Words
Veo mi reloj y marca las cuatro de la tarde. Pasé dos horas instalándome, y conociendo parte de la casa. Agarro mi teléfono para escribirle a mi hermana y noto que no tengo señal. Bajo a preguntarle a mi amiga y efectivamente, solo llega señal Movilnet, suerte con la que cuento al tener dos líneas, y dos teléfonos. Subo de nuevo a mi habitación, en la planta baja solo está: la cocina, un estudio, una sala de juegos, el comedor y el baño de visitas. En la siguiente planta están todas las habitaciones. Tanto de invitados como de ellos. Me asombré al ver lo grande que es, en todo el camino hasta aquí no llegué a ver otra igual. La casa tiene más de ocho habitaciones y cada una con baño adentro.  Al llegar a mi habitación saco de la maleta mi otro teléfono, un Samsung galaxy Pocket, para hacer el intercambio de líneas y poder usar el iPhone 4S. Corro las cortinas y casi dejo las bragas al ver llegar al pelinegro en una pickup. Lo recorro descaradamente con la mirada, y me digo que semejante hombre debe ser pecado para la vista.  No tiene nada diferente de cuando lo vi en el mediodía o tal vez sí, el sombrero de cogollo en su mano izquierda. Se ve tan alto y guapo a pesar que no está elegante, solo con blue jeans rasgado, unas botas y una franela negra.  Veo que habla con su padre, muy enérgico los dos, y Diosito que me perdonase, pero el padre de Amy está como un bombón. Entiendo por qué se enamoró la señora Ana de él, y ahora Amanda. A pesar de los años se le ve buen portado, nada de viejo chuchumeco como diría mi hermana.  Los observo por unos segundos más y se les une Alejandro, se puede decir que esos tres hombres juntos levantan muchas pasiones. Amanda se acerca a ellos, le da un beso a Don Camilo y sonrío. Me hace recordar a mamá y papá cuando llegaban del trabajo.  Tocan la puerta de mi habitación, al abrir me encuentro con mi amiga y Luciano en brazos.  —Kim en una hora van a servir la comida —anuncia feliz—. Estoy en la cocina si me necesitas, y mujer saca la ropa de la maleta.  —Tranquila nena, dentro de un rato bajo.  —Así te presento a Florencia, vas alucinar cuando pruebes su comida y la de Javi.  Se fue así como vino, detallo todo a mi alrededor y me gusta, es como estar en casa, aunque me encuentre muy lejos de ella. Hago lo que mi amiga me dijo. Me pongo en la trabajosa tarea de desempacar lo que traje. A la media hora decido darme un baño lo necesito con urgencia.  Bajo faltando poco para las seis de la tarde, al entrar en la cocina veo a Amy, Javier y tres personas más que no puedo identificar e inmediatamente me los presentan. Florencia es la señora de la cocina, como decir la nana de los hermanos Montalvo, Amanda la hija de la señora, y Fernando esposo y padre de Amanda.  Me integran a su conversación, pero me desconcentro por los olores.  En este punto no sé ni de que están hablando. ¡Jesusito que bien huele!  Javier termina de preparar un pay de limón y unas galletas. A la cena le falta poco y aún no puedo identificar que vamos a cenar. Un perfume de hombre llena la estancia, haciendo que me voltee topándome el pelinegro, Fabricio Montalvo, me estremezco, su mirada me hace sentir desnuda, a pesar de tener una camisa manga corta violeta con un pantalón Capri beige.  Evito morderme el labio por cómo me mira. Su vista cae en mi busto y la respiración se me acelera. Mierda. Fabricio sin tocarme logra ponerme nerviosa y eso es malo, muy malo. Trato de ordenar mis pensamientos, debo recordar lo que hablé con Amy, debo repetírmelo mil veces para que así me quede claro del todo.  Javier interrumpe el escrutinio que me está haciendo su hermano. —Hombre tampoco la veas así que vas a espantar las visitas —el aludido le da una mirada de muerte—. Y no me veas con esa cara que ella no es un ponquesito del cual degustar —Florencia sonríe acercándose a Fabricio.  —Venga mi niño no le pares al tonto de tu hermano ¿Cómo estuvo el trabajo hoy? —indaga haciéndole cariños al pelinegro.  —Nana que no me trates así delante de los invitados —dice haciéndonos reír a todos—. Pregúntele a su maridito que me dejó solo.  Lo último sonó a protesta.  La cena transcurre en una algarabía, todos hablando al mismo tiempo. Noto cuan feliz está Don Camilo al tener su familia en casa, aunque su felicidad va a ser completa el lunes cuando llegue Camila. La luz de los ojos de los hermanos Montalvo, por ser la pequeña.  Quedo full con la parrilla improvisada que preparó Javier y Florencia. Y vaya que mi amiga tenía razón, en mi vida había probado algo tan rico, y con el postre ni hablar… quedo para reventar, presiento que si sigo comiendo a este ritmo en una semana no caminaré, si no que rodaré.  Después de la cena nos quedamos en la mesa hablando de todo un poco. Son estos momentos lo que llenan mi vida de alegría, y no puedo evitar pensar como estaría de grande mi bebé, tendría la edad de Luciano.  Esa noche todos los hermanos de Amy están guapísimos, y es que cada uno tenía una belleza única.  Alejandro es realmente atractivo, es un hombre que con su sonrisa te desarma.  Javier no se le queda atrás, y con su comida termina de seducirte.  Nathaniel, lo definiría como carismático, esa esencia en él aparte de su aspecto físico, lo hacen un chico muy atractivo.    Fabricio... ¿qué puedo decir de él? De todos es el más guapo, al igual que Alejandro son hombres que desbordan sensualidad, son hombres que con unas palabras logran excitarte y hacer que acabes en su cama.  Mis pezones se tensan al sentir su mirada, gracias al señor mi sostén es de copa y no puede transparentarse en la camisa violeta. Suspiro bajito, ese hombre me pone alerta, hace que mi piel se erice. Pienso, pensó y pienso… ¿Quién no se excitaría con la presencia de Fabricio Montalvo?  Cómo me costará pasar estos tres meses a su lado sin poder tocarlo, le prometí a Amy no involucrarme con sus hermanos. En ese momento no supe lo que había prometido, pero ahora soy consciente Veo el techo de mi habitación y tiene estrellas que alumbraban en la oscuridad, me hago una idea de a quién se le pudo ocurrir colocar eso. Suspiro... Morfeo aún no ha llegado a mí, por lo que busco en mi teléfono un libro con cual distraerme, y encuentro uno de Megan Maxwell.  A la una de la madrugada, mi lívido está por las nubes. MALDICIÓN. De todos los libros de la española justo tuve que encontrar ese. La vida de Judith y el señor Eric Zimmermann, Jesús que calor me da. En el instante que leí como Jud lo describe me dio sed, se me erizó la piel y después cuando tuvieron sexo, me sentí como si lo estuviese viviendo, tanto así que casi tuve un orgasmo.  Definitivamente me hace falta un Eric, desde hace meses que no sé lo que es ser tocada por un hombre, entre tanto trabajo descuidé hasta mi vida personal. Llevo meses sin sentir esas sensaciones en el cuerpo. Me levanto de la cama para ir por un vaso de agua y así despejar mi mente por el rumbo que están tomando mis pensamientos, camino por el pasillo n puntillas, tratando de no hacer ruidos, bajo las escaleras y entro en la cocina. Me sirvo el vaso de agua y me acerco a unos de los ventanales, puedo ver las estrellas en el cielo y lo hermosa que está la luna esta noche.  Me quedo pensativa, no quiero recordar cosas tristes, pero ellas vienen a mí, y sin poder evitarlo corre una lágrima por mi mejilla. Me la limpio, me voy a voltear y pego un brinco del susto que me llevo al verlo solo unos milímetros de mí.  Mi corazón se paraliza, mis piernas flaquean, siento que en algún momento caeré, solo espero el impacto, pero no llega. Sus manos se aferran a mi cintura, levanto la mirada y me quedo idiotizada —porque no hay otra palabra— viéndolo, su mirada baja a mis labios, recorre mis clavículas para terminar en mis senos.  Carraspeo y se recompone, me da una de sus sonrisas y creo que es peor. Si sus manos no me sostuviesen estoy segura que ya estaría en el piso, su agarre se hace más fuerte, acercando aún más nuestros cuerpos, respira en mis labios, y juro por todos los santos que muerdo el interior de mis mejillas para no terminar dándole un beso. —No tienes idea como me mata verte así —susurra a escasos milímetros de mis labios, acariciando por donde había caído la lágrima.  Estoy hiperventilando, me tiembla hasta el alma.  —E-eh esto no puede ser —susurro sin creérmelo yo misma—. Eres el hermano de mi amiga.  Y como puedo salgo corriendo con el corazón a mil.   
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