capítulo 2

998 Words
En la mañana desperté con una idea clara: debía marcharme, con o sin mamá. Sabía que él nublaba su juicio y que todo lo que le dijera sería en vano; por eso tendría que alejarme de ellos. estaba viendo la tv cuando senti un golpe en la puerta. Abrí y vi a mamá. Dude ,pero La dejé entrar, pero antes de cerrar, entraron papá y otro sujeto. Me alteré. Traté de huir, pero el hombre me tomó del cabello y me tapó la boca. Lloré, grité…busque a mamá con la mirada pero ella no me miraba. —Le puse una condición a tu mamá para que volviera conmigo, y era que tú también trabajaras para mí. Ella aceptó —dijo Lo sabía. Todo ese teatro de que la amaba eran mentiras. Mentiras mal actuadas. Lo miré con odio, un odio tan grande que me quemaba los ojos. Después miré a mamá. Ella bajó la vista, como si nada de eso fuera con ella, como si el silencio pudiera absolverla. Forcejeé,Sentí manos sujetándome con una fuerza que no era humana para mí. Intenté zafarme, patear, hacer ruido. Nada funcionaba. Era como golpear una pared con el cuerpo cansado. En algún momento sentí un tirón brusco y el mundo se volvió confuso. La cama,La cobija áspera contra mi cara,Mi voz apagada, perdida en una habitación que no quería escucharme,Grité. O al menos eso creí. Tal vez el grito solo ocurrió dentro de mí. Mi cuerpo empezó a sentirse lejano, como si ya no fuera mío. Como si yo me hubiera corrido apenas un paso hacia atrás y mirara todo desde afuera. Me daban náuseas. Pensé que iba a desmayarme. Pensé que si cerraba los ojos con suficiente fuerza, todo desaparecería. Cuando pude levantar un poco la vista, los vi. Mamá mirando hacia otro lado. Papá junto a la puerta, inmóvil. Algo dentro de mí se rompió en ese instante No fue el miedo. Fue la certeza. Quise llamarla. Lo hice. Dije “mamá” una y otra vez, con la voz quebrada, con la garganta ardiendo. No respondió. Nunca respondió. Me ignoró como si yo no existiera, como si no fuera su hija. El dolor ya no era solo físico era un ruido constante dentro de la cabeza. Cada golpe, cada sacudida, me empujaba más lejos de mí misma. Mi mente se nubló. Empecé a contar cosas sin sentido,las manchas del techo, el olor rancio de la habitación, el sonido de mi propia respiración. Era la única forma de sobrevivir. Le rogué a Dios. A cualquiera. A lo que fuera que pudiera estar mirando. Pero nadie respondió. Tal vez no grité lo suficiente. Tal vez —pensé— era mi culpa. Ese pensamiento me atravesó como una traición más. El tiempo dejó de existir,Para ellos fue un momento. Para mí, una eternidad. Escuchaba sus palabras que no quería entender, que se me clavaban en la cabeza como suciedad imposible de limpiar. Yo solo lloré. Lloré hasta que no quedó nada más que lágrimas secas y un vacío insoportable. Cuando todo terminó, me libero Y yo me abracé a mí misma. Me encogí sobre esa cama como si pudiera desaparecer, como si así pudiera volver atrás. Sentía vergüenza, pero no sabía por qué. Sentía humillación, aunque sabía —muy en el fondo— que no me pertenecía. Así fue como me quitaron algo que no tenían derecho a tocar. Así fue como me arebataron mi inocencia frente a mis propios padres, frente a mi miedo, frente a un silencio cómplice. ¿Debia de seguir llamándolos madre y padre?. No se lo merecían —Vale el dinero que te pagué, Héctor. Maldita sea, estaba tan apretada… ten por seguro que volveré —dijo el hombre, sin un ápice de humanidad. —Vuelve cuando quieras. Ella será una de las tantas chicas que hay —respondió mi Hector, con una frialdad que me seguirá en pesadillas. Se fueron, y yo, con dificultad, me subí el pantalón. Traté de levantarme, pero caí al suelo. Mamá intentó ayudarme. La miré con tristeza y decepción. —¿Quién mierda eres? —le dije, mientras me levantaba y me encerraba en el baño. Abrí la ducha para no escuchar las palabras de “halago” que ahora me gritaba papá desde la habitación. Me sumergí en la bañera y me froté con jabón hasta dejar mi piel enrojecida. Sentí cómo cada roce era un recordatorio de lo que me habían arrebatado. Pensé en distintas maneras de escapar y llegué a una conclusión: debía distraerlo. Fingir que perdonaba a mamá y decirle que me iría… pero solo para que buscaran en otro lugar. Salí del baño cambiada. Hector sonrió, satisfecho con mi aparente sumisión: —Bien hecho, hija. Ahora tenemos que ir a casa. El trabajo nos espera. Respiré hondo. Cada palabra que decía era un cuchillo en mi pecho. —Primero necesito agua, ¿puedes traerla del restaurante de abajo? —pregunté, tratando de sonar tranquila. Él asintió y salió. Me acerqué a mamá. —Ma, te quiero y te perdono… pero tengo que irme. Me iré al sur, no le digas a papá —susurré, abrazándola con fuerza. Ella solo asintió ,Tomé mi mochila y cuando salí ,vi a hector por la ventana del restaurante. Me escondi detrás de las escaleras, miré hacia ambos lados y a lo lejos vi un autobús. Corrí lo más rápido que pude, sin mirar atrás,y al subir pregunté: —¿A dónde va?. —Hacia el norte del país. Es un viaje largo —respondió el chofer. Asentí, pagué y me escondí en el último asiento, dejando atrás todo lo que conocía,pero en ese momento entendí que la persona a la que más amaba en el mundo me había traicionado. Me juré no volver a amar, no volver a querer. Pasé mucho tiempo pensando por qué a mí… Ella me cuidaba cuando le pasó lo mismo, pero en vez de ayudarme, me entregó al diablo por su cariño y aprobación.
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