I. Sucubo
En los confines del infierno, sobre la orilla de un acantilado, un demonio del sexo vestida con una gabardina beige se encontraba seriamente mirando hacia arriba, su cabello rosado danzaba con la brisa acida, sus dorados ojos contemplaban la grieta, aquella abertura degradada en todos los colores azules posibles que la llevaría al mundo humano. Esperaba de brazos cruzados, impaciente, hasta que otra súcubo apareció teletranportandose.
—¡Hermana Zimisthria! — volteó asustada, aliviándose instantáneamente al asegurarse de que en efecto era ella—, temía que no vinieras.
—No podía perderme el espectáculo At —espetó estoica aquella súcubo con apariencia de lolita gótica.
—¿Lo conseguiste? — inquirió algo nerviosa la peli rosada.
—Fue difícil, el Lirium Vitae es escaso incluso en el infierno.
—El nigromante dijo que era esencial — replicó.
La hermana mayor le entregó un lirio de un rojo intenso, casi fosforescente, Athalia tomó la hermosa flor, acariciando sus pétalos, lo guardó cuidadosamente y se preparó para partir.
—¿Estás segura de esto?, Efelios te asesinara en cuanto se entere que escapaste.
—Es mejor ser asesinada que convertirse en una más de sus perras, yo también quiero un harem, pero eso no quiere decir que obligaré a alguien a ser parte de él. Si todas esas idiotas quieren morir por su señor, que se den, no me arrastraran con ellas.
—Athalia, ¿realmente, estás segura de irte?, aún si quieres huir de Efelios, a duras penas podrás durar un año en ese lugar.
—Sí... quizás... bueno, cualquier cosa es mejor que ser un trofeo más de su harem, aun no entiendo porque las demás súcubos se aferran a él, si la vitalidad que les roba eventualmente las matará.
— No puedes quejarte, ahora está en la jerarquía más alta de los demonios sexuales, casi a la par de Lilith.
—Puaj, ese imbécil es demasiado nefasto para mi gusto, me niego rotundamente... aunque eso ya no importa. ¡Adiós Zimisthria! Cuídate mucho, Ciao ciao, sayonanara, bomboayage, good bye...
Iba a continuar despidiéndose cómicamente alegre, hasta sintió una presión que le heló la sangre, el mismísimo Efelios se acercaba a toda velocidad con su lanza, dispuesto a decapitarla debido a su desobediencia.
—¡¡¡¡¡¡Gyaaaaaaaaaa!!!!!! ¿¡Cómo se enteró!?
—Te dije que se daría cuenta — reiteró estoicamente.
El pánico le hizo volar a toda prisa para atravesar la grieta, y estando a punto de ser tasajeada por la ira de Efelios, logró cruzar, escuchando a lo lejos los improperios de ése demonio arrogante.
—¡¡¡Regresa aquí perra bromista!!! ¿¡Crees que estoy jugando!?
—Nana nana na na~ mira tú carota~
Bailaba en son de burla mientras infantilmente sacaba la lengua en dirección a sus feos gritos, cuando repentinamente la lanza venía a una velocidad supersónica que a penas y pudo esquivar, pasando de largo, rasgando un poco su mejilla.
—¡WUAAA!
—¡¡¡CUANDO VUELVAS LO PAGARAS!!!— bramó a lo lejos.
Mientras atravesaba la grieta, por fin dejando de torear a su perseguidor, su sonrisa se hizo presente, los demonios superiores no tenían permitido pasar.
—¿Qué lo pagaré?... ¡Ja! ¡Eso sí es que vuelvo!
Así es, había perfeccionado un hechizo que le permitiría quedarse en el mundo terrenal por cientos de años, si no es que toda su eternidad.
—Solamente debo pasar desapercibida, no cruzarme con ángeles y no causar inconvenientes.
Claro, sonaba sencillo, pero parecía olvidar que ser un demonio era un inconveniente en sí mismo. Llegado al otro lado del portal, salió disparada junto a un trueno, la puerta a ese mundo estaba camuflada de nube y llegó en un momento oportuno, escondida entre la tormenta a las tres de la tarde en un día de junio. Era simplemente perfecto, tenía tiempo de sobra, era vital prepararse para un festín esa noche, lamió sus labios casi saboreando lo que vendría.
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Cinco meses después de cierta tormenta en París, en un lugar que nada tenía que ver con ese acontecimiento, más específicamente en Italia, en el sótano de una iglesia en la comunidad católica de Santa Sofía, un joven sacerdote y una monja, acomodaban ropa para donar a los pobres.
—Padre Cael, la recolección de éste año es espléndida, seguro que nuestros hermanos menos privilegiados estarán muy agradecidos.
—Sí, fue un gran trabajo el de hoy.
Conversaban cordiales cuando una voz masculina los interrumpió.
—¡Hermana Isabella! ¡HERMANA ISABELLA!
Otro sacerdote apareció bajando las escaleras, era calvo y con una panza prominente, traía consigo un bonche de folletos.
—Hermana Isabella, olvidó entregar los folletos para la misa que daré mañana — externó fastidiado.
—¡Oh! Lo lamento muchísimo padre Piero, después de limpiar su despacho, la madre superiora me llamó para ayudar con los niños, olvidé los folletos y...
—¡No quiero ninguna ridícula excusa, vaya al centro de la cuidad y entréguelos ahora mismo!
— Pero...
—¡¡Ninguna excusa dije!!
El sacerdote Piero, molesto, se retiró de allí sin mediar más palabra, y a su vez, la hermana parecía a punto de llorar. Isabella era una chica huérfana de 18 años, tímida, torpe y sumisa, su apariencia menudita aunado a su cabello pelirrojo, ojos azules inocentes y rostro pecoso, no ayudaba, por lo que, en el exterior, era muy fácil que se metieran con ella.
—Soy tan tonta, no debí hacer enojar al padre.
—No diga eso hermana, es más, deme los folletos, yo iré a repartirlos.
—Cómo cree, jamás querría causar más molestias, y menos a usted.
—No son molestias, son precauciones, ya es muy noche como para que una joven vaya sola hasta el centro de la ciudad, tengo mi propio transporte y facilidad con la gente, seguro termino rápido.
Tranquilizó a la hermana sonriendo gentilmente, pues desde hacía un rato no había parado de temblar, el que le gritaran la ponía nerviosa y asustadiza.
—Es muy amable padre Cael, ojalá todos los sacerdotes fuesen como usted.
—Gracias por el cumplido; por lo mientras termine de guardar las prendas restantes, yo iré a hacer la tarea que le encomendaron.
Cael tomó los folletos de la mesa donde el padre Piero los había arrumbado y se dirigió hacia el centro de Milán.
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En el antro Just Cavalli de Milán, una sensual mujer de cabello rosado, aparentemente de 20 años cuya ropa no dejaba mucho a la imaginación era "cortejada" por un hombre, sentados en las mesas del estrambótico lugar, la hermosa fémina se excusó retirándose al tocador.
El hombre, ni lento ni perezoso, puso una pastilla en la bebida de su acompañante, la cual burbujeó hasta desintegrarse, después de un tiempo prudente, la mujer regresó y continuaron con su plática mientras el depredador estaba más que contento.
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Ya eran las once treinta de la noche, o eso decían las manecillas del reloj de Cael, ya había entregado casi todos los folletos y pensó que lo mejor era volver a casa, ya se iba a retirar cuando una pareja llamó su atención. La mujer iba muy ligera de ropa para el frío que hacía, de solo verla se le enchinaba la piel, pero apenas podía andar y los ojos del hombre que la sostenía estaban inyectados en lujuria y perversas intenciones.
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Su cuerpo se sentía caliente, maldita sea, había caído en un truco realmente estúpido, el traje de carne que obtuvo era diferente de cualquiera que pudiesen usar los demonios, y aunque tenía debilidades similares a las de un ser humano común, no iba a permitir que ese sujeto se saliera con la suya, pues creyó haber encontrado a alguien medianamente decente, para algunos súcubos, mientras más virtuosa sea la presa, mejor es la calidad de la energía que devoran.
Doblaron la esquina, metiéndose en un oscuro callejón, la empujó contra la pared.
—Espera —lo apartó un poco.
—Vamos preciosa, estoy seguro que también quieres —externó sarcástico y desvergonzado.
La joven agachó la cabeza y comenzó a reírse, el tipo se descoloco, pero no le dio tiempo a nada más, pues los ojos que observaba se tornaron dorados y fieros, con un brillo siniestro; un tercer ojo se abría macabro, ante su incredulidad.