capítulo 1

1514 Words
Solía creer que el amor de una madre era incondicional, capaz de mover montañas… hasta que descubrí la verdad, y todo se vino abajo de golpe. Desde entonces, aprendí que algunas montañas no se mueven: se derrumban sobre ti. A la edad de seis años fui testigo de la primera vez que mi padre golpeó a mi madre. Fue solo una bofetada. Yo, tan ilusa como ella, lo perdonamos. Pero esa, sin dudas, no fue la primera ni la última. Luego se volvió más violento y las golpizas empeoraban con el tiempo. Mamá lo perdonaba siempre. Dentro de mí me repetía que no dejaría que algo así me sucediera. No soportaba ver a mamá desfigurada. Creímos que eso sería todo: solo golpes. Pero todo empeoró cuando papá perdió el empleo y no encontró otro.Pasaron días, semanas… y cada vez se volvía más intenso. Frustrado y sin dinero, empezó a beber; decía que el alcohol era su consuelo en un mundo cruel. ¿Pero qué quedaba para nosotras?.me preguntaba una y otra vez, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas que no podía derramar. Mamá trabajaba como camarera, pero su sueldo no alcanzaba para el alquiler, el gas, la luz, la comida… y ahora para el nuevo vicio de papá, que según él, ella debía pagar, porque era su culpa que la vida le fuera como una mierda. Pero yo no pensaba eso. Mamá era la mejor. Había terminado sus estudios y había ido un tiempo a la universidad, hasta que se quedó embarazada de mí. Papá la obligó a dejar sus estudios. —Tu deber es estar en casa y cuidar de la niña y del hogar —le dijo, con voz firme, como si dictara una sentencia. Mamá, sin discutir, lo hizo. Pero no sabía que ese sería el inicio de su martirio. Papá, aunque en un principio parecía bueno, engañaba a mamá. Ella lo perdonaba cuando aparecía con un maldito ramo de flores… y no eran rosas, jazmines, girasoles o tulipanes, sus flores favoritas, sino un montón de hierbas que arrancaba de los patios de los vecinos. —Lo importante es que me pide perdón y que me ama —decía mamá, tratando de convencerse a sí misma mientras yo la observaba, confundida y angustiada. Cuando empezó su vicio de bebedor y el dinero ya no alcanzaba, papá hizo que mamá renunciara a su empleo para “emprender un negocio” con los ahorros de toda la vida de ella. Mamá se negó al principio. —Esos ahorros son para los estudios de nuestra hija —dijo con voz temblorosa, mirando sus manos temblorosas. Pero papá se enfureció. —No hace falta que estudie. Lo único que debe hacer es trabajar en el negocio de la familia —gritó, señalando con rabia cada palabra. Mamá le preguntó de qué se trataba, y él respondió: —No te preocupes. Lo que invirtamos será la salida de la pobreza. Como siempre, mamá le hizo caso. Dejó su trabajo, retiró sus ahorros del banco y se los entregó. Papá desapareció por una semana. Mamá lloró todos los días, arrepentida. Planeamos ir a casa de los abuelos, pero la abuela fue tajante: —Te lo advertí. Si vuelve, tú volverás con él. Así que no pidas ayuda. Un domingo, papá apareció… pero no solo. Venía con dos hombres de unos cincuenta años. Mamá me encerró en el armario, y por la rendija vi cómo discutía con él, mientras los hombres la miraban. Papá la abofeteó y señaló hacia el armario donde yo estaba escondida. Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Mamá negaba frenéticamente con la cabeza. Entonces uno de los hombres, bajo de estatura, con poco cabello y una panza prominente, dijo: —Vamos, nena, te pagaré bien. Vi las lágrimas de mamá caer mientras se iba con el hombre a la otra habitación. Lo siguiente que escuché fueron gritos y sollozos. Me tapé los oídos y cerré los ojos. Para mí, pasaron horas. Cuando volvió,abrio la puerta del armario y vi que su mirada estaba vacía. Se sentó junto a mí, me sonrió y dijo: —Todo estará bien, cariño. Me abrazó y empezó a llorar. Tenía ocho años y no entendía lo que había pasado. Si era ella quien gritaba… ¿por qué me decía que todo estaría bien? Luego lo entendería. Los siguientes años los gritos fueron cesando, pero los hombres ya no eran los mismos. Eran distintos: de diferentes estaturas, nacionalidades, edades… y a veces eran más de uno. Cuando cumplí diez años, mamá me regaló una muñeca de trapo. La atesoré con mi vida. Empecé a “ayudar” con los visitantes, como papá los llamaba. Al principio mamá no quería, pero para que él no la golpeara, lo hice sola. Veía a mamá siempre con una nueva herida. Creía que era papá… hasta que descubrí la verdad. Una noche, la vi salir de la habitación con la mejilla roja. La incertidumbre me ganó. Cuando entró el siguiente “visitante”, abrí la puerta de golpe. La vi amordazada, completamente desnuda, con el sujeto encima de ella. Traté de ayudarla, pero se quitó la mordaza y me gritó: —¡Vete, lárgate! Me quedé congelada. Papá llegó, me tomó del brazo y me sacó de allí. La última imagen que vi de ella, fue abrazándose a sí misma, llorando. Esa noche entendí que papá la vendía a hombres… y que ella no podía escapar. Papá me echó fuera de la casa y me dijo: —Andá a comprar cervezas. Me tiró el dinero. Lo miré con odio. Muchas ideas pasaban por mi cabeza… y la primera fue ir a la policía. Corrí al almacén y le pedí a la cajera que llamara a la policía. Ella lo hizo, pero cuando llegaron y les conte todo,pero no me creyeron. —No estamos para bromas —dijo uno, y se fueron. No tenía más opción. Compré la cerveza. La cajera me miró con lástima, pero no por mi apariencia: mamá siempre me cuidaba en ese sentido. Me bañaba, me daba de comer y me cepillaba el cabello todas las noches. Le di las gracias y corrí a casa. Cuando llegué, vi una patrulla. Pensé que por fin el calvario de mamá había terminado. Pero al entrar, vi al oficial riendo con papá. Ambos me miraron, y él le dio las gracias. Antes de irse, el oficial me dedicó una sonrisa maliciosa. Sentí que mi alma se escapaba de mi cuerpo. Papá me jaló del cabello y me llevó con mamá. Ella estaba vestida. En cuanto me vio, se paró y me sostuvo. Papá habló: —La mocosa le dijo a la policía… pero por suerte Alejo estaba de guardia. Sonrió y añadió: —Vendrá mañana a cobrarse el favor, así que estate preparada. Se fue, cerrando la habitación con llave. Mamá me miró con tristeza, me abrazó fuerte y empezó a llorar. No sé en qué momento mi llanto cubrió el suyo. Ahora lo entendía todo:no podriamos escapar de aquí,pero devia salvar a mamá. Tal como dijo papá, al día siguiente Alejo llegó a cobrar el favor. Me encerré en el armario y lloré toda la noche. Sabía que tenía que buscar la manera de ayudarla. Pero con los años, todo empeoró. Hasta que por un descuido de papá, pudimos escapar. Le robamos dinero y tomamos un autobús a un lugar remoto, donde creímos que él no nos encontraría. El día de mi cumpleaños número 16, llegué a casa después del trabajo. Éramos solo mamá y yo, así que debía cubrir los gastos. Pero estábamos contentas. Traía un pastel. —¡Mamá, llegué! ¡Traje un pastel, así celebramos! —dije sonriendo. Mi sonrisa se borró al ver el rostro de mi padre junto a mi madre. Ella me miraba con una sonrisa tranquila. Pensé que ya no le tenía miedo. Pero lo que me dijo me heló: —Tu papá volvió y dice que cambió para bien. Que ahora hará las cosas bien. Lo miré incrédula. —Mamá, tienes que estar bromeando… Es una puta broma, ¿no recuerdas el daño que nos hizo?¡que te hizo! Ella solo negó. Papá habló: —Hija, he cambiado, lo juro. Seré mejor. Le pedí disculpas a tu mamá por lo que le hice. Yo la amo. Respiré hondo. —Mamá, decide: es él o soy yo. Me miró sorprendida, luego lo miró a él. —Yo lo amo, hija… lo siento. Cerré los ojos, evitando que mis lágrimas cayeran. —Bien, entonces me iré —dije, dándome la vuelta y subiendo las escaleras. Tomé una mochila, guardé lo necesario: documentos, dinero, algo de ropa. Bajé, y él estaba parado en la puerta. —Si te vas, no la volverás a ver nunca más —me dijo, mirando a mamá. Le dediqué una última mirada y negué. —Te amo, mamá… pero lo elejiste a él Salí corriendo y me alojé en un hotel, estaba cansada y quebrada. Debo salvar a mamá ese era mi único pensamiento, debia de encontrar la manera
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