Jean Pierre bajó la mirada, frunciendo el ceño con gesto involuntario, como si el suelo pudiera ofrecerle alguna respuesta concreta a la maraña de pensamientos que empezaban a agolparse en su mente. Sus pasos fueron lentos, medidos, casi ceremoniales, y al extender su mano con un ademán discreto le indicó a Aidan que lo siguiera. No era necesario intercambiar palabras. Bastaba la mirada, el gesto, el peso en el aire. Mientras avanzaban por aquel lugar mal iluminado, la expresión de Jean Pierre iba transformándose poco a poco: de la confusión inicial a una inquietante claridad. Era evidente que comenzaba a atar cabos, hilando fragmentos dispersos que, finalmente, parecían encajar. Caminaron durante varios minutos en un silencio denso, cargado de pensamientos no compartidos. Cada uno sumido

