Aldo
—¿Qué me trajiste? ¿Hay algún regalo para mí? —Ni siquiera un saludo o una muestra de afecto. Como siempre, solo deja ver su maldito interés por las cosas materiales.
Isabela, la mujer que actualmente está casada conmigo, solo siente apego a las cosas materiales. Jamás, en todos los años que llevamos de matrimonio, ha hecho otra pregunta cuando llego de viaje. Sé que pudiera parecer increíble y realmente lo es, sin embargo, con el pasar del tiempo, me he acostumbrado a su manera extraña y vacía de vivir. Por tal motivo, al único que su comportamiento no le resulta extraño es a mí.
Y como ya la conozco y sé que en cuanto entrara por esa puerta esa sería su pregunta, tomé mis precauciones. Ordené un vestido. Uno más para la extensa colección que ya tiene.
—Lo olvidé en el auto —lo hice a propósito. Ya me tiene harto.
—¿En el auto?
—Sí, Isabela. En el auto. Agradece que no lo olvidé en la tienda.
—Aldo...
—Estoy cansado, Isabela. Tu vestido puede esperar. No saldrá corriendo. De lo contrario, manda por él, ya que ni siquiera eso eres capaz de hacer.
—Pero... Aldo, ¿qué fue lo que hice? ¿Por qué te estás comportando así?
—Mejor preocúpate por lo que no hiciste. Aunque a estas alturas tampoco creo que sea necesario. Mejor me voy a dar una ducha para intentar descansar. ¡Déjame en paz, Isabela!
Ni siquiera le doy tiempo a que hable. Me pierdo en la inmensa sala, en dirección a las escaleras, y subo a toda prisa rumbo a la habitación. Mientras lo hago intento borrar el sabor amargo que me produce el tener que lidiar con ella. Dos días fuera y ni siquiera es capaz de recibir a su esposo con un beso. Ni siquiera una muestra de afecto que me recuerde o me haga considerar el porqué me casé con ella, siendo bisexual.
¿Por qué la escogí a ella y no a otra u otro, cuando habían tantas posibilidades?
¡Qué asco de vida tener que convivir con alguien así!
Sientes que cada segundo a su lado es tiempo de vida miserablemente perdido.
Al llegar a la habitación dejo todo y me voy al espejo. Ya frente a él y viendo mi imagen, pienso un instante en que de nada vale lamentarse del tiempo perdido. Que lo importante es saber cómo vivir el que queda y con quién lo has de vivir.
Con esas ideas me meto al baño y me quedo un tiempo bajo la ducha, intentando no pensar. Así estoy, entretenido, hasta que siento un par de brazos que llegan desde mi espalda y me abrazan.
Ya sabemos de quién se trata.
—¿Qué crees que haces, Isabela? —cuestiono sin darme la vuelta. Bajo la mirada hasta sus manos. El esmalte rojo carmín que cubre sus uñas resalta en medio del agua y la piel blanca.
—Buscar de mi hombre. ¿No es eso lo que hacen las mujeres cuando tienen a un semental como tú a su lado? —Su expresión solo me provoca rodar los ojos. Eso y sentir una especie de asco camuflado con indiferencia. Ya nada en ella despierta mi virilidad.
—Hemos hablado sobre esto muchas veces, Isabela. No sé por qué sigues insistiendo —con un movimiento brusco me libero de su agarre y salgo de la ducha.
—Aldo, ¿seguirás con esa actitud? ¿Me dejarás aquí, así?
—Tú y yo ya no somos compatibles, Isabela. Tienes en tu poder la demanda de divorcio y, aun así, sigues fingiendo que no pasa nada —la observo, desnuda, con la boca entreabierta, llena de asombro por lo que estoy haciendo—. Y en cuanto a si voy a dejarte así, ya lo hice —su rostro ahora muestra rabia—. Por última vez te digo que no volveré a hacerte el amor. Ya no te deseo. No puedo sentir nada por alguien como tú. Y no comiences a hacerme preguntas tontas. Conoces perfectamente las causas de este efecto. Hace mucho que lo teníamos se rompió.
Me apresuro a secarme.
—¿Crees que te desharás de mí así, tan fácil? Tendrías que haber entendido que no. Que no te será tan fácil librarte de mí. No vas a desplazarme, Aldo. No vas a meter a otra en mi lugar. Eso jamás lo voy a permitir.
—¡Despierta, Isabela! Hazlo y baja ya de esa nube—mi tono de voz se agudiza—. No tienes ningún poder sobre mi vida o mis decisiones. Y si no aceptas llegar a un acuerdo, entonces será por rebeldía. Tan simple como eso.
Sale de la ducha. El agua continúa cayendo.
—Ni siquiera así podrás —gruñe.
—No seas ridícula. Y no voy a discutir contigo. Estoy harto de esta situación, Isabela. Necesito y quiero descansar.
Salgo disparado, hacia la habitación. Tomo un bóxer y después de cubrirme, me dejo caer sobre la cama.
—Aldo, por favor, reconsidera lo que quieres hacer. No todo está perdido. Todavía lo podemos intentar, mi amor.
Ahora muestra esa actitud apacible y servil, tan lejos de la realidad. Es solo un recurso que suele utilizar cuando le conviene.
—Por favor, mi amor...
¡Mierda!
¿Será que ni siquiera voy a poder descansar?
—¡Basta ya, Isabela! ¿Acaso tendré que salir de mi habitación? ¿Es eso lo que quieres? —bramo, ya hastiado. Quedo sentado sobre la cama. Ella ya se ha vestido con un camisón.
—No, no, no, por favor. No lo hagas —con sus manos me pide calmarme—. Descansa, no voy a molestarte más. Mandaré a preparar algo delicioso para cuando despiertes.
Nuestras miradas, que habían quedado ancladas, se separan cuando abandona la habitación. Quedo en silencio, boca arriba, y no puedo evitar que llegue a mi mente la imagen de Remi. Mi mariposa soñadora. La persona que enciende cada célula que estuvo dormida en mí.
Sonrío extasiado.
Aun cuando las situaciones para mí son pesadas y altamente desagradables, su recuerdo provoca que se curve la comisura de mis labios.
Así, con el pensamiento puesto en él, me quedo dormido. No sé cuánto tiempo lo hago, pero cuando despierto, me sobresalto al ver la imagen de la mujer que me observa sentada en una de las sillas que reposa en la habitación.
—¿Te asusté?
—¡Mierda, Isabela! ¿Ahora te dio por velar mi sueño? —No responde—. Pareces una maldita demente.
—Soy tu mujer, Aldo. Aún lo soy. Aunque tengas esa idea absurda en tu hermosa cabeza, sigo siendo tu esposa. No tendría por qué asustarte despertar y verme aquí. ¿O sí tienes motivos? —Su ceño se frunce—. ¿Me estas ocultando algo?
—Deja de inventar, Isabela. Te sienta mal el papel de detective —paso una mano por mi rostro para intentar espabilar. Aunque con el susto que me llevé, ¿para qué? Ya estoy más que despierto.
—Entonces, ¿por qué no lo quieres intentar?
—¡Porque no! —me alzo de la cama—. Y dijiste que no me molestarías más con el tema, pero, en cambio, aquí estás.
—Tranquilo, mi amor. Tienes razón. No quiero malograr nuestra noche. He mandado preparar el platillo que tanto te gusta.
—No era necesario. Voy a prepararme algo sencillo.
—Corazón —se pone de pie—. No le hagas ese desaire a Roset. La pobre hizo todo por terminar la cena temprano.
—¿Y desde cuándo te han importado los empleados? Jamás valoraste el trabajo de nadie.
—Hoy sí. La pobre tuvo que ir al mercado para buscar los ingredientes que faltaban. No se me hace justo que lo haya hecho en vano. Hazlo por ella, al menos.
Sabe perfectamente de mi empatía con los empleados. Solo se está aprovechando de la situación.
Lo dudo por un momento. No quiero sentarme a la mesa con ella.
—Y te esperé, Aldo. Te esperé para que cenáramos juntos —prosigue.
«Como si eso me importara».
Pienso mientras me visto.
—Nunca te importó cenar conmigo, Isabela. De un tiempo para acá cené solo. La buena noticia es que, lejos de desagradarme, lo disfruto.
—Estás siendo cruel, Aldo. Yo solo intento mejorar las cosas.
«Si no lo hago terminará jodiendo toda la maldita noche. Isabela es buena cuando de hacer la vida imposible se trata».
—Una cena no mejorará nada, Isabela. Pero está bien, cenemos.
—¡Perfecto! Te aseguro que la vas a disfrutar. Roset se lució con la sazón.
No digo nada al respecto. Sé que la cocinera es buena. No es nada nuevo para los que disfrutamos de comer lo que prepara.
Después de vestirme decentemente, salgo de la habitación con ella detrás. No habla, pero siento cómo su mirada pesa sobre mí.
Al bajar las escaleras y llegar al comedor me percato de lo que realmente se trata. Las luces tenues, las velas, la botella de champán y la decoración de la mesa gritan a todo dar que se trata de una cena romántica.
¿De dónde rayos sacó que a estas alturas algo así, con ella, me gustaría?
Entro a la sala, pero no demasiado, cuando detengo mis pasos.
—No me mires así, Aldo, por favor. Quise que fuera algo especial.
—¿Especial para quién? ¿Para ti?
—Para los dos. Puede que ahora no lo veas así. Pero será un buen ambiente para que al menos intentemos conversar. ¡Mira!
Mis ojos repasan el ambiente. Ya todo está servido y dispuesto. El olor a incienso perfuma el aire, dando una agradable sensación de bienestar. Las luces también forman parte de esa armoniosa sintonía. Mis mandíbulas se tensan. Intento oponerme, sin embargo, lo agradable del ambiente no me facilita poner empeño en mi decisión.
—Sentémonos, por favor. No tienes que hablar si no lo deseas —me mira con cara de quien no rompe un plato—. Por favor, Aldo.
—¿Dónde está tu hermana?
—Elena salió. No regresará hasta bien tarde.
Finalmente termino cediendo. Respiro de forma audible y voy a la mesa. Comenzamos a cenar, primero en silencio, hasta que Isabela, como era de esperar, lo rompe:
—¿Te está gustando? —pregunta mientras toma la botella de champán y vierte de su líquido en ambas copas. Ya estaba abierta—. La mandé a abrir para que no tuvieras que hacerlo.
Parece adivinar mis pensamientos.
—No voy a beber, Isabela. No estoy celebrando nada.
—Te equivocas, Aldo. Estamos cenando juntos y sin que medie una discusión. Ese es un buen motivo para celebrar —alza su copa en mi dirección—. Salud, mi amor.
Hace una mueca, incitando a que tome mi copa. Después de dudarlo una vez más lo hago.
Total, ¿qué de malo hay en beber una copa de champán? Solo serán unos pocos tragos.
La alzo hacia ella y después de brindar, al parecer por lo mal que ha ido nuestro matrimonio, ambos bebemos. Ella sonríe complacida de que lo haga. En su rostro se puede ver la felicidad que le produce el momento. En cambio, permanezco inmutable. Con ella no tengo nada que celebrar. Solo si fuera con Remi.
—Solo un trago, amor —cuestiona—. No bebemos nada juntos en mucho tiempo. Creo que hoy deberíamos por lo menos tomar esta copa, ¿no crees?
Sorbo otro trago. Ella se alza de la silla.
—Necesito ir al baño. Enseguida vuelvo. Aprovecha para dejar la copa vacía, al menos.
Abandona el comedor mientras yo bebo de la copa hasta divisar el fondo. La bebida está deliciosa. Necesitaba este trago.
Pasan unos minutos e Isabela vuelve a ocupar su lugar, a la mesa. Observo su rostro y ya no me parece tan repugnante, sino que, por alguna extraña e inexplicable razón, está comenzando a agradarme.
¿Qué diablos es lo que me está pasando?
Hace mucho que esta mujer me es indiferente.
¿Por qué demonios la estoy viendo así?
—¿Te está gustando el Champán, mi amor? —Miro la botella y... ¡¿Qué?! Casi grito mis pensamientos. Mis ojos se abren más de lo normal—. Bueno, a juzgar por lo que veo, creo que sí.
La botella está más abajo de la mitad. Y yo me siento en el mismísimo cielo.
—No sé en qué momento la bebí, Isabela. ¿Cuánto tiempo estuviste en el baño?
—Al parecer el necesario para que te dieras cuenta de que entre nosotros todo está perfecto, y es una noche maravillosa para que hagamos el amor.
No termina de hablar cuando ya la tengo encima. Siento una gran confusión en mi cabeza. Es raro, pero podría jurar que deseo a esta mujer.
—Isabela...
—Tranquilo, mi amor. Esto lo quieres tanto como yo. Dime que no extrañas esta piel dura y tersa —agarra mi mano y la cuela por debajo del vestido. Está sin bragas y mis dedos pueden sentir su humedad.
—No, Isabela. Basta.
—No lo niegues, Aldo. Quieres estar conmigo.
Cierro los ojos. No sé por qué, pero esta vez tiene razón. Siento un maldito fuego quemarme por dentro. Mi interior comienza a ser consumido, pero con ese mismo ímpetu la imagen de Remi llega, dándome las fuerzas que necesito.
No puedo olvidar el infierno que ha sido vivir a su lado.
—¡Basta, Isabela! —espeto con furia—. No sé qué diablos está sucediendo, pero no quiero esto. No voy a follarte. ¡He dicho que no!
Como puedo me alzo de la silla. Estoy mareado a causa de la bebida.
—Está bien, está bien, Aldo —habla a prisa, e intenta calmarme—. No voy a presionarte. Deseaba tanto esto que creí estaba siendo correspondida. Pero está bien. No tenemos por qué terminar peleando. Será mejor que nos vayamos a la cama.
Mi cabeza comienza a doler. Estoy excitado, sin embargo, me reprimo. Ambos llegamos a la habitación. Me despojo de todo, menos del bóxer, y me meto a la cama. A partir de ese momento no vuelvo a saber absolutamente nada de mí.
No hasta que despierto al otro día.
Me remuevo en la cama, aún con los ojos cerrados. Siento que alguien me hace compañía. Su cabeza reposa sobre mi pecho. Sonrío levemente imaginando a mi mariposa. Inhalo intentando aspirar su aroma, estoy convencido de que es él, pero a diferencia del suyo me llega otro que me hace abrir los ojos de golpe.
¡Ya había regresado a casa!
¿¡No!?
¡No!
¡No...!
Repito en seguidilla, en mi interior.
¿Qué he hecho? ¿Qué diablos he hecho?
—Buenos días, mi amor —habla y deja un beso sobre mis labios—. Me encantó nuestra noche de pasión. Ya la necesitábamos.