Evangeline
Si una familia rica quiere destruirte, no empieza gritando. Empieza organizando una cena, ahí te evaluaran, medirán tus capacidades y tratarán de ahogarte con caviar.
La residencia principal era más grande que la casa de Cassian. Más antigua que la casa de Eleonor y con más carga de histórica.
Las paredes estaban cubiertas de retratos de Ashford muertos que parecían juzgar mi existencia con la misma desaprobación que sus descendientes vivos.
Como ahora. Esto no era algo que decidieron hace menos de media hora, probablemente hablaron de colgarme ayer y ahora solo lo hacían oficial.
Las mujeres estaban sentadas cuando entré. La madre de Cassian, dos primas, una tía y sus maridos. Yo no me senté hasta que su madre hizo un gesto con la mano.
—Queríamos conocerte mejor —con una sonrisa perfecta.
Perfectamente falsa.
—Pregunten.
Me senté con la espalda recta y una de las primas, la rubia impecable con sonrisa venenosa inclinó la cabeza.
—¿Siempre fuiste restauradora o fue lo único que encontraste?
Ataque uno.
—Estudie en Europa algo que me apasionase, ahora lo hago y no necesito apellido para ser la mejor en ello. Solo me buscan de todos lados del mundo —respondí.
Todos se quedaron callados, la boca de la rubia se abrió mientras la incomodidad ocupaba el ambiente. Fue cuando su madre intervino.
—La vida social de los Ashford requiere disponibilidad absoluta. Eventos, fundaciones, viajes. ¿Podrás dejar tu taller?
Ahí estaba el verdadero punto, dejar lo mío. Ellas querían que me convirtieran en un adorno, ser la esposa trofeo de un millonario. Quizás por eso su hija salió tan falta de ideas.
—No pienso dejarlo —contesté con calma—. Se pueden sostener dos cosas al mismo tiempo.
—El matrimonio no es un pasatiempo —murmuró otra de sus primas.
No recordaba sus nombres y no quería hacerlo.
—Tampoco lo es mi trabajo.
La madre de Cassian apoyó la taza con delicadeza.
—Cassian necesita estabilidad.
Me sostuvo la mirada como si estuviera midiendo mi respeto hacia ella.
—Y discreción —aclaró momentos después.
—¿Discreción de qué?
La puerta se abrió y su abuelo entró con una tranquilidad absoluta. En ese momento llamaron a comer, fui a levantarme, pero me detuve cuando el mareo llegó.
Respiré profundo. Conté.
Uno.
Dos.
Tres.
No llegué al cuatro.
—Los Ashford solo salimos en noticias por nuestros méritos, no tenemos escándalos.
—Madre —Cassian siseó aquello con enojo.
—Te esperan en el despacho, Cassian.
Me observó y afirmé. Quería saber si estaría bien y lo estaba.
—¿Ahora soy un escándalo ambulante? —intervine mientras consultaba.
—Aún no —susurró la prima.
La palabra quedó flotando. Aún. Ellos esperaban que causara caos y no tenía idea de por qué.
—Pero quizás no logras decir los votos sin desmayarte.
Apreté mis manos, quería golpear a la rubia directo en la cara, pero no era una mujer violenta. Además, estaba Eleanor. No intervenía, solo observaba. Era una prueba de resistencia.
—La boda será en siete días —anunció Eleanor—. La lista de invitados ya se confirmó. La prensa también.
Eso no era novedad, pero escuchar “prensa” en su voz lo volvía más real.
—El vestido se ajustará mañana. La ceremonia será sobria. Nada extravagante.
—Sencillo —agregó la madre—. Para evitar más comentarios innecesarios.
Comentarios. ¿Desde cuándo había comentarios?
La rubia volvió a hablar.
—Siempre es delicado cuando una mujer externa entra tan rápido.
—¿Externa? —pregunté.
—Sin apellido —aclaró con saña.
Ah. Sonreí apenas.
—No sabía que la sangre garantizaba inteligencia.
Eleanor sonrió de lado y Cassian entró en ese momento. Seguido de dos hombres, uno era su tío, el otro supongo que algún pariente.
Sus ojos recorrieron la sala, apretó la mandíbula al ver el ambiente hostil.
—¿Interrumpo?
—No —respondió su abuela—. Justo hablábamos de la importancia de la adaptación, los tiempos y el itinerario de mañana.
Cassian me miró, no preguntaba si estaba bien, solo evaluaba si estaba perdiendo la conversación. Eso me irritó más que las serpientes que tiene como familia.
—Evangeline entiende perfectamente lo que implica esto —dijo él.
Su madre alzó una ceja.
—¿También entiende que no habrá errores?
Todo el tiempo hablaban de errores y hacer escenas delante de la prensa. Al parecer mi pequeño desmayo había causado todo este revuelo.
—¿Error sería desmayarme en el altar? ¿O hablar cuando no corresponde?
La prima sonrió.
—Ambas.
Mi pulso se aceleró de nuevo, demasiado rápido para preverlo. No era rabia. Era miedo.
Lo sentí en la base del cuello, recorriéndome la espina y Cassian lo notó. Lo vi en la forma en que su mirada bajó apenas un segundo.
—Es suficiente —dijo con tono firme.
La madre suspiró.
—Solo queremos evitar… complicaciones.
Complicaciones, siempre usaban esa maldita palabra.
—No deberías preocuparte.
Su mano tomó la mía y me llevó directo a la mesa principal. La reunión continuó con detalles logísticos, flores,
invitados, que fotógrafos serían autorizados.
Yo respondía cuando era necesario, pero cada tanto el aire se volvía espeso. Como si la habitación tuviera menos oxígeno del que necesitaba. Y odiaba que fuera tan evidente para mí.
Después de una hora, Eleanor golpeó suavemente el suelo con el bastón.
—Es suficiente por hoy.
Todas se levantaron, yo también, pero al incorporarme, el mundo se inclinó apenas hacia la izquierda. Un segundo, nada más, pero fue suficiente para que apoyase la mano en la mesa.
Discreto.
Controlado.
Cassian dio un paso.
—Estoy bien —murmuré antes de que preguntara.
No habló, pero se acercó más. Demasiado cerca.
—Te llevaré a casa —murmuró.
—Puedo ir sola.
—No es una sugerencia.
Lo miré.
—No me voy a romper.
—No —respondió en voz baja—. Pero tampoco voy a permitir que me humillen.
No sabía si hablaba de su familia o de mí, pero aun así apreté mi puño. Salimos bajo miradas afiladas de todos, ninguno dijo nada y en el auto, el silencio fue más pesado que la reunión.
—Estás pálida.
Lo escuche, pero no desvíe la vista en su dirección, solo observé la calle.
—Es iluminación.
—No mientas.
Giré más hacia la ventana, dándole la espalda y apoyando mi rostro en el vidrio.
—Estoy cansada.
—Eso no explica lo de hoy.
Sonreí sin humor.
—El estrés produce síntomas interesantes.
—¿Qué síntomas exactamente?
—Palpitaciones. Mareos. Falta de aire.
—¿Te lo sabes de memoria? —inquirió y maldije.
—Lo leí.
—Eso que te pasa no es normal.
—Para alguien que se casa en una semana con un desconocido, sí.
Giré desafiante y me sostuvo la mirada.
—¿Me llevas a mi casa?
—No —apreté los labios.
—Eres desesperante.
—Acostumbrate.
Al llegar a la casa, subí directo al dormitorio de invitados, me encerré en el baño, apoyé ambas manos en el lavabo y respiré.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Mi pulso seguía alto, cada vez sonaban más mis oídos y respirar parecía complicado. Me miré en el espejo, no parecía enferma. Eso era bueno, me veía perfectamente funcional.
Pero no me sentía así.
Los oídos me pitaron de nuevo, la vista se me nublo y pelee con el grifo para abrir la canilla.
El agua helada chocó con mis muñecas, pero el alivio fue momentáneo. El penthouse de Cassian, con su minimalismo agresivo y sus techos de doble altura, se sentía esta noche como una caja de compresión que iba directo a aplastarme.
Me eché agua en la cara, una, dos, tres veces, tratando de ahogar el pánico que amenazaba con disparar mi ritmo cardíaco aún más.
Escuché el pomo de la puerta del baño girar. Me tensé.
—Está cerrado —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque mis pulmones ardían.
—Abre, Evangeline. Ahora.
La voz de Cassian no era una petición. Era el tono que usaba para demandar cosas. El mismo que implementaba su abuela y las serpientes en su casa.
Apoyé la espalda contra la mesada de mármol, observando la sombra que proyectaba su cuerpo por la ranura debajo de la puerta. Sabía que, si abría, él leería la verdad en el temblor de mi cuerpo.
—Quiero estar sola.
—No me obligues a usar la llave de servicio. Sé que no estás bien. Te vi apoyarte en la mesa en casa y cómo el color se te escapaba de los labios en el auto.
—Fue el calor de la cena, Cassian… tu familia. Cualquiera se enfermaría con tanta ponzoña junta.
Hubo un silencio. Finalmente, escuché el clic. No usó la llave; simplemente esperó a que yo cediera. Abrí la puerta solo unos centímetros, encontrándome con sus ojos oscuros. Se había quitado el saco y la corbata; tenía la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos tensos.
Y músculos.
Entró sin pedir permiso, obligándome a retroceder hacia el lavabo. Cerró la puerta tras de sí, reduciendo el mundo a estos pocos metros cuadrados de mármol y espejos.
—¿Por qué cuentas? —preguntó de repente.
El aire se me escapó. Me sujeté del borde del lavabo, con los nudillos blancos.
—No sé de qué hablas.
—Lo haces todo el tiempo. En la cena, en el auto, ahora mismo. Mueves los labios o golpeas tus dedos. Cuentas segundos, Evangeline. Como si estuvieras cronometrando cuánto te queda antes de colapsar.
—Es un hábito de mi taller —mentí, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco doloroso—. Cuando restauras madera vieja con químicos, tienes que contar los segundos exactos de exposición. Se queda grabado.
Cassian se acercó. No se detuvo hasta que su sombra me cubrió por completo. Su mano subió, rozando mi cuello, la piel se me erizo mientras sus dedos buscar mi pulso de forma experta. Su tacto estaba caliente, demasiado real contra mi piel fría.
Sus ojos se entrecerraron al sentir el galope desbocado bajo su yema.
—Tu corazón va a cien por hora y no te estás moviendo.
—Estás invadiendo mi espacio, Cassian. Eso altera a cualquiera —traté de bromear, pero mi voz salió rota.
—No me mientas. Mi madre cree que eres una trepadora, mis primas creen que eres una externa sin clase… pero yo empiezo a creer que eres un secreto andante. Y no me gustan los secretos que no puedo controlar.
Me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. En el espejo de detrás, nuestra imagen era la de dos extraños atrapados en una guerra que no terminaban de entender.
Él era el poder, la estabilidad, el dueño de cada centímetro de este penthouse que colgaba sobre Nueva York. Yo era la grieta en su cristal.
—Si algo interfiere con la boda, necesito saberlo. No por la prensa, ni por mi familia. Por el contrato.
Todo era números.
—Nada interferirá —siseé, aunque sentía que mis rodillas iban a ceder—. Estaré en ese altar. Diré que sí. Te daré el año que compraste. ¿Eso es lo que quieres oír?
—Lo que quiero es que dejes de parecer un fantasma que se desvanece en mi propia casa.
Me soltó bruscamente. Caminó hacia la salida del baño, pero se detuvo en el umbral.
—Mañana a las nueve iremos a la joyería. Y después, a la prueba del vestido con mi abuela. Si te sientes mal, me lo dices a mí. No a las criadas, ni a los choferes. A mí.
—¿Por qué? ¿Para que puedas llamar a tus abogados?
Cassian se giró. Su mirada era una mezcla de furia y una obsesión naciente que me dio más miedo que cualquier amenaza de su madre.
—Porque eres mi responsabilidad ahora, Evangeline. Y yo nunca dejo que mis activos se deterioren. Por esa misma razón mañana mismo tendrás que llevar un dispositivo.
—¿Qué? —abrí mis ojos.
—Lo que escuchas. Duérmete.
Cuando la puerta se cerró, me desplomé sobre la tapa del inodoro. El lugar era enorme, pero se sentía como una celda de cristal a cientos de metros de altura. Llevé mi mano al pecho. El latido seguía allí, irregular, testarudo.
—Seis días —susurré a las paredes—. Solo seis días más.
Sabía que los Ashford no gritaban para destruirte. Te asfixiaban con cenas y te vigilaban hasta que tu propio cuerpo te traicionaba.
Pero lo que Cassian no sabía era que yo ya estaba acostumbrada a trabajar con cosas rotas. La diferencia era que, esta vez, la pieza que necesitaba restauración era yo misma, y el tiempo era un barniz que se estaba secando demasiado rápido.
Cerré los ojos y, por primera vez, no conté para calmarme. Conté para recordar que, a pesar de él, aún seguía viva.
Solo que el silencio del baño fue mi única respuesta.