La chica no podía evitar la emoción que sentía al saber que su padre había vuelto; aunque podía haber problema pero el plan que tenían Dreida, Aidan y ella, sabía que las cosas serían más fáciles con su padre a su lado. —Sí, mi amor. No tengo mucho que llegué a la ciudad —respondió el hombre con una serenidad que contrastaba con el tumulto que aún latía en su pecho. Al terminar de hablar, soltó un suspiro largo, casi resignado, como quien carga el peso de varios días sin descanso. Se giró lentamente hacia su hija menor, posando la mirada cansada sobre ella, pero acompañándola de una pequeña sonrisa, leve, sincera, como una flor que intenta abrirse en invierno. Los ojos, sin embargo, no lograban disimular el agotamiento: había algo sombrío en su profundidad, algo que hablaba de calles reco

