Lo que no estaba previsto

1783 Words
Cassian No me gusta la improvisación. El mercado no perdona la debilidad, y la debilidad casi siempre nace del desorden. Por eso el anuncio estaba programado para las nueve en punto. Nota de prensa lista, fotografías seleccionadas, portales económicos alineados, una historia simple: compromiso estratégico, estabilidad, proyección a largo plazo. Nada romántico. Nada sentimental. Eficiente. A las ocho treinta y siete mi teléfono vibró. Eso no era parte del cronograma. —Señor Ashford —la voz de Martin, mi director de comunicaciones sonaba contenida—. Tenemos un problema. No pregunté cuál. Cuando alguien empieza así, el problema ya es grande. —Habla. —La noticia se filtró. Cerré mis ojos y llevé mis dedos al puente de mi nariz. —¿Cómo? —Un blog financiero. Luego lo replicó un portal social. No tenemos confirmación de fuente, pero… ya es tendencia. Abrí la Tablet y ahí estaba. “Cassian Ashford se casa en secreto: ¿quién es la mujer?” No me molestaba la filtración. Me molestaba perder el control del momento. Yo decido cómo, no ellos. —¿Saben su nombre? —Sí. La imagen que acompañaba la nota era de archivo. Evangeline saliendo del museo. Cabello recogido. Expresión neutra. Los comentarios debajo eran lo más molesto de todo: ¿Es heredera? ¿Es modelo? ¿Es oportunista? ¿Por qué ella? Cerré la pantalla. —Adelanten el comunicado oficial. En veinte minutos. —¿Con declaración conjunta? Pensé en ella, en su departamento pequeño, en la cláusula médica escrita a mano, en su mirada cuando dijo: “usted será el último en enterarse”. —No. Solo confirmación. Sin detalles. Corté. Miré el reloj. A las nueve debía sonar la campana de apertura en la bolsa, tenía reunión con inversores a las diez. Y una prometida que no sabía que el mundo ya la estaba diseccionando. Necesitaba hacer algo, aunque no sabía bien qué. Cuando llegué a la oficina, las pantallas del lobby ya mostraban el titular. Los empleados fingían no mirar, pero lo hacían igual. No me importaba el murmullo, pero por alguna rara razón me importaba ella, por lo que marqué su número. Sonó una vez. Dos. Contestó al tercer tono. —¿Sí? Su voz estaba demasiado calma. —La noticia se filtró. La línea mantuvo el silencio unos segundos. —Lo imaginé. —¿Cómo? —El portero me preguntó si necesitaba ayuda con la prensa. Exhalé despacio. —No salga hoy. —Tengo trabajo. —No es una sugerencia. De nuevo me dejo en espera. —No soy un activo que pueda guardarse en una caja fuerte, señor Ashford. Ahí estaba otra vez esa lengua filosa que me descolocaba. —En una hora habrá cámaras en la puerta. —Entonces aprenderé a caminar entre ellas. Cortó. No estaba acostumbrado a que alguien terminara una llamada conmigo. Yo las terminaba. A las diez y veinte mi asistente entró sin tocar. —Señor, hay prensa en el edificio del museo donde trabaja la señorita Hartwell. Sentí algo incómodo, una tensión leve que no tenía que ver con negocios. —¿Cuántos? —Al menos seis cámaras. Y creciendo. Tomé el saco. —Cancelen la reunión. —¿La de los inversores? Prácticamente grito mientras me seguía. La miré. ¿desde cuándo debía justificar todo? —Cancelen. Cuando llegué, la escena era exactamente lo que había previsto. Micrófonos, cables, fotógrafos buscando el mejor ángulo. Evangeline salió del edificio diez minutos después, no llevaba maquillaje elaborado, tampoco un escolta. No parecía preparada para este circo. Solo se detuvo un segundo cuando vio la cantidad de gente. Se abrumó, la notoriedad fue mínima, pero la noté. Luego caminó, espalda recta, mentón alto. Como si hubiera nacido para atravesar eso. —¡Señorita Hartwell! —¿Es un matrimonio por dinero? —¿Está embarazada? —¿Cuánto le pagaron? Vi el momento exacto en que su respiración cambió, sutil, demasiado sutil para cualquiera que no estuviera mirando con atención. Yo estaba mirando. Avancé entre la prensa sin anunciarme. Ella respondió una pregunta con serenidad quirúrgica. —No tengo comentarios adicionales. El comunicado oficial habla por sí mismo. Otra pregunta más invasiva llegó, no era para tener conocimiento, solo agresividad por primicia. Entonces lo vi, llevó la mano a su pecho. Un segundo apenas, como si intentara acomodar el aire o estuviese a punto de sufrir un ataque de pánico. Sus pupilas perdieron foco, fue mínimo, pero sucedió. —Evangeline. No suelo gritar, pero esta vez lo hice. Su mirada buscó la mía, intentó sonreír, no lo logró. El mundo no se detuvo, las cámaras siguieron, las preguntas salían una detrás de otra. Fuertes. Demandantes. Sin escrúpulos. Ella dio un paso, luego otro, el tercero fue inestable, sus ojos se cerraron y se desplomó, pero la tomé antes de que tocara el suelo. El silencio que siguió fue brutal. No por empatía, a ellos no les interesaba, era el impacto visual. A mi me costaba hablar, pues acababa de descubrir que su cuerpo pesaba menos de lo que esperaba. Demasiado liviano. —¡Aléjense! —ordené. Ladre la orden con la misma autoridad que ejerzo sobre las personas y la subí al auto sin mirar a nadie. —¿Al hospital, señor? —dijo el conductor. La miré. Su piel no tenía color, su respiración era superficial, demasiado superficial. —No. No sabía por qué lo dije. Solo sabía que no quería una sala llena de periodistas. —A mi casa. La llevé en brazos hasta el dormitorio principal, la acosté con cuidado, seguía inconsciente. Sus mejillas tenían un leve color que contrastaba con el blanco de su piel. Mis ojos se desviaron a sus labios, finos, pero proporcionados. Era linda, su piel no tenía ni una sola imperfección. Mis manos se movieron solas directo a su rostro para acariciarlo despacio. Era tan suave como se veía. Parpadeé molesto con mi reacción y marqué el número de mi médico privado. —Necesito que venga, ahora. No di explicaciones y no preguntó. Cuando colgué, me quedé de pie frente a la cama, poniendo distancia de su cuerpo y perfume. Necesitaba pensar y ella no me dejaba hacerlo como quería. No me gusta no entender lo que ocurre y no entendía esto. No era un desmayo común, no se sentía como uno, vi a chicas desmayarse por vestido apretados o falta de comida. También por crisis nerviosa. Esto se sentía distinto. Su respiración tenía un ritmo irregular, al menos el movimiento de su pecho delataba eso. Me acerqué, apoyé dos dedos en su cuello solo para corroborar su pulso rápido. Inestable. Una sensación incómoda me recorrió el estómago, no era miedo, parecía al más complejo que sentir pavor por lo que pasa, más bien era responsabilidad. —Señor, ¿necesita algo? —Respuestas. El médico llegó quince minutos después, la revisó en silencio, escuchó su corazón y pulmones. Frunció el ceño y lo seguí. —¿Desde cuándo presenta estos episodios? —No lo sé. —Esto no parece algo aislado. La frase quedó suspendida entre nosotros y sembrando algo nuevo en mi mente. No parece algo aislado. —¿Qué está insinuando? El médico dudó y volvió con el aparato a su brazo. —Que necesita estudios. Miré hacia la cama. Evangeline empezó a moverse, sus manos fueron las primeras, una pierna, la otra, parpadeó lentamente con el rostro lleno de confusión. E intentó incorporarse. —No —ladre la orden molesto—. Quédese quieta. Sus ojos recorrieron la habitación, comparado con su apartamento, esto gritaba lujo y cuando entendió dónde estaba, su expresión cambió a puro enojo. —¿Dónde estoy? —En mi casa. Intentó sentarse otra vez, el médico intervino colocando una mano en su hombro. —Debe descansar. Su presión cayó de forma abrupta. Me miró. No importaba el médico, solo me analizaba a mí —Estoy bien —dijo. No lo estaba, seguía pálida. —No lo está —respondí. Empezamos una guerra de miradas mientras el médico cerraba el maletín. —No pueden ignorar esto. No, no lo haría. —Programaremos estudios —lo tranquilice. Evangeline me miró con una calma que no coincidía con su estado. —No necesitamos dramatizar. Habló en plural, como si esto fuera un inconveniente menor. El médico me observó, luego a ella y luego otra vez a mí. —Hable con ella —dijo antes de irse. La puerta se cerró, el silencio volvió a colarse entre nosotros. Me acerqué a la cama despacio y ella no se movió. —¿Qué está pasando? —Nada. —No mienta. Sus labios se tensaron. —No es nada, pero si no me cree, mejor no se meta. Sentí algo que no suelo sentir, irritación. Aunque con ella siempre lo sentía. Irónico. —Firmó un contrato conmigo. —No firmé mi cuerpo. Me incliné apenas hacia ella, necesitaba que mis palabras no quedaran al aire y que entendiera la realidad de lo que ocurría, porque no iba a perder. —Si esto afecta el acuerdo, sí es asunto mío. El cambió estuvo, leve, pero suficiente. Sus ojos se oscurecieron, la mandíbula se le tensó. Aferró los puños a la sabana, arrugándola con sus manos. —Entonces debería empezar a considerar que tal vez firmó algo que no entiende. La miré fijo. —Explíqueme. Negó con la cabeza. —No. Su mano empujo mi pecho, se levantó demasiado rápido, su mareo volvió. Lo sé porque se tambaleo apenas piso el suelo. La sostuve otra vez, ahora pegando su cuerpo al mío, mientras la mantenía por la cintura. Evangeline soltó un suspiro, su respiración chocó con mi cuello. —Suélteme, estoy bien. —No hasta que me diga la verdad. Tomó aire, su perfume me golpeo directo, solo se aparto lo suficiente para elevar su rostro y hacer que el mío se incline en su dirección. Sus ojos brillaban, pero no había expectativa por la proximidad, solo rabia contenía, una que quedo en evidencia cuando susurró, casi sin voz —No tiene el control sobre todo, Cassian. Tal vez esa era la peor parte de hacer las cosas con ella, no tenía certeza de nada en su vida, pero si sabía algo, Evangeline podía destruir la estabilidad que yo creía haber comprado. La solté lentamente y retrocedí un paso. —Descansará aquí esta noche —no fue una pregunta. —No. —No es negociable. Me sostuvo la mirada, ahora el enojo había cambiado por otra cosa tristeza. —Hay cosas que no se arreglan con dinero —murmuró. No respondí. Pero algo, muy profundo e incómodo, empezó a instalarse en mi cabeza. Evangeline ocultaba algo e iba a averiguar que era.
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