Capítulo 3

1340 Words
7 años despues Por mucho tiempo me encerré en mí misma, en mi propio caparazón, donde nadie pudiera dañarme. El mundo ya no era el mismo para mí, pero con el paso de los años fui sanando. Ahora tenía una vida tranquila y estable económicamente. Era amada por quienes no me traicionaron: mis tres gatos. Tenía un buen trabajo y, con 23 años, creía que el pasado ya no me perseguía… pero me equivocaba. Un día, al llegar del trabajo, el cuidador del edificio me dijo: —Alguien estuvo preguntando por usted. Se veía sospechoso, así que decidí llamar a la policía, pero el sujeto se fue en cuanto se dio cuenta. —Bien, muchas gracias por avisarme, se lo agradezco. Si llega a verlo nuevamente, por favor, llame de inmediato a la policía. Él solamente asintió y yo subí por el ascensor. No tenía pruebas, pero tampoco dudas. Sabía que era él. Al llegar a mi departamento, me recibió Orión, mi bebé de seis meses: un gatito naranja que había rescatado de la basura cuando era apenas un recién nacido. —Hola, mi bebé hermoso —le dije, cargándolo, sintiendo cómo su calor me devolvía un poco de paz. Luego apareció Mails,mi niño de dos años, el del medio, n***o con una mancha de corazón en el lomo. Lo adopté de un refugio —Mails, ¿cuidaste que Orión no hiciera travesuras? —pregunté, y él maulló, rozándose contra mi pierna como si entendiera mis palabras. En la cocina estaba Perla, una gata tricolor de cuatro años. Ella me enseñó que el amor no solo viene de las personas, sino también de los animales. Ella simplemente un día apareció y se quedó… por eso es mi más preciado tesoro. —Perla, mamá llegó a casa —le dije mientras me sentaba a su lado. Dejé a Orión junto a ella y fui a mi habitación. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Me senté en el escritorio y abrí la laptop. Busqué casas y viajes. Hasta que vi una publicación: vendían una granja hermosa, pero el problema era que estaba en otro país. Cuando leí Nueva Zelanda, muchas cosas pasaron por mi mente, pero estaba a buen precio y sentí que era el momento de alejarme lo más que pudiera, una vez más. Al ver que la inmobiliaria era de alguien que conocía, procedí a llamar. —Hola, Cintia, ¿qué tal? ¿Podrías ayudarme con unas preguntas? —Claro, mañana a las 9 a.m. —respondió. —Perfecto. Nos vemos. La mañana siguiente amaneció tranquila, con una luz suave entrando por la ventana. Me levanté temprano, todavía con esa mezcla de ansiedad y esperanza que llevaba días sintiendo. Me arreglé rápido, acaricié a mis gatitos, que me miraban con curiosidad, y salí. Al cerrar la puerta, sentí el peso de todo lo que estaba por dejar atrás. Al llegar al ascensor, me encontré con el cuidador y le pedí en voz baja, pero firme: —No dejes entrar a nadie, aunque diga que me conoce. Él asintió con complicidad y me guiñó un ojo. salí, tomé un taxi y pronto llegué a la empresa de Cintia. —¡Hola, Olivia, tanto tiempo! —me saludó con una sonrisa amplia. —Sí, es verdad… —respondí, sintiendo cómo un nudo se me deshacía en el pecho. Me invitó a sentarme y le conté sobre la propiedad que había visto en internet. Ella encendió la computadora y comenzó a buscar. —Sí, efectivamente está en venta… y a buen precio. Suspiré. Necesitaba esa oportunidad como quien necesita aire. —Bien —continuó—, la propiedad es de 3.000 m². Dentro del terreno hay una casa de dos dormitorios, cocina, baño, porche, sala y un pequeño jardín delantero. Asentí para que siguiera. —Tiene un gallinero para unas diez o quince gallinas, corral, huerto y pastura para dos vacas… La verdad, está todo muy detallado —rió—. Es gracioso. Yo no entendí bien, pero sonreí. —También hay un granero pequeño y un espacio de 300 m² con algunos árboles frutales… Y lo increíble es que el precio es de 2.500 dólares. Déjame ver… El dueño es un hombre mayor que perdió a su esposa y ya no quiere vivir ahí. Sentí una punzada de empatía. —Tenemos algo en común —murmuré. —¿Podemos cerrar el trato lo antes posible? —pregunté con urgencia. —Dame unos minutos —respondió, tomando su teléfono y saliendo de la oficina. Mientras la esperaba, pensaba en todo lo que tendría que organizar para llevar a mis gatitos conmigo. Cuando volvió, su sonrisa lo dijo todo. —Olivia, la granja es tuya. Firmemos aquí, y cuando llegues a Nueva Zelanda, firmarás las escrituras. Mis manos temblaban un poco al firmar. Le agradecí y fui directo a hacer los trámites para mis tesoros. —Todo en orden —me dijo la mujer del registro—. Tienen sus vacunas y sus chips. Solo queda pagar la tarifa para que viajen contigo en el avión. Pagué y me fui. En dos días ya lo tenía todo listo. Solo esperaba el vuelo. En casa, empecé a guardar lo que quedaba: dos maletas. Una con mis cosas esenciales y otra con comida, juguetes y papeles de mis pequeños. El resto… lo había vendido. No había desperdiciado nada; cada peso ahorrado me había acercado a este momento. La madrugada llegó con un silencio espeso. Compré dos pasajes para que mis gatitos viajaran a mi lado. Dormí apenas una hora antes de que la alarma sonara. Los puse en sus transportadoras, tomé las maletas como pude y bajé. Saludé al guardia y subí al taxi. En el aeropuerto, me quedé quieta unos segundos, respirando hondo. Hasta aquí llega mi pasado, me dije, y entré. Después del check-in, subí al avión. El viaje sería largo: Buenos Aires–Los Ángeles–Auckland. Veinticinco horas. Llegamos agotados; mis gatitos dormían profundamente. Eran las seis de la mañana cuando tomé un autobús a Dairy Flat. El conductor me dijo algo sobre bajarme en una parada y caminar por un sendero. Usando el traductor, entendí a medias. A mitad de camino, una camioneta Ford se detuvo junto a mí. El conductor, un hombre mayor, bajó la ventanilla. —¿Eres Olivia? —preguntó, en perfecto español. Asentí, sorprendida. —Soy George, el antiguo dueño de la granja. Sube. Coloqué las maletas en la parte trasera y me senté adelante con mis gatitos. —¿Habla español? —pregunté. —Mi esposa, que en paz descanse, era española. Lo aprendí de ella. —Qué alivio… pensé que no podría comunicarme. —Tranquila, la notaria nos espera. Ella también habla algo de español,luego de unos minutos alolejos la vi era hermosa. Sonrei Al cruzar la tranquera, el paisaje me dejó sin aliento: prados verdes, árboles frutales, una casa de madera rústica. Aquí seré feliz, pensé. —Hola, es un gusto, soy Hanna —me saludó una mujer en la entrada. —Mucho gusto, soy Olivia —respondí, bajando con mis gatitos en brazos. —Entremos para firmar. Tengo que llevar a George de vuelta a la civilización —dijo en tono de broma. —Escuché eso —replicó él mientras llevaba mis maletas al porche. La casa por dentro era acogedora, cálida, con aroma a madera vieja. Dejé a mis tesoros en el suelo, aún dormidos, y la seguí hasta la cocina. Firmé los papeles. —Felicidades —dijo ella. —Gracias… supongo —contesté con una sonrisa nerviosa. Al salir, George me sorprendió: —Te dejaré la camioneta, te servirá. —¿Qué? —Sí, Hanna me llevará. Hanna se rió. —Cuida a Neli por mí, es muy cariñosa. —¿Quién es Neli? —pregunté, pero ellos ya se iban. Un mugido fuerte me hizo girar: ahí estaba Neli, una vaca enorme y tranquila. —Claro, yo te cuidaré —le dije, sonriendo—. Viene con todo incluido. Entré a la casa. Mi casa. Mi nuevo comienzo
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