Aidan caminaba junto a Couzie con una mezcla de ansiedad y resignación anudada en el pecho. Couzie, con su mirada fija en un horizonte nebuloso, había insistido que debían llegar al extremo opuesto del cementerio, justo al sitio donde Aidan le había prometido a Dreida encontrarse cuando la luna empezara a caer, como si aquella promesa, pronunciada en una noche aún vibrante de esperanza, tuviera el poder de reescribir lo que ya se había perdido. El cementerio parecía haber mutado desde la última vez que lo cruzaron. No quedaba rastro de las tumbas que antaño trazaban un mapa irregular de recuerdos; no había mármol ni cruces torcidas ni nombres arañados por el tiempo. Solo una extensión inmensa de tierra muerta, barrida por el viento, sin marcas, sin grietas, sin humo emergiendo aún de la a

