Aidan sabía que todo podía ser una trampa. Una más. Lo había vivido antes: seguir un hilo de esperanza solo para caer en las garras de una promesa vacía. Y sin embargo, cada vez se dejaba llevar, como si el deseo de salvar a su padre fuera más fuerte que su instinto de protección. Esta vez, lo que lo inquietaba no era la posibilidad del dolor, sino la figura de Sarah. ¿Y si ella no lo tenía? ¿Y si las palabras de Corito habían sido colocadas ahí como una pieza más del ajedrez de Minerva? El dilema se anudaba en su pecho. A lo lejos, Couzie seguía acercándose con paso lento, como si no quisiera interrumpir el momento entre Aidan y la niña. Pero en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, algo cambió: su mirada se detuvo bruscamente en el rostro del joven. No era una expresión cualquiera.

