Capítulo 4

1401 Words
                                                                                             * * * No sé que me desconcertó tanto, si que mi hermana trajese compañía o que esa compañía está jodidamente sexy. Me quedé como un chiquillo inexperto cuando la vi bajarse de la camioneta. No es la mujer, es el mujerón.  Alta, pelo n***o y largo, labios voluptuosos, piernas de infarto y caderas pronunciadas. Jamás imaginé que estuviese así de buena.  Mi padre días atrás hizo el comentario que Amy vendría con una amiga, sinceramente no le di importancia, pero ese día al recibir el mensaje de Alejo que estaba con Amy y su amiga, me inquietó y mucho más al leer su segundo mensaje. Alejo: Hermanito prepárate para ver a los hombres Montalvo desplegando sus encantos ante la invitada. Está como sacada de revistas, mejor no te digo nada más y compruébalo tú mismo en dos horas. Recolectando las verduras que ya están listas para la venta no podía dejar de pensar en ese mensaje, por eso cuando padre da el aviso que están entrando, salgo corriendo a lavarme las manos y echarme un vistazo en los establos antes de llegar al frente. Y sí, Alejo tenía toda la razón. Sin duda mis hermanos lanzarían todo su arsenal, como pasó con Sarah. Suspiro con pesar al recordarla, decir que no la extraño sería mentira. Niego con la cabeza al llegar a la conclusión que una vez más los hermanos Montalvo estaríamos locos por una amiga de Amy.  Soy hombre y puedo notar la manera sutil en como la mira Javier, Nathaniel a pesar de ser el pequeño también dejó claro su agrado hacia ella, y por último Alejandro, mi hermano fue claro, le llama la atención aquella mujer.  ¿A quién no le llamaría la atención aquel mujerón de ojos negros?  Por eso cuando entro en la cocina a medianoche me puede más las ganas de acercarme a ella que de hacer algo adecuado. Maldigo al verla con el diminuto short de pijama con flamencos y alucino más al notar su generoso busto.  Admito que me pasaron un montón de pensamientos pocos decorosos, pero todo eso se viene abajo al ver como una lágrima rueda por su mejilla. Eso me hizo pensar ¿qué la lastima? Porque esa lagrima no es por un amor que no pudo ser, su lagrima tiene un tinte más profundo y puedo sentirlo.  Mis palabras salen sin pensarlas y casi me quise golpear al verla corriendo, pero no pasa desapercibido como la afecté, como su pecho subió y bajó al tenerme cerca, como sus senos me invitaban a perderme en ellos. Me voy a mi habitación consiente que esta noche la pasaría en vela. Amy al llegar lo primero que hizo fue darnos el discurso de no meternos con ella, pero bien sabía que ninguno le pararía, sobre todo Alejandro y yo.  Me siento estúpido ante mi pensamiento, no competiré con mis hermanos por la atención de una mujer, eso solo pasó una vez, además, resultaría inmaduro a mis treinta años volver hacerlo.  Tal vez debo llamar a Yuraima y dejarme de esos pensamientos. Lo menos que quiero en este momento de mi vida es tener problemas con mis hermanos. Yuraima me mantendrá con la mente ocupada, y justamente mañana me toca repartir las verduras que se venderán en el pueblo y después ir a Casanay a surtir el supermercado que nos contrató hace un año y que da la casualidad llevo su administración.    Cierro los ojos y su imagen viene a mi mente. Maldición.  Me siento abrumado como cuando tenía veinte y creí estar enamorado, una semana después se me pasó y volví a ser yo mismo, o cuando a los diecisiete mi padre me iba obligar casarme con mi novia por creer que estaba embarazada.  Me paso una mano por el pelo tratando de darle sentido a todo, sencillamente me apartaría, aunque eso no me impediría disfrutar de sus vistas. Alejandro se la jugó invitándola a dar un paseo por toda la hacienda, no quiero atormentarme con eso. Vuelvo a pasarme la mano por el pelo, tratando así de desviar mis pensamientos.  A fin de cuentas, para mí es una completa desconocida a pesar de lo buena está; por mi vida han pasado muchas mujeres, pero pocas con ese aire que desprende Kimberly Andrade.  * * * Despierto con la sensación de no haber dormido ni una hora, me baño rápidamente y me voy a la cocina por un café para irme a trabajar, mientras más ocupado me mantenga mejor será.  A las siete de la mañana monto en uno de los camiones ya cargado con toda la verdura y alguna que otras frutas. A la salida del callejón de la hacienda veo Yuraima con varios hombres acomodando el tarantín donde se colocarán las verduras.  Hago la correspondiente parada y bajo. La saludo con un beso en la mejilla, nos conocemos desde niños, solíamos ir a las mismas clases, de allí mi amistad y más que amistad con esta mujer. Verifico que los trabajadores estén descargando el camión y montando el tarantín de las verduras. Fijo mi mirada en ella y recorro despacio cada parte de su cuerpo.  —¿Qué necesita Don Fabricio Montalvo? —pregunta divertida, sabe que no me gusta que me llamen Don—. Esa miradita que me echaste es cuando necesitas algo mi amor. Olvidaba que me conoce como la palma de su mano, debe ser por eso que nos la llevamos también, cada uno sabe el lugar que ocupa en la vida del otro. —¿Yura no puedo verte sin pedirte algo a cambio? —pregunto en respuesta haciéndome el ofendido. —Mi amor con los Montalvo y especialmente contigo uno sabe a qué atenerse, por algo eres el mujeriego más grande de Río de Oro —sentencia—. Así que ve soltando la sopa, ¿qué necesitas de mi guapo? Me quedo viéndola unos segundos más, se ve caliente con los jeans ajustados, una blusa de algodón azul, su pelo de león la hace ver más atractiva. —Me estás comiendo con la mirada y aun no me has dicho nada. —protesta colocando los brazos en jarra lo cual la hace ver adorable— ¿Por qué lo piensas tanto?  —Yura se mi acompañante en la boda de mi padre —suelto de sopetón. —¿QUÉ? —chilla— ¿Me estás hablando en serio Fabri? —lleva su mano derecha a la sien y masajea—, la habladuría que desatará en el pueblo por acompañarte a la boda de Don Camilo va ser mundial. Yo quedaré como la tonta que soy por apañarte todo y tú como el gran machote —gruñe lo último. —Yura ¿Eso ha de importarnos? —cuestiono—. Además de ser un hombre y una mujer, nosotros somos amigos desde pequeños. No es ni la primera ni será la última vez que nos vean juntos.   Me mira... Me mira y en sus ojos hay ese brillo travieso.  —Está bien, aprovecharé tenerte para mí sola toda una noche. El indomable Fabricio Montalvo, el picaflor más conocido de Río de Oro. —dice con guasa—. Ah, otra cosa por tu bien espero que no me dejes sola en plena celebración porque la vamos a tener bien grande.   Todos me conocen y saben como soy, no es mi culpa que me gusten las mujeres más que el agua. No soy de hablarle bonito a las mujeres para llevármelas a la cama y luego desecharlas, prefiero hablarles siempre con la verdad, un revolcón, un acostón o como sea que quieran llamarle y nada más. No porque me acueste tres veces con la misma persona al otro día voy a pedirle matrimonio. En eso soy muy diferente a mi padre, no creo en el matrimonio, desde mi punto de vista no es más que un pedazo de papel; tengo amigos que se han casado muy enamorados y no han durado más de cinco años, por más amor que se tenga llega un momento en que todo se vuelve monótono y vienen los problemas en el paraíso. Me despido de Yuraima con un beso en la comisura de sus labios, doy la orden de retinarnos y los muchachos ya están en los camiones. Con la mente más aliviada me subo en el lado del conductor y emprendo el viaje a Casanay.
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