Nido de víboras

1851 Words
Evangeline Nunca me gustaron las casas grandes, me parecían muy ostentosas y frías. La de Cassian es impecable y todo eso. Demasiada perfección no podía ser normal. Desperté temprano. No porque quisiera, sino porque mi cuerpo ya no duerme más de lo necesario y era molesto cuando no trabajas. Conté hasta diez antes de incorporarme, lo hice lento, intentando no marearme, algo que logré con éxito. —Un gran paso para el hombre… —susurré. La noche anterior había sido una exhibición elegante de veneno. Las mujeres Ashford sonríen mostrando los dientes mientras afilan sus cuchillos en la espalda. Y la abuela… ella no sonríe. Analiza. Me levanté antes de que Cassian regresara de su entrenamiento matutino, ayer cuando intente huir por primera vez me enteré de que salía todas las mañana. Hoy planeaba irme de nuevo. Necesitaba espacio, mi casa, el taller. Mi olor a trementina y madera vieja. Pero sobre todas las cosas, quería seguir siendo invisible y no la prometida. Estaba bajando las escaleras cuando escuché su voz. —¿A dónde crees que vas? No me detuve. —A mi casa. —No. Seguí caminando. —No es una sugerencia. —No es su decisión —lo miré por encima de mi hombro—. Por cierto, no tenemos la confianza para que me tutee. Bajé el último escalón. Sentía su presencia detrás de mí. Control. Siempre control. —Hay prensa en la puerta de su edificio —dijo. —Y seguirá ahí mientras salga con usted y no por eso me quedaré encerrada. Tomé mi bolso del respaldo de la silla. —Vuelvo para la gala de mañana en la noche. —No. Ahora sí me detuve. Giré. —Cassian, no soy un activo que se guarda en su caja fuerte, tengo vida, un itinerario que seguir. Sus ojos se oscurecieron apenas. —Puede ir el lunes a trabajar, no se lo prohibí, pero sin duda se mantendrá en esta casa. —Es un contrato. No una prisión. —El anillo que compraremos mañana dice lo contrario. La boda en una semana reafirma mis palabras. Una semana. Siete días para caminar hacia un altar que no había imaginado jamás. Con un sujeto que no conocía como si fuese a vivir una vida a su lado. Siete días para mezclar mi apellido con el suyo. Siete días para quedar atada a una familia que planea la muerte de sus integrantes en base al monto de su cuenta bancaria. —Entonces supongo que debería ir a empacar mis cosas —respondí con calma—. Cuando termine, le aviso. Me sostuvo la mirada, sus ojos aun oscuros parecían enviar dagas en mi dirección con tanto enojo que sonreí. —Irán por sus cosas —dijo finalmente. —No. Son mis cosas. Yo decido como lo hago, además, dudo del cuidado. —No debería preocuparle eso, son personas capacitadas. —Mi taller no es para cualquiera. Puede aceptar o puede quedarse sin prometida. —Puedo demandarla —di un paso en su dirección. —Me gustaría que lo intente. Comenzamos una guerra de miradas. Su mandíbula apretada dejaba en claro sus rasgos, la sombra de barba, el tamaño de sus labios y sus ojos… Mi teléfono vibró sacándome un poco de mi debate interno. Observé el número desconocido y lo ignoré. Volvió a vibrar, Cassian lo notó. —Contesta. —¿No se cansa de dar órdenes? —Solo hazlo. Lo hice, no porque me dijera, prefería eso, a mirarlo y seguir con mi extraño comportamiento. —Hola, ¿Quién habla? —Eleanor Ashford. Su voz sonaba autoritaria incluso a través del teléfono. —Buenos días. Sonreí levemente y me la imaginé subiendo su ceja blanca. —Vendrá a tomar el té conmigo esta tarde. No fue una invitación, ella no hacia esas cosas. Me recordaba a alguien. Miré a Cassian. Él me observaba. —Tengo planes —respondí. —Los cambia. El silencio que siguió no fue incómodo, era más bien una manera de medir lo que pasaba. —Una mujer que entra en esta familia debe entender ciertas dinámicas antes de cometer errores irreversibles. No pregunté a qué errores se refería. Me los imaginaba. Quizás podría emborracharme en la próxima gala. —¿Es una advertencia? —Cortesía. Me parece que se lo merece por tan impecable actuación. Miré otra vez a Cassian. No parecía sorprendido, tampoco curioso por saber quién era. Lo sabía, por supuesto que sí. —Estaré allí —dije. —No creo que sea necesario entender que la puntualidad es respeto. —Saludar también. De nuevo nos mantuvimos calladas, esperé que se enojara, per la llamada terminó. Bajé el teléfono lentamente y clavé mis ojos en Cassian. —Haré que te lleven —comenzó a caminar. —Prefiero que primero me expliques que quiere. —Toma el té a las cinco. Aclaró como si fuera una idiota que no sabe el horario del té. La mujer parecía salida de Inglaterra y con modales de… —Evangeline —elevó la voz— ¿Estás bien? —¿Qué quiere? —pregunté. —Medirte. —Ya lo hizo. En la fiesta —lo seguí—. La mujer dice todas sus frases con veneno de regalo. —No. Ayer te evaluó en público. Hoy lo hará en privado, creeme, eso es peor. Suspiré. Perfecto, las serpientes en privado son más peligrosas. —Dime algo —entré a la cocina—. Eso no deberia hacerlo tu madre. —Ella no es la dueña de la empresa, mi abuela lo es. Entonces su madre no tenía poder económico significativo y vivían de Cassian y su abuela. —Bien, iré —dije. —Pero no sola. Sonreí apenas. —No necesito escolta. —Yo decido eso. Lo miré, parecía molesto, pero no decía exactamente por qué. —No soy tu debilidad, Cassian. No necesitas protegerme de tu familia. Su mandíbula se tensó. —No te protejo por debilidad. —¿Entonces? —Necesito que no me dejes mal, de lo contrario, anulará esto. Ahí estuvo, dudaba de mi capacidad. Lo sabía. —Si tanto temes que no sea la adecuada, busca otra, pero no estes vigilándome como si fuese una idiota —respondí. —Nunca dije que no seas adecuado. —Claro que no. El sarcasmo floreció y levantó las manos. Después de eso me fui a mi casa, a buscar ropa y guardar unas cosas hasta que el chofer toco el timbre avisando que debíamos irnos. La casa de la abuela no era ostentosa, solo antigua y lo antiguo me fascinaba. Eran memorias infinitas de legados. Me recibió una mujer que ni siquiera sonrió, solo me condujo a una sala con ventanales altos y cortinas pesadas. Eleanor Ashford ya estaba sentada, con la pierna cruzada y el bastón en la mano. No se levantó. —Puntual —observó el reloj y sonreí. —Es respeto. Sus ojos se afilaron apenas. —Siéntese. Lo hice. Cassian, que se negó a quedarse, permaneció de pie unos segundos antes de que ella lo mirara. —Tú no. Él no discutió, solo se fue. Eso me sorprendió más que cualquier cosa. Siempre se quejaba, pero con ella no peleaba. Volví la vista a la mujer que sonreía. —Sabe que mi nieto no ama —expresó sin preámbulo. —No esperaba que lo hiciera. —¿Por algo en particular? —El amor es efímero y está sobrevalorado. —Lo dice alguien que vive del arte. —El arte es siempre igual. Te sorprende y llena de adrenalina o no produce nada, puedes esperar una o la otra. Pero cuando produce, sabes bien que lo seguirá haciendo aun deteriorado. Se inclinó para tomar la taza. —Entonces dígame ¿por qué aceptó? No respondí de inmediato, necesitaba saber que hacer. Podría decir la verdad. Podría mentir. En cualquiera de los dos casos a ella no le importaría. Elegí algo intermedio. —Porque era conveniente. —¿Para quién? —Para ambos. Sus labios se curvaron apenas. —Las mujeres que creen que pueden controlar una alianza suelen subestimar el costo. —No intento controlarla, solo obtengo algo de ella, como usted debe haber obtenido de la suya. —No. Intenta sobrevivirla y ver hasta dónde llega. Me estudió largo rato luego de hablar, se mantuvo en silencio y se inclinó. —Ayer contó. No me moví ni un centímetro. —¿Perdón? —Durante la cena, tomo su muñeca, respiro y contó tres segundos. Maldita sea. —¿Cree que contaba? —Sé que lo hacía. Se inclinó hacia adelante dejando la taza. —Y las personas que cuentan tiempo lo hacen porque saben que es limitado. El aire se volvió denso. —No sea dramática —respondí. —Yo no dramatizo. Observo. Se acomodó en el sillón. —Tiene una semana hasta que esto se haga oficial. —Lo sé. —Una semana para decidir si quiere pertenecer a esta familia y pelear o solo darse por vencida. La palabra me atravesó. —¿Y si no quiero casarme? —Entonces retírese antes de que la ceremonia la ate. No esperaba eso. —¿Me está ofreciendo una salida? —Le estoy dando una oportunidad de no destruirse. Cassian lo hará. Es una mujer inteligente, educada y me agrada, no todo el mundo lo hace, por lo que, le doy una salida. La miré fijo. —¿Destruirme o destruir a su nieto? Sonrió. —Eso depende de qué tan consciente sea usted de lo que hace. Me levanté. —No estoy jugando, señora Ashford. —Nadie en esta familia juega. Cuando me dirigía hacia la puerta, su voz volvió a detenerme. —Las serpientes femeninas, como usted probablemente ya notó, no muerden sin razón. Pero cuando lo hacen, no fallan. Me giré apenas. —Tampoco yo. Salí sin esperar respuesta. Al llegar al auto, mi respiración se aceleró por primera vez en todo el día y conté. Uno. Dos. Tres. Cuatro… seis. Demasiado rápido. Apoyé la frente contra el vidrio, tenía una semana para ver si esto era buena idea. Una semana. Siete días para decidir si cruzaba un altar sabiendo exactamente lo que implicaba. No por Cassian, por mí. Porque lo que nadie en esa familia entendía que para mí el tiempo no era una metáfora y no estaba segura de querer gastarlo en una guerra que quizás no podría terminar. —¿Estás bien? —Tu abuela es una pitón con oro —siseé y lo miré. —Sí, suele causar ese efecto. —¿Efecto? Es un hecho, es una arpía. La mujer sabía más de lo que quería. Y yo no tenía más que siete días para decidir si me convertía en una de ellas… o si me iba antes de que fuera demasiado tarde. —Solo quiere darte miedo. —Creo que quieren corromperme. El auto no fue directo a la casa de Cassian. —¿A dónde vamos? —pregunté. El conductor dudó apenas. —Pasaremos por la residencia principal, es orden de mi abuela, nos espera el resto de la familia.
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