Aldo
—¿Qué haces, Isabela? ¿Qué crees que estás haciendo? —bramo como un maldito loco, en medio de esta confusión.
No tengo las ideas claras. No logro entender qué es lo que está sucediendo.
¿Cómo que una noche de pasión?
¿Acaso ella y yo...?
¡No! ¡Con una mirada, no! Esto no puede estar sucediendo.
La aparto bruscamente y salgo de golpe de la cama. Ella me observa como si no entendiera mi reacción, pero si ella no entiende, menos entiendo yo. Todo parece indicar que pasamos la noche juntos. Que tuvimos sexo. Y más perturbado quedo, cuando bajo la mirada, y me veo como Dios me trajo al mundo.
Estoy completamente desnudo y por lo que alcanzo a ver a través de la abertura de la sabana que cubre su cuerpo, ella también.
¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo pudo suceder?
—¿Pero por qué reaccionas así, mi amor?
—Explícame qué fue lo que sucedió, porque no estoy entendiendo nada, Isabela. ¿Por qué estoy así? —Me señalo— ¿Y tú...? —Me corto—. ¿Por qué estamos desnudos? ¿Qué hacías durmiendo abrazada a mí?
Demasiadas preguntas para la cuales necesito respuestas. Aunque creo que ahora mismo estoy en negación, porque lo que ocurrió aquí es más que evidente.
—Aldo, mi amor... —frunce el ceño—. ¿Por qué estás haciendo esas preguntas? ¿Qué pasa contigo? ¿Acaso no recuerdas lo que pasó?
—Basta de decirme mi amor, Isabela. Y habla de una maldita vez. No recuerdo absolutamente nada.
Y es cierto. Solo alcanzo a recordar parte de la cena que tuvimos. Accedí a cenar con ella. Bebimos pero...
La bebida jamás me ha hecho perder la conciencia. Y menos unos tragos de champán. Porque fueron unos tragos...
Espera...
—¿Cuánto bebí, Isabela? —Guarda silencio—. ¡Responde!
—Bastante —afirma—. Dos botellas de champán. Pero aun así tuvimos sexo.
—No —niego. Cierro los ojos por un instante. Suspiro de forma audible. Siento todo mi cuerpo tenso. Estoy tan consternado que aún sigo aquí, de pie, frente a ella, mostrando mi hombría.
Desde que prácticamente somos dos extraños, jamás me muestro así frente a ella.
—Sí, lo hicimos —refuta—. Y lo hicimos como nunca. ¡Mírate! —Señala mi cuerpo—. ¡Mírame! —Levanta la sabana y muestra su cuerpo desnudo—. Tuvimos sexo del bueno, Aldo. Lo disfrutamos. ¿Cómo es posible que ahora estés reaccionando así?
—Porque no lo creo. Porque hace muchísimo tiempo que no despiertas mis deseos, Isabela. ¡Por eso!
Sé que estoy siendo duro, pero es la verdad. Y no es que no sienta por las mujeres, porque soy bisexual. Siento por ambos sexos, pero no por ella. Su comportamiento se encargó de matar todo lo que un día hubo. Es por eso que me niego a creer que hayamos podido pasar la noche juntos. La bebida no pudo hacerme cometer ese disparate.
—Eso no es cierto. Si fuera así no me hubieras tomado como lo hiciste —sonríe con cinismo—. Aún lo recuerdo. ¿Cómo no recordarlo si en nuestra entrega hubo tanto derroche de pasión?
—¡Basta! —Me muevo hasta una de las gavetas. Tomo una toalla y me cubro con ella—. Está bien que haya pasado. Si pasó, pasó. Pero no quiero que me lo recuerdes. No quiero que andes presumiendo de ello como si fuéramos la pareja feliz, porque no lo somos. ¡No lo somos y lo sabes!
—Porque no has querido. No lo somos, porque no lo quieres intentar. He hecho de todo, Aldo, ¡de todo! —exclama—. Pero sigues así, frío como un témpano de hielo. Yo solo estoy tratando de salvar muestro matrimonio. No puedes culparme por intentarlo.
—Pero sí de haber permitido que llegáramos a la situación en la que estamos. ¡De eso eres tú la culpable! —Ella sigue en la cama. Yo solo espero terminar la discusión para meterme al baño. Necesito lavar mi cuerpo para olvidar lo que sea que anduvimos haciendo.
No quiero sentir su olor sobre mí. Sigo sin entender cómo fue que terminé teniendo sexo con ella. Si bebí demasiado, pero aún pude tener sexo, es porque no estaba tan mal.
Entonces... ¿Cómo es posible que no recuerde nada?
¡Aaah!
Grito para mis adentros. Si no olvido todo esto terminaré por volverme loco.
Y para colmo la imagen de Remi comienza a inundar mis pensamientos. Me parece estarlo viendo frente a mí, recriminándome. Mandándome a la mierda, al quinto infierno y sin regreso. Es obvio que si se entera de esto no querrá saber nada más de mí. Perderé lo que realmente quiero, lo que realmente me interesa, por un momento que ni siquiera disfruté. Algo que ni siquiera recuerdo.
Lo siento mucho, pero esto no lo puede saber. No si depende de mí.
—Y me arrepiento. Es por eso que intento subsanar mi error. Ahora puedo dedicar mucho más tiempo a la relación. Antes eran demasiados los compromisos de trabajo, Aldo. Mi carrera profesional estaba en despegue y no podía descuidarla.
—Pero sí podías descuidarme a mí, ¿verdad? Era mucho más fácil para ti, para tu ego, para la mujer interesada que siempre has sido.
—Por favor, Aldo...
—Ya es tarde para intentar solucionar lo que no tiene solución. Fueron demasiadas cosas, Isabela. Descuidaste la relación en todos los sentidos. Primero estaban los viajes y los malditos regalos que exigías. Cuando era yo el que iba de viaje y regresaba no había ni siquiera un maldito beso para mí. ¿Lo recuerdas?
—Aldo...
—Ayer regresé de un viaje, Isabela. ¿Cuál fue tu primera pregunta al verme asomar por la puerta? —La miro a los ojos—. ¿Me besaste aunque fuera en el rostro? ¿No, verdad? Ni siquiera lo intentaste —Su rostro se desencaja—. No entiendo que es lo que pretendes con todo esto, porque si algo tenemos claro es que aquí no hay amor.
—Si hay amor —se empeña en lo mismo—. Es por eso que lo estoy intentando. Estoy buscando arreglar las cosas.
—Si quieres arreglar algo será mejor que lo hagas con tu forma de actuar. Recomponte tú, pero no para mí, sino para tus futuras relaciones. Compórtate como lo haría una esposa entregada y amorosa. Hazlo, Isabela, porque de lo contrario pasarás tu vida sola. Piensa en eso.
Termino de hablar y me meto al baño. Hago la toalla a un lado y me encierro en la ducha. Pongo el seguro por dentro para que ni se le ocurra hacer lo mismo que ya hizo. No puedo seguir aquí. Necesito irme cuanto antes de esta casa. Lo mejor será esperar los resultados del divorcio, lejos de ella.
Pasan los minutos y cuando siento que mi piel está limpia, salgo de la ducha. Hubiera querido lavar mi conciencia o lo que sucedió, pero es imposible. Pienso en mi mariposa y todo llega de golpe. Ya ni siquiera sonrío al recordarlo, como lo hacía siempre. Ahora siento el recuerdo de lo sucedido como un maldito clavo que me cercena la mente.
—¿Vas a salir? —Ya está vestida. Se ha colocado uno de sus pijamas.
—Sí —respondo a secas mientras busco el atuendo que me pondré. Necesito salir de esta casa. Respirar el aire de fuera aunque esté contaminado. Estoy seguro de que no lo estará más que el que estoy respirando aquí.
—¿Llegarás tarde, Aldo?
—Quizás no llegue —comienzo a vestirme.
—¿Ahora dormirás fuera de casa? ¿Eso es nuevo? —reclama.
—No soy tu esposo. No te debo explicaciones.
—Legalmente lo eres. Eres mi esposo. Y anoche lo volvimos a rememorar —echa sal sobre la herida y me exalto.
—¡Mierda, Isabela! ¿Será posible que no entiendas que no lo quiero escuchar? —Se sobresalta—. Hoy mismo le digo a mi secretaria que me busque una agencia inmobiliaria. Necesito salir de esta casa, ¡pero ya! —Me apresuro en terminar de vestirme.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Que saldrás de la casa?
—Lo que oíste, Isabela. Es imposible seguir conviviendo contigo. Esperaré el resultado del divorcio en otra parte. Hace mucho que debí haberlo hecho.
Si no lo hice antes fue para mantenerla tranquila y que accediera pacíficamente al momento de aceptar los términos. Pero es demasiado el precio que estoy teniendo que pagar.
¡Que sea lo que Dios quiera!
—No, Aldo. ¡Eso no! No me puedes abandonar —suplica como si en algún momento no lo fuera a hacer.
—Eres una demente, Isabela. El divorcio ya está en proceso, así que, ¿qué más da? De todas maneras voy a salir de esta casa. Y de abandono no hables, porque si alguien abandonó fuiste tú.
Es lo último que digo antes de tomar el móvil, las llaves del auto, y salir como alma que lleva el diablo de la habitación. Bajo rápidamente las escaleras y, al llegar a la planta baja, me aborda Elena, su hermana:
—Buenos días, cuñado. ¿Todo bien?
—Buenos días, Elena. Sí, todo bien —respondo afirmativamente, aunque con desdén. Por mí no sabrá nada de este asunto.
—No es lo que veo. ¿Sucedió algo?
—Ya dije que todo está bien, Elena. Hasta luego —me despido y sigo moviéndome, rumbo a la salida.
—¿No vas a desayunar? —No respondo—. Ok, Chao, cuñado.
Salgo de la mansión. Ya dentro del auto le marca a Brigitte, mi secretaria.
—Buen día, señor. Espero que haya tenido un excelente viaje. Dígame en qué puedo ayudarle.
—Busca una agencia inmobiliaria. Necesito urgente un apartamento.
—¿Cambiará de apartamento, señor?
—Sin preguntas, Brigitte. Solo haz lo que te estoy pidiendo.
—Como diga el señor. En esta ciudad tenemos a la mejor agencia de toda Francia. ¿Va a querer algo en particular o lo dejará todo a mi elección?
—Escógelo tú. Confío en tu buen gusto y en tu capacidad de gestión. Hazme saber cuando negocies el precio final.
Sé que ella escogerá bien. El buen gusto y la excelente capacidad de gestión son innatas de una asistente personal de su nivel. Aunque en estos momentos lo de menos para mí es la apariencia del apartamento. No pienso estar en él por mucho tiempo. Tengo pensado comprar el mejor para vivirlo con Remi, si es que mis acciones no terminan por arruinarlo todo.
—Bien, señor. Muchas gracias. Ya mismo me pongo en ello. ¿Vendrá hoy a la empresa? Ya se le extraña por acá.
—Hoy no, Brigitte. Estoy cansado del viaje. Necesito descansar. El lunes estaré temprano en la empresa. ¿Hay agendado algo importante para ese día?
—Solo una reunión, señor. Pero si lo desea la puedo cancelar.
—No, no será necesario. Nos vemos el lunes temprano.
Necesito ocuparme aunque sea trabajando.
—Como diga el señor. Que tenga un estupendo fin de semana.
Que más quisiera yo.
—Gracias, Brigitte. Hasta luego.
Corto la llamada y finalmente me pongo en marcha. Mi deseo es salir de la ciudad para ir donde está mi amor, pero no. Es importante que no me vea así. Sé que lo que haré está mal. Que puede resultar en algo peor, pero no me puedo arriesgar a perderlo. Lo conozco y sé que no me va a perdonar el haberme ido a la cama con Isabela.
Él no es de los que perdona la traición. Más de una vez me lo ha dejado saber.
Así que desisto de la idea. Conduzco a toda la prisa que me permite el horrible tráfico que siempre hay en esta ciudad. Me detengo cuando estoy frente al bar que siempre frecuento. Antes de salir del auto, le paso un mensaje a mi mariposa. Con todo lo sucedido lo había olvidado. Ni siquiera le dije si llegué bien. Y lo más probable es que esté molesto conmigo, porque tampoco me ha dejado saber de él.
No lo llamo. No me creo capaz de hacerlo sin cometer una indiscreción. Remi tiene la virtud de la observación. No quiero que intuya que algo está pasando, porque ya le estoy ocultando cosas. La madeja crecerá si además de eso, le miento.
Envío el mensaje y sin esperar respuesta, me dirijo al local. Soy cliente Vip, así que todos mis gastos corren a cargo de la membresía. Voy a beber a voluntad para olvidar las penas y luego me voy a hospedar en el hotel que está justo en frente. Voy a evitar regresar así, porque además de que es peligroso conducir, tampoco quiero repetir el mismo disparate.
—Buenos días, señor Algo. Sea bienvenido a nuestro local. Siéntase como en casa —me recibe una de las chicas, en la puerta. Y menos mal que son solo palabras, porque si al venir aquí me siento como en casa mejor me largo a otro lugar—. Lo acompaño hasta su mesa.
—Gracias, pero no es necesario. Voy a sentarme en la barra. Todo lo que voy a consumir lo haré desde ahí.
—Bien, como el señor desee. Feliz estancia.
—Gracias.
Me voy hasta una de las sillas al pie de la barra y la ocupo. El tiempo, para mí, pasa lento. Más lento que de costumbre, sin embargo, trato de no pensar. Cualquier otro hombre estaría tranquilo, pero yo no quería caer en esto y menos con ella. Quizás si se tratase de otra persona no estaría tan contrariado y decepcionado de mí mismo.
Bebí, cené y ya estoy descansando en una de las mejores habitaciones del hotel. Estoy lo más tranquilo que puedo estar, cuando siento el timbre de mi móvil. Ya es de madrugada y Remi no acostumbra a llamarme a estas horas. Hago poco caso a los primeros timbres, pero al ver que insisten, me levanto y lo tomo.
Me sorprende que sea el número de mi mariposa, así que inmediatamente respondo:
—Mi amor, ¿qué sucede? ¿Por qué me estás llamando a esta hora?
—Aldo —alguien habla, pero no es él. No reconozco la voz de mi Remi.
—Sí, soy yo. ¿Quién es? ¿Por qué no está respondiendo Remi?
—Aldo, ha ocurrido una desgracia —mi cuerpo se tensa—. Te llamo porque Remi no puede hacerlo. Mi amigo está mal.
—¿¡Qué!? ¿Quién eres? ¿Dónde está Remi? ¿Qué le sucedió? —Mi cuerpo queda paralizado frente al espejo. Mis ojos miran mi imagen del hombre que permanece en la penumbra, sin moverse.
—¡Corre Aldo! ¡Corre! ¡Corre que mi amigo se nos muere!