Evangeline Hay recuerdos que no son imágenes, sino cicatrices que laten cuando cambia el clima de la vida. Para mí, el recuerdo del accidente no empieza con el golpe, sino con el olor: una mezcla de cuero viejo, el perfume barato de vainilla de mi madre y el aroma a tabaco rancio que siempre impregnaba el abrigo de mi padre. Era un olor a hogar en descomposición. Aquel día, el cielo sobre la carretera tenía un color grisáceo, como si el mundo hubiera decidido desaturarse antes del final. Yo tenía doce años y una capacidad asombrosa para hacerme invisible en el asiento trasero. A mi lado, Mateo, con sus ocho años y su energía inagotable, jugaba con sus coches de plástico sobre la tapicería desgastada. —¡Mira, Eva! —decía, ajeno a la tormenta que se desataba en los asientos delanteros

