Las condiciones que no estaban escritas

1525 Words
Evangeline Volví caminando lento. Eso era lo que hacía cuando algo intentaba desarmarme: ordenaba el cuerpo primero. Espalda recta. Mentón alto. Respiración estable. El restaurante quedó atrás como una escena mal iluminada. La propuesta seguía flotando en mi cabeza con una claridad irritante. Porque eso causaba Cassian, irritación. Un año. Contrato. Dinero inmediato. Necesitaba el dinero, pero ¿valía eso mi libertad? No estaba segura de querer pagar el precio de aquello. Subí al departamento sin usar el ascensor. Cuatro pisos. No por orgullo. Por necesidad, pero aun así en el tercer descanso tuve que detenerme. No fue aquel mareo constante, sino esa presión conocida. Una opresión fina detrás del esternón, como si alguien apretara con dos dedos desde adentro. No era dolor agudo, pero sí advertencia. Me apoyé en la baranda, conté hasta cinco. Luego hasta diez. Esperé que pasara y me permití pensar en mi charla. Dinero. Eso era el resumen de un sujeto que quería controlar todo sin importar el costo. Tomé aire una vez más, lento, profundo. Pasó. Siempre pasaba. Seguí subiendo. Entré al departamento y cerré con llave. El silencio fue inmediato y real. Más honesto que cualquier conversación que había tenido esa noche. Me quité los zapatos. Dejé el abrigo sobre la silla. Caminé hasta la mesa donde seguía el sobre del hospital. No lo había abierto del todo. No hacía falta. Sabía lo que decía. “Deterioro progresivo.” “Monitoreo intensivo.” “Recomendación de intervención no diferida.” No usaban palabras dramáticas, nunca lo hacían, solo lenguaje clínico, extravagante. El problema, debajo de cada término técnico había una verdad simple: El reloj seguía avanzando y yo me quedaba. Me senté. Apoyé los dedos sobre el papel. No lloré, no tenía lágrimas. No me tembló el pulso, no lo hice cuando me dieron el diagnóstico y no iba a empezar ahora. Tomé el teléfono. Había un mensaje nuevo. Hospital Central — Actualización de lista. Lo abrí. Su posición en la lista no ha cambiado. Le recordamos que existen procedimientos privados que podrían acelerar estudios complementarios y evaluación integral. Lista. Esa palabra bastaba. No decía cuánto tiempo. No decía prioridad. No decía probabilidades. Solo lista. Su traducción: espera. Y la espera, en ciertos casos, no es neutral. Apoyé el teléfono boca abajo. Cassian Ashford tenía razón en algo, la necesidad no es romántica, es concreta. Me levanté y fui hacia el pequeño escritorio donde trabajaba cuando llevaba piezas del museo a casa. Había un marco antiguo apoyado contra la pared. Dorado, agrietado, con capas superpuestas de intervenciones anteriores. Me gustaban los marcos dañados. Sostenían belleza incluso cuando estaban a punto de romperse. Apoyé la frente contra la madera un segundo. No quería ese matrimonio. No quería deberle nada a nadie. Tampoco que alguien creyera que me salvaba, aun así no quería dejar todo a medias. Respiré hondo. El teléfono vibró otra vez. Número desconocido. —¿Sí? —Señorita Hartwell —un voz femenina y formal llenó mis oídos—. Le habla la oficina legal de Ashford Group. El señor Ashford solicitó que le entregáramos el borrador contractual en persona, en caso de que desee revisarlo con mayor detenimiento. Cerré los ojos un segundo. No insistía él, mandaba a sus lacayos a cumplir la tarea de llegar a mí. —No dije que estaba interesada. —Lo sabemos —respondió la mujer—. Pero creemos que algunas decisiones requieren algo más que cifras en una mesa. Miré el sobre del hospital, luego el marco roto. —¿Cuándo? —Podemos pasar esta noche. Me callé. No respondí de inmediato, no quería darles poder sobre mí. —En una hora —dije. Colgué. La abogada llegó puntual. Traje gris. Portafolio ocre, ninguna emoción visible. Dejó la carpeta sobre mi mesa como si estuviera entregando un informe cualquiera y se paro lista para dar un exposición. —El contrato contempla un año exacto —explicó—. Compensación inicial al firmar. Pagos mensuales. Cláusula de salida limpia para ambas partes. Sin penalidades reputacionales. Abrí la carpeta. Era impecable, demasiado. Todo parecía contemplado. —¿Y las cláusulas de intimidad? —pregunté sin levantar la vista. —A discreción de las partes. El señor Ashford no exige intimidad obligatoria. No exige. Interesante elección de palabra. Pasé las páginas con calma. Había algo que no estaba. —Quiero una modificación. La abogada levantó la vista por primera vez. —¿Cuál? —Cláusula médica independiente. Silencio breve. —Explíquese. La miré directo. —Si durante el año de matrimonio desarrollo una condición médica grave, el señor Ashford no podrá usarla para anular el contrato ni modificar términos económicos. No respondió. Sus ojos me analizaron mi cuerpo por un largo rato hasta que se detuvo en mi rostro de nuevo. —¿Existe actualmente alguna condición que debamos declarar? —preguntó . Sonreí apenas. —Nada que afecte la imagen pública. Eso era técnicamente cierto, aunque quizás no del todo. La abogada anotó algo. —Se lo transmitiré. —No. Quiero hablar con él. Cassian llegó cuarenta minutos después. No preguntó si podía entrar. Tampoco hizo comentarios sobre el lugar. Observó, sus ojos repasaron todo, porque era algo que él hacía, observar. —Pensé que no estaba negociando —simplifico. —No lo estaba —respondí—. Ahora sí. Le entregué la hoja con mi modificación escrita a mano. La leyó sin cambiar la expresión, era lo básico, nada de sexo, habitaciones separadas, temas de salud. —Interesante. —No es negociable. —Todo lo es hasta que se firma. —Esto no es negociable, aun cuando no se firme. Nos desafiamos con la mirada. —¿Hay algo que deba saber? —preguntó. —No. —Entonces no entiendo la cláusula. —No necesita entenderla. Eso lo tensó, muy poco, pero lo vi. —La confianza suele ser bilateral —dijo y chasquee mi boca. —Esto no es confianza. Es protección personal. —¿De mí? —Del contrato, solo eso. Cassian cerró la carpeta. —Acepto. La respuesta fue inmediata y eso no lo esperaba, tal vez pasaba más en su familia de lo que decía. —¿Sin preguntar más? —Usted quiere una garantía. Yo quiero estabilidad. No me interesa lo que no afecte la imagen. Había algo en la forma en que lo dijo, que demostraba que no era del todo cierto. —Hay otra condición —agregué. —Adelante. —No conviviremos de inmediato. —Eso contradice el propósito público. La necesito en mi casa más tardar hoy y como eso no es un hecho, será mañana. —Podemos anunciar compromiso. El matrimonio legal puede esperar unas semanas. —¿Por qué? Porque no sabía cuánto margen tenía. Porque necesitaba organizar cosas que él no debía conocer. Porque mi vida no era un paquete que se trasladaba por firma. Pero no dije nada de eso. —Porque no soy una pieza que se muda cuando usted lo decide. Tengo voluntad ¿sabe lo que es eso? Su mandíbula se tensó y deje escapar una leve sonrisa. —Dos semanas —dijo finalmente. Asentí. Tomé la pluma, mi mano no tembló mientras firmaba y me asombré. Nombre completo. Fecha. Cada hoja tenía mi nombre plasmado. Cassian firmó después. Su trazo era firme, vertical, decidido. Cerró la carpeta. —Ahora es oficial. —Más bien legal —corregí. Se acercó un paso, no me tocó, pero el espacio entre nosotros se redujo significativamente. —No me gusta no saber —su voz sonó baja. —Acostúmbrese. Me sostuvo la mirada un segundo más, después tomó el saco. —Mañana anunciaré el compromiso. —¿Tan rápido? —El mercado no espera. Claro, todo era mercado para él. Caminó hacia la puerta y volvió a verme. —Evangeline. —¿Sí? —Si hay algo que pueda afectar este acuerdo, prefiero saberlo antes que después. Lo miré con serenidad absoluta. —No se preocupe, señor Ashford. Cuando llegue el momento… usted será el último en enterarse. Le molestó y lo disfruté, pero no respondió, solo cerró la puerta con un sonido seco. El departamento volvió al silencio. Miré el contrato firmado sobre la mesa. Un año. Tomé el teléfono, había otro correo del hospital. Lo abrí. Tras revisar sus últimos estudios, recomendamos no postergar la intervención más de tres meses. El riesgo de evento agudo ha aumentado. Tres meses. No un año. Tres. Me senté despacio, apoyé la mano sobre el pecho, la angustia se acumuló, pero la contuve sin decir nada. Necesitaba mantener la calma porque no me ayudaba en nada desesperarme. Miré el contrato otra vez, tenía un año comprado. Eso debía bastar. Sonreí por primera vez en toda la noche. No era alegría, más bien decisión. Cassian Ashford quería un matrimonio por imagen. Él creía que estaba asegurando estabilidad. No sabía que acababa de comprometerse con una mujer que estaba contando los meses. Cuando entendiera por qué firmé esa cláusula médica… tal vez ya no quedaría nada que negociar, porque yo acababa de firmar por tiempo. Y el tiempo, según el informe que descansaba abierto en mi pantalla… no estaba de mi lado.
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